Así es 'Gringada', un relato del más reciente libro de Juan Fernando Hincapié

Julio 01, 2022 - 04:48 p. m. 2022-07-01 Por:
 Juan Fernando Hincapié, especial para Gaceta
Gringadas

En 'Gringadas', de Juan Fernando Hincapié, un colombiano llega a Estados Unidos para hacer un posgrado en El Paso, Texas. Desde allí contemplará con una mirada llena de ironía la vida del migrante y, a la par, al gringo, que se presenta en todas sus variedades, particularmente esa suburbana, chovinista e hilarante. El libro se puede leer como una serie de cuentos independientes o como una novela en la que un personaje, casi como un pícaro moderno, vive diferentes aventuras. Compartimos el relato que da título al volumen.

Foto: Especial para Gaceta

Estamos tomando cerveza con Éric, hablando basura, y le cuento lo que sería la primera escena de mi película.

Cinco jóvenes bogotanos, amigos entre ellos, amigos de infancia, se reúnen a jugar PlayStation. Se trata de un grupo diverso: hay un ingeniero, un artista, un administrador de empresas, un médico y un contador. Tienen pensado jugar lo de siempre: pes, el mejor juego de fútbol inventado por el hombre, mejor que vivir, según declara el contador, que llegó borracho. Lo que hacen, generalmente, es que cada uno escoge una selección y arman un Mundial. Esto les lleva toda la tarde, toda la noche, y a veces toda la madrugada.

Han jugado por algunas horas y el dueño de casa se acuerda de que quiere mostrarles algo. Pausa el juego, pero antes graba los progresos. Usando el Play, el dueño de casa proyecta lo que sin duda es una película gringa, una película que trata sobre un equipo de hockey que encara una competición mundial. Ninguno de los chicos —a excepción del dueño del Play, que la compró pirata para su hermanito— la ha visto; no entienden por qué les están mostrando lo que les están mostrando. Se miran entre ellos. El dueño de casa busca la escena que quiere enseñar: adelanta, pausa, vuelve a adelantar hasta que por fin la encuentra.

Habla el típico entrenador gringo, exjugador caradura, tough guy, interpretado por un Kurt Russell de unos cincuenta años, enfundado en un traje oscuro pasado de moda:

—Who do you play for? —Su tono es de reclamo; Russell exagera la dicción.

El gringuito supertalentoso, antes de contestar, y puesto que uno ya conoce el arquetipo, tiene los siguientes problemas: el campeonato ha ido mal, perdieron el partido inaugural contra los rusos que, vaya sorpresa, jugaron sucio; su papá, quien le inculcó la pasión por este deporte, está muriendo horriblemente de un cáncer en las pelotas. Los demás habitantes de su pueblito redneck, de quienes el chico es el preferido, lo siguen fervientes desde el bar de deportes.

Primer plano del entrenador mientras formula la pregunta: en su cara se ve que está dirimiendo el destino de la humanidad y por eso mismo debe maltratar a su pupilo para llevarlo a un nivel superlativo. Flashback de los dos entrenando solos en alguna cancha; el coach le saca la mierda, trapea el piso con él. Esta es la única manera de poder vencer en la reñida final, como acaba sucediendo, a los rusos malaleche, mientras el coliseo revienta en aplausos, y Russell, impertérrito, afloja una sonrisa y abraza a su muchacho.

El gringo responde, a punto de perder el control:

—I play for… (sollozo)… for (un nuevo sollozo que desencadena una sucesión de sollozos que hacen que el chico pierda el aire… tras lo cual se compone y articula su frase triunfante, lágrima en el ojo mientras la audiencia se vuelve loca)… for the United (nuevo sollozo) States of America!!!

La cámara entonces volvería al apartamento en Bogotá, donde todos ríen a pierna suelta. Risa burlona, maleducada, malintencionada, irrespetuosa. No se oye nada más en el cuarto durante treinta segundos. Alguien devuelve la película, vuelven a ver el diálogo, estallan en carcajadas de nuevo.

Esa sería mi primera escena. Éric sonríe.

