Addo Possú, el hombre enamorado de la música del Pacífico que se convirtió en luthier 

Mayo 15, 2022 - 12:41 p. m. 2022-05-15 Por:
 Jenny Valencia Alzate, especial para Gaceta
Addo Possú

El maestro Addo Possú ha fabricado con sus manos instrumentos percutivos para el Grupo Niche, Yuri Buenaventura, Fredy Colorado, Hugo Candelario González, Esteban Copete, entre otros.

Foto: Jota Palacios

Es 1961, es el Cauca, es Colombia, es Santander de Quilichao, un pueblo cañero del sur del departamento. El hijo del médico veterinario, delgado, los ojos envueltos en una aureola azul, acecha el hoyo diminuto que abrieron en la tierra los niños del barrio, donde cada uno tira una moneda de cinco centavos. El que las enchocle todas en el hueco ganará el botín. A él, su papá no le da monedas para jugar, no lo dejan participar en el juego de “La plata”; no tiene edad para andar pensando en dinero, puede jugar a la rayuela, saltar lazo, dar vueltas en el carro con su padre para buscar maní, pero a “La plata” no. El dinero es asunto de los adultos, y la adultez llegará después, cuando sea uno de los mejores lutieres de Colombia.

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Un hombre subido en una escalera pinta las letras de verde sobre la pared blanca de la fachada. Hay dos puertas, una está cerrada, la otra siempre abierta para que los lutieres entren y salgan. El taller está en el barrio caleño Meléndez, sobre la calle 91, una cuadra tranquila que tiene alrededor el bullicio de un colegio, panaderías, almacenes de ropa, supermercados. Dentro del lugar siempre hay un parlante pequeño con música del Pacífico.

Addo Possú descansa su mirada melancólica en los instrumentos, en los rostros de quienes le hablan. Tiene poco cabello, lleva una camiseta verde de la Fundación Katanga con la palabra Coordinador en la espalda, un pantalón café, zapatos marrones.

—Puede usted pasar, pero estamos remodelando y el baño todavía no tiene puerta... ¡No miren para acá, la periodista va a entrar al baño!

El baño está en el primer salón, el piso es de baldosas blancas, está nuevo. En frente hay un cubículo amplio separado por paredes de vidrio, una silla grande, de ejecutivo. Espera de espaldas al umbral del sanitario, el sonido del chorro sobre el lavamanos le da la señal, ya puede voltearse, convidar:

—Venga, vamos juntos a comprar algo de tomar.

Se rasca la cabeza, atraviesa la puerta. Tiene un andar reposado, el ronroneo de las motos, el barullo del colegio vecino, el rugido de la ciudad en la hora pico no lo perturban. En la panadería se escucha su voz apacible, casi melódica:

—Dos almojábanas, cuatro cervezas, un Gatorade para Hassieth... Yo no tomo, ni como harina hace meses... Regáleme otra bolsa niña, esta está muy pequeña.

Katanga el elemento con el que se pesca, Katanga el territorio del Congo en el África occidental, Katanga el taller en el que Addo empezó a moldear los primeros instrumentos musicales y los sueños de expandir y preservar la cultura afro pacífica, hasta que ese taller se convirtió en la fundación donde se transmite conocimientos de las raíces afrocolombianas a través de capacitaciones y talleres. Ahora están incorporando otras actividades como encuentros sobre cuidados del pelo afro y se proponen trabajar en zonas menos privilegiadas como el Distrito de Aguablanca para promover el empoderamiento de la autoestima con personajes como Roberto Álvarez, estilista y rapero cubano más conocido como “Robyn el niño”. La sede de la fundación está mutando de taller de lutería a museo. En el primer compartimento todo está nuevo, huele a pintura fresca. En el segundo está el taller del que poco a poco irán sacando todo para trasladarlo a Jamundí y adecuar el espacio actual a lo que será el nuevo museo con exhibición de instrumentos, café y salón de conferencias del que un ingeniero muestra la maqueta en su celular. Ahora hay madera por todas partes, cununos a medio hacer, trozos de chonta, guaduas apiladas, aserrín. Hassieth pule un trozo de chonta con un machete cuadrado, lo mide, lo pone sobre la estructura de lo que será una marimba. Addo le pasa el Gatorade, los pandebonos, pone las cervezas frías sobre la mesa, se sienta.

—No tomo, ni como harina... aquí está su cerveza, ¿usted la prefiere fría? Yo ya tomé agua... Tampoco como dulce, cuando niño no consumía sino dulce y una vez me tomé media botella de miel de abeja pura del gusto que tenía por el dulce, y claro, para que no me dieran látigo me metí debajo de la cama, y allá me quedé dormido, borracho.

