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11 digresiones sobre fugas imaginarias y creación desde el confinamiento

Marzo 29, 2020 - 05:00 a. m. Por:
L. C. Bermeo Gamboa, periodista de Gaceta 

Fotograma de la película 'Sueños de fuga' (1994), donde el actor Tim Robbins interpreta a Andrew Dufresne.

Foto: Especial para El País

La película ‘The Shawshank Redemption’ (1994), basada en el relato de Stephen King y por el cual merece hace mucho tiempo el Nobel de Literatura, contiene una escena memorable —como casi todas las de ese poema cinematográfico— donde el protagonista Andrew Dufresne está clasificando por géneros los libros de donaciones que han llegado a la biblioteca de la prisión.

En ese momento, uno de sus compañeros más ingenuos saca un libro de una caja y lee: “El conde de Montecristo de Alexandre Dumas”, después de aclararle la pronunciación correcta en francés: “duomá”, Andy le cuenta que esa es la historia de un hombre que logra escapar de una prisión. Al escuchar esto, Red, su mejor amigo que está allí, pregunta con ironía: “entonces ¿ese libro en qué sección debe ir, en ‘autoayuda’ o ‘aventuras’?”.

Ese chiste inocente, como todos sabemos, servirá de pretexto para la proeza que ocurrirá al final. No en vano, para su versión latinoamericana la película lleva el nombre de ‘Sueños de fuga’. Me parece que nunca antes un título adaptado del inglés fue mejor que el original, ya que la idea del sueño es fundamental para comprender ese estímulo creativo que el confinamiento puede llegar a producir en quienes deben padecerlo, bien sea por salud debido a un internamiento hospitalario, aislamiento psiquiátrico, cuarentena preventiva, o por encarcelamiento penal y, de las formas más violentas, como encarcelamiento político y secuestro.

Desde aquí sería bueno aclarar que ese estímulo creativo al que me refiero no es, ni fue buscado por ninguna de las personas que han vivido en confinamiento, esto es un aspecto secundario dentro de circunstancias extremas donde lo más importante es sobrevivir. Por ello, no debe entenderse este ensayo como una justificación literaria o estética de ninguna forma de privación de la libertad.

Mi intuición básica es que la imaginación, a través de la lectura o la escritura, surte un efecto de resiliencia en las personas obligadas a permanecer por mucho tiempo encerradas, yo mismo lo comprobé cuando estuve semanas enteras acompañando a mi hija en diferentes hospitalizaciones.

Como explica Pedro Enrique Rodríguez, doctor en Psicología y profesor de la Universidad del Valle, “no hay una relación directa entre las condiciones de confinamiento y los procesos creatividad, pero lo que sí está probado es cómo, pese a las limitaciones tan dramáticas que pueda llegar a sufrir una persona su capacidad de sublimación es capaz de generar belleza, ideas y nuevos mundos”.

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“Yo sueño que estoy aquí de estas prisiones cargado”, dice el príncipe Segismundo en su monólogo de ‘La vida es sueño’, una obra donde su protagonista es condenado a vivir aislado en una torre y a través de pócimas somníferas logran convencerlo que está en un sueño, de esta forma, pensando que su prisión es una ilusión, no se lamenta por la libertad que le han negado.

Este efecto que podríamos llamar ‘fuga imaginaria’ es similar, aunque en sentido contrario al descrito por otro príncipe del teatro barroco, cuando Hamlet expresa que: “podrían encerrarme en una cáscara de nuez y considerarme el rey del espacio infinito, si no fuera porque tengo malos sueños”.

Así como para Segismundo ser un prisionero es tolerable mientras sueñe, para Hamlet su libertad no tiene sentido, puesto que sus preocupaciones le impiden soñar. Esa paradoja de la prisión donde se puede soñar y la libertad que nos lo impide, puede servir para entender que pese a no existir condiciones creativas en una situación de confinamiento, se han presentado casos de hombres y mujeres cuya fortaleza psicológica, creencias religiosas y principios éticos, los llevaron como una forma de resistencia a crear obras literarias desde una situación de confinamiento.

También es el caso de los artistas literarios que escribieron desde formas muy particulares de confinamiento voluntario, en el destierro, la cárcel y, ¿cómo no? Durante las cuarentenas, demostrando que imaginación y creatividad juegan un papel, que no me atrevo a decir vital, pero sí benéfico en la supervivencia.

En el sentido artístico, como aclara Pedro Enrique Rodríguez, las condiciones ideales para “los procesos creativos exigen circunstancias de relativa paz, tranquilidad y aislamiento muy puntual, porque el correlato sicológico de la creación de alto nivel requiere condiciones óptimas de concentración. Pero, esto nunca podría compararse con la situación imprevista de un confinamiento obligado”.

Visita de Bob Dylan a Rubin 'Hurricane' Carter en su prisión, en los años 70.

Foto: Especial para El País

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“Podría haber sido el campeón del mundo”, dice Bod Dylan en su hermosa canción ‘Hurricane’, del álbum ‘Desire’ de 1976. ¿Quién podría haber sido el campeón del mundo? El boxeador Rubin ‘Hurricane’ Carter, a quien está dedicado este clásico del rock, que en su momento denunció por todo EE.UU. la injusta condena a cadena perpetua que había recibido el deportista por el supuesto asesinato de tres personas blancas.