Conozco hace relativamente poco a Éric Lackey. Somos compañeros de estudio. Se trata de un gringo decente, educado, leído; hasta tiene su aire a Foster Wallace. No se mete con nadie, no participa de las pequeñas gringadas de los demás (mostrar fotos de la familia, hablar idioteces en clase, hablarnos con condescendencia a nosotros). Por esto me cae bien. Por esto y porque le gusta Dostoyevski. Nos hicimos amigos gracias al escritor ruso; ambos confesamos estar perdidamente enamorados de Nastasia Filíppovna. Pero no solo por eso: también por su gran colección de películas, que me presta sin problemas. Yo me llevo de a diez, las veo y se las traigo. Esa es la razón para estar en su casa tomando cerveza. Eso y que tomar en una casa sale barato. No tenemos mucho dinero, somos estudiantes. Le dije: «¿Qué, gringo, una cervecita?». Era viernes, y en este desierto no hay nada como una cerveza por la tarde.

—Right on! —respondió.

Right on quiere decir listo, de una. (Recuerdo que en una película de Woody Allen se burlan de las personas que usan esta expresión, aunque el contexto era otro.)

Luego de contarle la escena de la película de hockey, le pido que me averigüe toda la información pertinente, pues puedo necesitarla.

Es mentira, no necesito nada. Preveía que nos íbamos a quedar sin tema para hablar, ninguno de los dos somos particularmente habladores cuando el interlocutor no pone de su parte. Yo soy un poco más extrovertido, desde luego, por eso venía preparado. Antes había venido un par de veces a su casa, nos bajamos sendos six packs, nadie tuvo nada que decir, y con cualquier excusa me iba para donde Emiliana.

Cree que se llama Miracle (Milagro, ¿El milagro?) —este tenía que ser su nombre—, menciona a Kurt Russell y a otro par de actores que yo nunca había escuchado. Queda en investigar más a fondo.

Me pregunta si la película es nueva.

—Tan nueva como puede ser nueva una película que promocionaban como nueva en el cable que yo tenía en Bogotá un par de años atrás.

A decir verdad, no tuve el estómago para verla toda. Solo pesqué escenas por aquí y por allá, y me comí entera la promoción en el servicio de pago por ver. No vería una película así, primero, porque el cine no me mata; segundo, porque si decido ver una película tengo que estar muy aburrido o muy caliente, o las dos, y no elegiré una gringada imbécil como aquella. Va en contra de mis principios sudacas resentidos.

Me pongo de pie y voy a la nevera de Éric por otro par de cervezas marca Pabst Blue Ribbon, que compramos en una gasolinera cuyo nombre nunca he podido pronunciar bien: Diamond Shamrock, a la que fuimos en el Honda de Éric, que es tan pobre como yo, pero gringo, de modo que en su pobreza puede tener un Honda vuelto mierda. De vuelta en la sala, mientras las destapo, me pregunta por el título de mi película.

Gringada.

Le pregunto si sabe qué es una gringada.

Dice que no sabe, entonces intento explicarle, pero antes me bajo la mitad de mi cerveza.

—Por ejemplo, Éric… —Lo pienso un segundo—. Supongo que has visto Forrest Gump. ¿Te acuerdas de cuando el güevón este de Gump (no recuerdo qué palabra usé para traducir güevón, pero seguro fue una muy buena) comienza a correr como un loco porque la novia lo dejó?
—What about it?
—Pues eso, gringo, eso precisamente es una gringada. ¿Cómo es posible que el hijo de puta solo corra por Estados Unidos? Como si el mundo fuera así de pequeño. ¡¿Qué pasó con el resto de América, con Europa, con Asia, qué pasó con el resto del puto mundo?!

(Porque esa es otra, gringojetes: América no es solo Norteamérica, Estados Unidos, Disneylandia. América también es Centro y Suramérica y Canadá, pero principalmente Suramérica, ¡malditos ignorantes!)
Por este tipo de cosas es que la gente odia a los gringos. Y, por favor, no me hagan hablar de todo el asunto de Américo Vespucio y Cristóbal Colón, y todo el parche que ni siquiera pusieron un pie en el terreno que se han ido robando, ¡putos!

Esto no lo digo. O no lo dije, pues, porque ahora lo puedo decir en mayúsculas: odio a los putos gringos.