Mueve las manos ceremoniosamente al hablar, como las movería un profeta, las manos con las que ha fabricado instrumentos percutivos para el Grupo Niche, Yuri Buenaventura, Fredy Colorado, Hugo Candelario González, Esteban Copete. Las manos que forjan la madera para que la música viva.

A su papá, Jeremías Possú, le gustaba trabajar con las manos, con ellas examinaba las ubres del ganado bajo los soles enrojecidos de los llanos orientales y en los calores húmedos del Pacífico:

—Mi papá era médico veterinario, nació en Puerto Tejada pero llegó a Santander de Quilichao desde el Arauca. De joven había salido de su pueblo gracias a la bonanza cacaotera de las fincas. Como era el menor le tocó lo mejor, de ahí salió un grupo de negros, de Puerto Tejada, una época histórica, como unos quince a estudiar a Bogotá, se fueron como una cochada... se hicieron médicos, abogados...

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Addo Possú creó la Fundación Katanga para enseñar a las nuevas generaciones las raíces culturales afrocolombianas, a través de talleres y capacitaciones en diferentes artes tradicionales.

Foto: Jota Palacios

Así, recorriendo los montes de Colombia como veterinario del Ministerio de Agricultura, la violencia lo trajo de vuelta al Pacífico Colombiano. En la vereda el Guasimo, cerca de Santander, conoció a Olga Dinás. Tuvieron uno, dos, tres, cuatro... trece hijos, y a los trece hijos de Jeremías y Olga no les faltaba nada. Addo fue el cuarto, nació en 1956, hasta los seis años creció jugando en el patio enorme de la casa de Santander de Quilichao entre los árboles de níspero persiguiendo a los murciélagos.

—Del patio me acuerdo mucho y de que le hacía unos berrinches a mi papá si al volver del trabajo no me llevaba maní. Le tocaba montarme en el carro y darme la vuelta a la manzana para irlo a comprar. Santander en ese tiempo era más bien rural. Allá alcancé a estudiar primero de primaria, pero mi papá pidió traslado a Puerto Tejada porque quería volver a su pueblo y, ¡allá me enganché con la música!

Todas las tardes, en la caseta comunal, el grupo Cauca Grande ensayaba torbellinos, bambucos, cantos y coplas. Addo corría, solo, y se paraba en la ventana, una, dos horas, lo que durara el ensayo. Su presencia era un ofrecimiento silencioso:

—No me dejaban pasar de la puerta del salón donde ensayaban, pero como yo me quedaba ahí todos los días, a veces me dejaban de pronto mover un tambor porque estaban los músicos, entonces yo se los pasaba para allá y para acá. Me causaba intriga eso, cómo sonaba, por qué sonaba. Entonces los veía por debajo, y ahí empezó mi gusto por el folclor, el baile, la música, el vestuario... unas coplas pero sabrosísimas... ¡Me acuerdo de los cantos!

“Me acuerdo de los cantos”, dice y entrecierra los ojos, “de los cantos”, y la piel de los brazos se le eriza, “de los cantos”, y ofrenda una sonrisa.

En 1993 recibió el reconocimiento Exaltación a la labor cultural como artista en el marco de la celebración del “Día del artesano”, en Santiago de Cali. En 1995 obtuvo la Mención de honor a la labor de músico durante veinte años por la Alcaldía de Santiago de Cali, Secretaría de Desarrollo Comunitario y la Administración del Parque Artesanal. En 1998, el Primer lugar como constructor de cununos en el marco del XXIV Festival Mono Núñez. Ese mismo año fundó la Asociación Colombiana de Luthier. En 2007, la Secretaría de Bienestar Social de Santiago de Cali le otorgó un “reconocimiento a su liderazgo y quehacer en las comunidades afrocolombianas”. En 2020, el Ministerio de Cultura de Colombia le otorgó un reconocimiento a su “trayectoria por su gestión y aporte cultural en los territorios”. Ese es Addo Possú, según su brochure, un experto en Danzas Folclóricas y Percusión del Centro de capacitación popular de Adultos “Alfonso López Pumarejo”, que además ha cursado once seminarios y talleres de elaboración de instrumentos y gestión empresarial, participado en festivales musicales en Colombia como tallerista y ha representado al país en Finlandia y Suecia.