Pero Éric me cae bien, a pesar de que no me entiende del todo la explicación, que pretendía ser dramática y definitiva. Nos quedamos sin qué decir, o me quedo yo sin qué decir, porque Éric nunca cuenta nada, o nunca me ha contado nada. Se limita a asentir y a beber, aunque uno puede concluir que mal no la está pasando.

Paso a hablar, entonces, cerveza en mano, de la pelea que tuve una vez con un gringo en Kansas. Como Éric es de Kansas, estoy seguro de que le interesará.

Yo tenía dieciséis años y mi familia me envió como estudiante de intercambio a Wichita, Kansas, la ciudad más grande del estado (un moridero). Antes de esto, en el 94, había estado de vacaciones en la costa oeste de los Estados Unidos, y a eso se reducía toda mi experiencia. Para mí todo era igual: Los Ángeles, Kansas, Nueva York. Una de las asignaturas que tenía que ver en el colegio se llamaba Team Sports y, por supuesto, jugábamos deportes de equipo, una semana béisbol, otra voleibol, otra fútbol americano, así. Éramos como treinta alumnos en clase. Sigo sin saber por qué, pero a uno de los compañeros le caí mal, o le parecí chistoso, el caso es que me la tenía montada, como decimos en Colombia. Yo me hacía el que no era conmigo, pues ya había calculado que el tipo, de un pastorejo, me podría dejar en coma. Era grandote, malo; la confrontación física no era una opción, no soy idiota. Total, un día estábamos jugando básquet y el profesor nos dividió en grupos. Yo quedé de un lado de la cancha y él, del otro. Nuestros partidos estaban, como se dice, de espaldas. De pronto oí que alguien malpronunciaba mi apellido, me di la vuelta y recibí un balonazo en plena nariz, que por poco me hace caer al piso. Aturdido, sin entender muy bien lo que sucedía, caminé hacia donde había quedado el balón luego de golpearme. En el recorrido fue muy claro establecer que quien me había pegado era el hijo de puta ese. Los partidos se detuvieron mientras yo caminaba, balón en mano, hacia donde me esperaba el gringo. Aun hoy no se me olvida su sonrisa estúpida. Estaba de pie recostado contra una de las paredes del coliseo. Tenía que hacer algo, no había otra opción. Pedí ayuda divina, y cuando estaba a unos dos metros, dejé que el balón rebotara en el piso e imité el movimiento de un portero de fútbol cuando despeja. De bote pronto le di de zurda y tuve la buena suerte de que le atiné en plena cara.

Al recibir el impacto, lógico, el gringo retrocedió casi hasta la pared (se había adelantado para recibirme); entonces, con cara de loco, se vino a matarme, pero en ese momento algo le pasó, como que se descuadernó y cayó al piso. Aproveché ese segundo y me le fui encima. Primero le di una buena ronda de patadas, luego me le subí encima y lo escupí y le di todos los puños que pude hasta que el profesor me agarró.

De haber podido, lo habría meado.

Fue la primera vez en mi vida que peleé. O que peleé de esa manera. Estaba desencajado.

Que si después, ya en igualdad de condiciones, me había agarrado el man, pregunta Éric.

—Marica —me valí de este vocablo—, no. Duré como dos semanas sin ir a clase del susto que tenía. De hecho, no caminaba por los pasillos del colegio, hacía los recorridos de salón a salón por fuera. Poco me importaba que estuviéramos en invierno.

Finalmente, tuve que volver a clase. El tipo ni me miró.

—¿Otra cerveza? —me pregunta Éric en español, después de dejarme saber que la gente de Wichita no vale nada. Todos los odian en el estado. Éric y su familia son de Lawrence. Su papá pinta casas, su mamá lleva el hogar. Uno de sus objetivos en El Paso es aprender español.
—Yes, please.

Sale hacia la cocina y yo me pongo a mirar por la ventana. Desde donde estoy se ve Ciudad Juárez, un reguero de luces del otro lado de la autopista. Desde la casa que comparto con el peruano también puede verse. Todo el mundo aquí habla de Juárez, de la frontera, de los mexicanos. A mí el tema me fastidia un poco, la verdad; a Éric también. De la cocina llega un estrépito; seguro se le cayeron las latas o algo. «Voy a tener que tomar precauciones al destapar la siguiente», digo estúpidamente, la mirada tratando de enfocar las luces afuera. Pienso que cuando regrese me puedo lucir con los otros datos curiosos que conozco de Kansas (como el gringo es de Kansas, seguro que le interesará, sigo mi cadena lógica de pensamiento): 1) que Kansas City no es la capital del estado, es Topeka; y 2) que no queda en Kansas sino en Misuri, the-show-me-state, el estado «enséñame». La pareja con la que viví en Wichita, Howard y Christy, me contaron al menos unas doscientas veces que la gente de Misuri es tan tonta que todo había que enseñárselo, por esto es el estado enséñame.

Chiste local y mal traducido: me estaba emborrachando.

Cuando Éric trajo el nuevo par de cervezas, luego de lo que me pareció una hora de espera, destapé la mía y me la eché casi toda encima.

Al acabar esas dos, caímos en cuenta de que se nos estaban acabando. Quedamos en ir por más, pues a partir de las doce ya no venden alcohol en ninguna parte (y dicen que esto es la civilización).

El reloj marca las once y cuarenta de la noche cuando nos subimos al Honda.

Afuera de la tienda, la caja de dieciocho Pabst Blue Ribbon en mis manos, un sin casa, un homeless (vaya palabra) nos pide dinero. No le damos nada, pero eso me da pie para, en el trayecto de regreso, echarme una arenga bilingüe sobre los homeless, quienes, da la impresión, están mejor alimentados y en mejores condiciones que yo. Me encantaría poder fletar un par de aviones con mis muchachos de Bogotá, para que esta gente vea lo que es un indigente de verdad.

Éric ríe. Contrario a mis expectativas para la noche, nos estamos divirtiendo. Destapo una para el camino y antes de bajarnos le digo que nos la tomemos en fondo blanco.

—¡Foundo blanco! —celebra Éric, y hace una mueca que yo nunca le había visto hacer.

Cuando llegamos a la sala de su casa, ya ha soltado la lengua por completo. Me cuenta de una vez que un circo muy famoso fue a Lawrence, y como él, de la emoción, se hizo popó en los pantalones, les tocó devolverse. Tendría unos cinco años.

Esto me da pie para contar (o quizá fue antes de su anécdota) la vez que el circo de Moscú fue a Bogotá y mi papá nos compró boletos, pero yo estaba putísimo porque a esa hora pasaban Profesión peligro, y yo nunca me perdía Profesión peligro, viernes en la noche pero no tan tarde. Lo mejor del programa (y quizá lo mejor del mundo) era la presentación, cuando Jodie atravesaba las puertas de un bar con un bikini que, en la parte delantera, fraccionada entre el maravilloso par de pechos, exhibía la bandera estadounidense. Casi no me sacan de la casa, y en el Coliseo El Campín me volteaba mientras los rusos se jugaban la vida en la ejecución de toda clase de acrobacias, para solaz del público capitalino.

Mi papá se molestó, mi mamá ofreció un gran concierto de gritos en todos los tonos.

No parábamos de brindar, de carcajearnos, y cuando me di cuenta el gringo ya había sacado su artefacto para fumar yerba y lo preparaba. ¿Lo habrá sacado así sin más porque soy colombiano?

Comenzamos a usarlo.

Mientras lo compartíamos, sin dejar de lado la Pabst, me dijo que creía comprender lo que era una gringada, pero que si no me importaría dar un par de ejemplos más.

Y, sin dejarme hablar, pasó a explicar lo que a su juicio era una gringada.

En Lawrence, uno de sus amigos vivía en un trailer park (un lote expresamente dispuesto para viviendas móviles). Era grandísimo: albergaba más de cien familias. Éric iba todo el tiempo, era donde se reunían. Una tarde, mientras tomaban cerveza en la parte de afuera de la casa, se oyó un ruido tan espantoso que todos voltearon a ver hacia la dirección de donde provenía. De una de las casas contiguas salieron disparados dos perros de raza dóberman. En realidad, se trataba de una canción que se repitió hasta tres veces, momento en el cual volvió a reinar el silencio y los perros volvieron a entrar a casa. La canción había sido muy famosa tiempo atrás, Who Let The Dogs Out (¿Quién dejó salir a los perros?) de Baha Men, que básicamente repite el estribillo del título durante toda la canción, y acentúa hasta el paroxismo el vocablo who, luego de lanzada la frase. Más o menos así: «Who let the dogs out? Who? Who? Who? Who?».