Lo que no dice su hoja de vida es que, a finales de los años sesenta, Puerto Tejada era un pueblo donde apenas se estudiaba hasta quinto de primaria, el bachillerato y la universidad eran privilegios de las urbes y él llegó a Cali con sus hermanos tras la promesa del estudio.

—Mis hermanos mayores llegaron a estudiar al Santa Librada y al Camacho, que eran colegios industriales. Después me vine yo, luego se trasladó toda la familia y por un año vivimos todos apretados en dos piecitas en la casa de mi abuelo materno que era de Caloto y se había venido a Cali.

Por una cuestión de suerte, o de predestinación, no le consiguieron cupo en ninguno de los dos colegios en los que estudiaban los hermanos mayores. Quiso la buena ventura que estudiara en un colegio muy lejos del barrio de sus abuelos, al que llegaba después de una hora de viaje en la ruta Alameda 2, hasta el barrio Andrés Sanín. Cerca estaba la Universidad de los Alemanes, un centro de capacitación para adultos donde habían creado la mejor escuela de folclor de Cali. Un día, un compañero lo llevó a aquel lugar y por tres años nadie lo sacó de ahí. Después del colegio se iba a las clases de danza folclórica y percusión. Tuvo maestros aventajados como Lorenzo Miranda.

—Teníamos una clase de investigación y empezamos un proceso en el Pacífico: investigamos sobre las adoraciones en Dominguillo, Villa Rica y La Dominga. A unos les tocaba la percusión, a otros la gastronomía, a otros los pasos de baile. Desde chiquitico mi interés estaba en los instrumentos, en ver por qué sonaban, cómo sonaban, cómo trataban las pieles, cómo los hacían. Fuimos a Timbiquí, a Puerto Saija, dimos la vuelta, llegamos a Limones y a Guapi. Allá encontré a mis maestros. En Saija Adriano Granja y José Torres en Guapi.

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El luthier (en el centro) con su familia: sus hijos Hassieth, Orikay y Ekueffy, y Rosa Linda Grueso.

Foto: Jota Palacios

La Dinastía de Los Torres es reconocida en el Pacífico colombiano por la grandeza y mística de sus músicos. Desde Nariño hasta el Chocó y en muchos países del mundo se han escuchado las marimbas y los cantos de José Antonio Torres “Gualajo”, uno de los más grandes marimberos del Pacífico, quien aseguraba que la marimba “tenía duende” porque el espíritu que la regía era Perlita, un ser misterioso de las selvas húmedas que acompañaba y asistía a los marimberos. Esta familia de lutieres, cununeros, bomboseros, bailarines y cantantes fue la que recibió a Addo Obed Possú Dinás en Guapi y le reveló, con cuentagotas, los primeros secretos de la lutería.

—José Torres, el papá de Gualajo, no bajaba a Guapi porque era muy jodido... la gente me decía que no fuera a donde los Torres pero yo allá mantenía metido, he sido muy de buenas para construir amistades fuertes. No me pasó nada, José Torres me tuvo mucho cariño, pero no me enseñaron tan fácil. Genaro, que era uno de sus hijos, vivía al lado de José, él era el que me explicaba un poquito. En esa época había, no sé cómo llamarle, era de todo menos egoísmo, sino que los lutieres creían que si a ellos los iban a buscar al monte era porque nadie más sabía hacer lo que ellos, y no querían que nadie más supiera porque les quitaban los visitantes, las ventas, el trabajo.

Tardó dos años en aprender el trabajo más sencillo: construir los tacos para tocar la marimba. No le querían enseñar nada más:

—Y eso que es una vaina sencilla: se estira el caucho, se seca, llega usted, corta, envuelve y tome su taco e’ marimba. Dos años me eché, solamente para eso, imagínese para aprender cómo se moldea un tambor. Pero me ayudó el instinto de investigador, mirar y grabar. Empecé siendo muy copión. Veía, preguntaba qué maderas utilizaban, la afinación de la marimba, la época de corte, los árboles que se usan para sacar las tiras para poder hacer las pestañas o los aros.

“Addito de esta hay dos, pero no te voy a dar sino una”, José Torres le soltaba la información de a poco, lo obligaba a cazar los secretos de la música con esfuerzo, y empezaba a tocar la marimba y a cantar, luego bajaba Flor Torres, la hija, y los hijos: Genaro, Gualajo.

—¡Eso se volvía ahí un cógeme!

Él les llevaba panes de la ciudad, aceite, linternas, radios transistores, les compraba instrumentos con doble intención. Los desbarataba, los volvía a armar, luego los vendía. La repetición fue su maestra, hasta que montó un taller primario al frente de la casa de los Torres.

—Me quedaba un mes, mes y medio, recolectaba la madera, moldeaba las bases a machete, les hacía un rotico para que se secaran. Toda la vida he sido muy interesado en ir al fondo de las cosas, y lo que me atrapó de la parte musical fue la lutería. Las técnicas de construcción, los materiales, conocer los árboles, cuándo se cortan, por qué no se cortan. Cómo se orean, cómo se secan, cómo se vacían. Todas las formas de vaciar un tronco, de romperlo, el enamoramiento mío es con la lutería, con la construcción de instrumentos, sus materias primas y trabajo.

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"Con ellos al hombro desandan el camino. Al salir de la espesura se divisa otra vez el río Dagua: un afluente ancho, amarillo y rítmico que ofrece su lomo corrientoso a la piragua que navega de regreso hacia la vereda".

Foto: Jota Palacios

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El luthier enamorado sube por las escaleras eléctricas de la Terminal de Transportes de Santiago de Cali, a las 4:10 de la mañana, del sábado 26 de febrero del 2022. Trae otra vez el camibuso de la Fundación Katanga, un pantalón de paño gris, unos zapatos de cordón, como los que se usan para ir a un restaurante o a un acto protocolario, no parece que su destino esta mañana fuera la selva húmeda de la vereda El Dagua en Buenaventura. Ubicado en el tercer asiento del colectivo que atraviesa la planicie vallecaucana, que sube camino hacia la ciudad marítima, duerme con las manos entrelazadas y el maletín sobre las piernas.

—¡Llegamos, llegamos! Vamos a desayunar —dice dos horas y media después—. Yo me levanté a las tres y media y preparé mi base de desayuno... ¿Usted toma café? A mí me gusta, pero hace tiempo no tomo... ¡Cómase un pandebono! ¿En qué periódico es que trabaja? ¿Cuántos años tiene su hijo? Mi gran felicidad son mis hijos. Así grandes los abrazo, los beso, ellos son mi complemento de vida.

Los complementos de vida de Addo Possú tienen nombres africanos; Orika, 36 años, significa “resistencia”. Ekueffy, 25 años, significa “visión”. Hassieth, 33 años, significa “pájaro de vuelo alto”, el nombre completo es Addo Hassieth Possú y heredó el primer nombre, el primer apellido, la habilidad para moldear instrumentos y la risa diáfana de su papá. Hassieth retiene en su memoria una sucesión de imágenes que narran su niñez al lado de un padre, uno que trabajaba desde las cinco de la mañana hasta el anochecer y se abrió paso como luthier en una Cali donde este era un oficio casi inexistente:

—Fue muy duro, yo lo vi cómo tenía que irse en bus con cuatro, cinco, seis instrumentos, con el olor de la piel de los instrumentos, incomodar al resto de la gente. Sin las comodidades de un transporte particular. Mi mamá era la base económica estable de la casa, porque era docente. A veces dejábamos de ir hasta un mes al colegio porque nos atrasábamos con las mensualidades y no nos dejaban entrar, y eso que mi papá trabajaba mucho. Se paraba casi a las cinco de la mañana y cuando tenía pedidos trabajaba hasta tarde, solo. Yo iba, le ayudaba, lo acompañaba un rato, pero no había mucho tiempo para socializar con él. Fue casi cuando estaba por graduarme del colegio que me enganché en la lutería, también escogí la enseñanza de marimba como un medio para cambiar realidades y estimular a los niños para hacer cosas diferentes, todo eso me lo enseñó mi padre, él es mi héroe y estoy muy orgulloso de él porque todo su esfuerzo dio sus frutos. De pronto me hubiera gustado mucho que me apoyara más con mi sueño de ser beisbolista. Siento que lo hubiera podido lograr, pero me faltó ese impulso de mi papá... cuando las fuerzas solo recaen en uno, sobre todo cuando uno está joven, uno empieza a caer porque no tiene la fuerza que se coge con la experiencia... otra cosa es que nunca me ha dejado ir con él al monte a cortar madera... son sus miedos... el monte es peligroso, él ha contado muchas anécdotas de cómo casi se le han caído árboles encima, de cuando casi lo pica una serpiente, de las más venenosas del mundo, y ni siquiera me las cuenta a mí, se las cuenta a otras personas y yo las escucho. Cuando le digo que vamos, me saca cualquier excusa, y no me deja.