En cuanto al dueño de los perros, nunca le vieron la cara, pero todas las tardes era lo mismo: sonaba la canción a todo volumen, se abría la puerta, los perros salían, y cuando paraba la música volvían a entrar.
¿Era eso una gringada?

Éric está repantigado en la silla, borracho y drogado, como yo. Su pelo grasoso le cae por los hombros. La media izquierda ha comenzado a rompérsele, y por el agujero asoma el dedo gordo (para mi sorpresa, la uña parece bien cuidada). Lo único que compartimos en el momento son sendas fealdades, aunque la de él es angla y, por tanto, superior a la mía, traída de Suramérica, producto de quinientos años de mestizaje.
Era mi turno de hablar sobre las gringadas.

—Éric, no sé si pueda explicarte a ti… —Y eso lo traduzco con tuteada, porque fue tuteada—. Ese es el problema, pero lo puedo intentar. Está el asunto de las fotografías, de mostrarlas siempre. Yo entendería que uno las estuviera mostrando porque hay algo en ellas para mirar, una cicatriz espantosa, dos narices, un grano de proporciones gigantescas. Eso sí lo querría ver. Pero mostrarlas así nomás, una cara anodina, seguida de una breve y loca (o sea, desde el punto de vista gringo: cliché sobre cliché, en busca de una sonrisa de aprobación) descripción del pariente, y además a la espera de que la contraparte se emocione y responda de la misma manera… Debería dar cárcel, cuando menos.

Éric está de acuerdo.

—Otra vaina es el tailgate, aunque creo que lo entiendo mejor: el fútbol americano es tan aburrido que toca ponerle todos los adornos posibles para soportarlo. Pero disputarse un pedazo de cemento doce horas antes de un partido raya en la estupidez, cuidarlo con recelo mientras el sol se lo come vivo a uno es algo que escapa de mi entendimiento.
Gastarse además todos los ahorros en un rv, equiparlo con cagaderas (que desde luego hay que limpiar), parrillas y demás… ¡qué cosa más tonta! Prefiero gastarme esa plata en cucas, como decía un tío mío. Y dónde dejamos la botadera de comida: con el desperdicio de un día come Ciudad Juárez por un mes.

Éric me interrumpe. Jugó fútbol americano en su colegio en Kansas, y no hay tailgate al que no se pegue. Es divertido, ¡come on, man!

—Las coffee houses. Esa es otra. Son chéveres, es decir, el concepto es sólido, son bonitas, puede uno quedarse allí trabajando o lo que sea; el café es malo y caro, pero bueno… Lo que no soporto son las pequeñas gringadas que constituyen su día a día. El otro día me atendió un güevón que, como es habitual, llevaba su nombre en la solapa: Mattitude. Es decir, Matt, Matías, pero el bobazo, sin que nadie lo obligara a ello, o quizá siguiendo alguna instrucción del dueño del local («Muchachos, esta semana nos ponemos bien locochones»), alteró su nombre con el juego más idiota de palabras, lo que sumado a su cara lanza un desafío a la clientela: Miren lo loco que soy, vaya ingenio, usted mismo quisiera estar acá, bro, porque es seguro que remata todas sus frases con esa palabra, bro, que es como dos gringos jóvenes se hablan entre ellos. Hey, bro¸ esto; hey, bro, lo otro. Thanks, bro.

También ha visto a Mattitude. Quizá en la costa este lo pasaría, pero es demasiado para El Paso. Quedamos en partirle la madre un día.

—Cuando viví en Wichita, otra de las clases que llevé (obligado) fue Historia de los Estados Unidos. El profesor era buena onda. De entrada, lo primero que nos pidió fue que nos aprendiéramos de memoria el preludio de la Constitución. Para qué, sigo sin saberlo, pero confieso que fui el primero en hacerlo. Y, puta, madre, todavía me lo sé: We, the people of The United States, in order to form a more perfect Union…
La última parte la recitamos en coro, cagados de la risa. Un nuevo fondo blanco.
—¿Ya hablé de Hotmail? —proseguí—. Cuando uno abre una cuenta desde Colombia, los hijos de puta solo nos dan dos megas, que por supuesto no alcanzan para nada. Toca limpiar el correo prácticamente todos los días, para que no se llene. Alguien descubrió que si uno cambiaba la configuración de Bogotá, Colombia, por, digamos, Madrid, España, o Nueva York, usa (aunque es mejor España, en vista de que está configurado en español), automáticamente obtiene 200 megas de capacidad…