Antes de coger camino para el monte, Addo abre un porta comida pequeño a la costumbre de los hombres del campo. Desayuna lenta, parsimoniosamente, tres ramas de brócoli con queso fundido y un huevo hervido. Media hora después una guala se refunde por una trocha destapada. “¡Adiós!”, le dicen las personas que lo van viendo pasar en la parte trasera por el camino. Se apea al pie de una casa que en su antejardín exhibe un tendido de pepa pan, papayas, guarapo y plátano verde.

—¡Yeye!, llegué.

En la vereda Zacarías La Dagua se venden frutas afuera de las casas: cocos, pepa e´pan, plátano, piña, coco. Yeye desayuna un plato de plátanos cocidos con Pony Malta. Es un hombre de cincuenta años que aparenta cuarenta. Conoce a Addo Possú hace tres décadas, cuando empezó a encargarles madera para los instrumentos. Es conocedor de las épocas adecuadas, las maneras de corte y la forma de buscar el lugar donde están los árboles balsos, aguacatillos, chimbuza y jigua. Saca madera desde los 17 años y desde entonces tiene claro que el corte se debe hacer en luna menguante para que dure.

—Uno saca entre 50 y 100 metros en un día. Hay gente que se queda en el monte hasta una semana entera cuando es una parte “leja”... ¡Oiga Addo, estoy viendo serenito!

El serenito es una llovizna leve. Addo y Yeye abordan una guala, en el camino se encuentran con Jhon Eduard, 37 años, quien fue soldado profesional por 13 y trabaja en distintas actividades en el monte. Juntos emprenden el camino. Son hombres fuertes, lucen jóvenes. Se saben de memoria que el balso es la única madera que se puede cortar en cualquier época, que el árbol Garza solo se puede cortar en luna llena y al amanecer porque si se corta en otra hora la sabia que los inmuniza contra los bichos que roen la madera no estará al tope, que las maderas que más se dan son el Chaquiro, el Pacón, el Chamú, el Garzo y el Cuajo. Sacan hasta 100 metros en un día y recuperan las fuerzas invertidas en trasegar el monte con almuerzos suculentos como el encocado de cangrejo.

Gotas de barro salpican de vez en cuando las botas pantaneras que llevan puestas. Addo no, Addo se interna en el monte con los mismos zapatos con que se sienta en su oficina en Cali. Alrededor, en la tierra que ellos mismos llaman “la meca del viche” por los destiladeros de bebida artesanal, se ven sembrados de caña y papa china. Como equilibristas se paran todos sobre una canoa y deslizan los canaletes por el agua del río Dagua que corre diáfano como un remanso edénico. Arriba, en el monte, abren camino con el dorso del machete, caminan por una, dos horas, hablan de los secretos del monte:

—¡Ahí está la caña agria, con esa se limpian las uñas!
—¡Hay que tener cuidado con el bejuco y la culebrita del Yateví, a un amigo le picó una y murió con eso!
—¡Miren pal piso que si hay un congal hay que quitarse porque las hormigas congas hacen nido en las patas de los árboles y cuando ellas pican hasta fiebre da!
—¡Cuando siembra uno un papachinal el enemigo es el tatabro!
—¡La mojana embolata al que anda solo pero no al que anda en grupo!

El silencio es impuesto por la presencia de un aguacatillo de veinte metros. observan el árbol, y luego se miran entre ellos como obedeciendo un ritual de consentimiento. De ahí nacerán seis cununos. Yeye desyerba con la peinilla la base de ese tronco espigado que se abre hacia el cielo recubierto por musgo, abren una boca triangular en el inicio del tronco con la motosierra, un sonido estremecedor hace temblar la tierra cuando el tronco cae. Addo observa todo a unos pasos de distancia:

—Hágase para acá que si un tronco le cae encima la desnuca.

Se acerca, saca un metro del bolsillo, mide distancias de ochenta centímetros. El hombre de la motosierra va cortando los troncos, Jhon los pela quitándoles la corteza, poco a poco, van naciendo seis troncos amarillos, húmedos, casi blancos que desde ya prometen la forma de un tambor. Con ellos al hombro desandan el camino. Al salir de la espesura se divisa otra vez el río Dagua: un afluente ancho, amarillo y rítmico que ofrece su lomo corrientoso a la piragua que navega de regreso hacia la vereda.

El luthier, antes de llegar de nuevo a la ciudad, donde secará los troncos por ocho días para después vaciarlos, pulirlos, cepillarlos y ponerles las pieles sobre las que retumbarán las manos de un tamborero que encenderá el sonido melancólico de un currulao, se sienta sobre una tabla y dormita tranquilamente mientras el boga rema contra la corriente que danza hacia el mar.

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