Cuando me di cuenta, estaba hablando solo. Éric había ido al baño. A su regreso yo ya había perdido por completo el hilo de lo que venía diciendo. En silencio nos fumamos toda la marihuana que quedaba en el bong. Cuando se terminó, Éric lo guardó ordenadamente en su caja, y esta, en un armario al lado del televisor. Yo lo observaba desde mi silla. «Por si llega la tomba», pensé. Aunque quién la iba a llamar, si ni siquiera estábamos haciendo mucho ruido. Pero así son los gringos, previsivos.

Yo estaba casi totalmente borracho: todo me daba vueltas, y quizá ponerme de pie no sería la mejor decisión. Quedaban algunas cervezas.

Permanecimos en silencio un buen tiempo.

Lo siguiente que recuerdo es que comenzamos a jugar básquet, entre risas, cerveza en mano, en un tablero que Éric tenía pegado en la parte de atrás de la puerta de entrada a su casa. La pelota no era mucho más grande que una de tenis, y era de caucho. Hicimos un par de tiros de calentamiento y pactamos un torneo, usa contra Colombia, al mejor de cinco tiros.

Por un momento me sentí bien, capaz de cualquier esfuerzo físico.

Comencé yo, mientras Éric se bajaba una cerveza a mi lado. Su misión era recoger el rebote y pasármelo de nuevo. Recordé lo que mi profesor de Team Sports me enseñó sobre el lanzamiento en este deporte, lo cual mejoró notablemente mi técnica, que apenas contaba con la observación del rústico tiro cuchareado de Elvia, la chica que nos cuidaba de pequeños. Le encantaba salir al parque, y por mucho tiempo me ganó en veintiuna, con los pies. La dormía con gran técnica sobre el pie derecho: una, dos, tres… ¡veintiuna! Y se moría de la risa. Era una chica muy talentosa.

Yo recién estaba aprendiendo.

Fallé el primer lanzamiento, convertí el segundo y el tercero, erré el cuarto y cuando acerté el último, me reí, eructé y grité:

—Colombia power, bitch!

Turno para Éric, que falló su primer tiro porque le apagué la luz, como un ruso tramposo. Nos reímos, pero no por eso iba a permitir que yo lo volviera a hacer. Me llamó Fucker. Acertó el segundo, el tercero y el cuarto.

—In your face, Colombian.

Se notaba que era su cancha, su casa, que ahí jugaba siempre.

—Cuando quiera en micro, gonorrea. —Quise decir microfútbol. El lector colombiano no requerirá una explicación.

Su último tiro estaba pendiente.

—Aquí va tu gringada —dice.

Y se dispone a lanzar. Yo apago y prendo la luz, haciendo el efecto strover, le lanzo un poco de mi cerveza, silbo, le grito, eructo, me le pongo enfrente.

Todo este esfuerzo me hace sentir ganas de vomitar. Hago todo el gesto con la boca, al principio en broma.
Éric también, parece. Suda. Se limpia las manos en la camisa, en los pantalones. Toma el balón como si de verdad fuera un balón de básquet, como manda el canon, la mano derecha abajo, cual si sostuviera una bandeja, la izquierda acariciando el costado izquierdo, tal y como me enseñó mi profe años atrás.

Ahora va a lanzar en cualquier momento.

Nunca supe qué acabó sucediendo, pues comencé a vomitarme allí mismo, en la cuna que hicieron mis manos. De alguna forma pude llegar al baño y terminé de aliviarme. Luego me quedé dormido sobre la taza. Únicamente salí del recinto por la imperiosa necesidad de irme a casa; limpié lo mejor que pude. Había quedado de ir a dormir con Emiliana, pero claramente eso no iba a suceder. Éric boqueaba sobre el sofá. Salí trastabillando al apartamento que compartía con el peruano, pensando en que si pasaba la Policía me detendrían por intoxicación pública, como alguien me explicó alguna vez. Traté de caminar sin parecer borracho.

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