Su arresto fue en 1966 y desde su prisión, seguro de que era un hombre inocente, pero sin recursos o amigos poderosos que presionaran para que se supiera la verdad, ‘Huracán’ Carter decidió emplear sus manos para otra forma de combate, escribir un libro donde contara su versión de los hechos. Si el jurado y el juez lo habían condenado por ser negro, sin siquiera escucharlo. Entonces él, a través de su libro, se fugaría y encontraría esos lectores sin prejuicios de raza, personas que se identificarían con su historia y tal vez sintieran el impulso de ayudarlo.

Pues bien, para 1976 ‘Huracán’ logró publicar su autobiografía llamada el ‘The Sixteenth Round’ (El decimosexto asalto), libro que llegó a las manos del entonces cantautor y poeta urbano Robert Allen Zimmerman, conocido como la estrella de rock Bod Dylan, quien basado en la vida de Carter escribió la canción que logró movilizar a la comunidad, entre ellos al campeón mundial Muhammad Ali, para pedir que absolvieran al deportista.

Dylan llegó incluso a visitar a Carter en su prisión, y mientras viajaba por diferentes pueblos de EE.UU. en su gira ‘Rolling Thunder Revue’ siempre interpretó el tema como si se tratara de una noticia que todos debían saber, y todos lo supieron:

“Las cartas de Rubin estaban marcadas por adelantado, el juicio fue una farsa (un ‘circo de cerdos’), nunca tuvo una oportunidad. El juez hizo parecer a los testigos de Rubin, alcohólicos de los suburbios. Para la gente blanca que miraba, él era solo un vagabundo revolucionario. Y para la gente negra, era solo un negro loco. Nadie dudó que él apretó el gatillo, a pesar de que no enseñaron el arma. El fiscal del distrito dijo que fue él quien cometió los hechos, y el jurado compuesto por blancos estuvo de acuerdo. Ahora, todos los criminales, con sus abrigos y sus corbatas, son libres para beberse sus martinis y ver salir el sol, mientras Rubin se sienta como Buda en una celda de diez pies, un hombre inocente viviendo un infierno. Sí, esta es la historia de Huracán, pero no terminará hasta que limpien su nombre, y le devuelvan el tiempo que pasó cumpliendo condena. Le metieron en una celda, pero una vez, pudo haber sido el campeón del mundo”.

Después de dos revisiones del caso por diferentes jueces, en 1985 anularon la condena de Rubin Carter, pudo salir en libertad, pero las autoridades nunca investigaron el caso de corrupción oficial que se había fraguado en su contra y quiénes habían sido los verdaderos asesinos.

La historia de ‘Huracán’ se inscribe en la tradición de personajes históricos que lograron trascender su confinamiento a través de la escritura de una obra. Una de las primeras de este tipo es ‘The Pilgrims Progress’ (El progreso del peregrino), escrita en 1678 por el predicador puritano John Bunyan, quien estuvo en varias ocasiones encarcelado por predicar sin licencia en la Inglaterra del siglo XVII cuando no existía la libertad de culto, durante dos de sus condenas escribió la obra que se convirtió en un clásico inglés de la espiritualidad cristiana.

Su popularidad como consejero trascendió lo religioso y hoy muchos siguen leyendo su libro como un compendio de sabiduría. Mientras vivió Bunyan fue tal su popularidad que las autoridades anglicanas optaron por dejarlo libre para no crear una guerra con sus seguidores.

Recopilación de correspondencia.

Foto: Especial para El País

Uno de los casos más heroicos de creación en confinamiento, pertenece a la historia reciente. Se trata de Nelson Mandela en Sudáfrica, quien debido a su lucha contra el apartheid y la independencia de su nación, estuvo prisionero por 27 años, la mayor parte en la cárcel de Robben Island, tiempo durante el cual solo podía escribir y recibir una sola carta de quinientas palabras, cada seis meses. Condición que ‘mejoró’ luego, cuando se amplió el espacio a página y media, y el tiempo se redujo a cada tres meses. Solo al final pudo escribir y recibir seis cartas mensuales.

Las cartas eran su voz pública para denunciar al mundo las violaciones de derechos humanos en su país, y al tiempo la voz íntima para expresar su amor a amigos y familia. Las más dolorosas que escribió en esos años fueron unas a propósito de la muerte de su madre y, después, de su primogénito, que envió para consolar a su familia. Nunca le permitieron ir a los funerales.

Aunque las misivas eran revisadas por censores carcelarios que filtraban cualquier dato peligroso para su gobierno, Mandela logró en un ejercicio persistente y paciente, convertirse en un guía moral para sus compatriotas y convencer a los organismos internacionales de fijarse en la realidad de su país.

Nadie se hubiera imaginado que un hombre desde su celda pondría al mundo en contra de un gobierno, logrando su propia liberación y la de cinco activistas más. Quedó claro que si podía derrumbar un gobierno desde una prisión, podría dirigir un país estando en libertad, de modo que fue elegido presidente de Sudáfrica en 1994.

Sus ‘Cartas desde la prisión’ fueron reunidas y convertidas en un libro de culto no solo en su país, sino para activistas y líderes políticos a nivel mundial.

Aquí cabe preguntarse si ¿desde el confinamiento también se han producido obras con efecto negativos? Lamentablemente, sí. Un libro demasiado exitoso para su pésima calidad literaria y, aún más bajo, nivel intelectual. Se llama ‘Mi lucha’ y fue escrito en 1924, desde la prisión de Landsberg (Alemania), por el artista resentido y autodenominado mesías Adolf Hitler.

María Lucía Rojas, bibliotecaria de la cárcel 'El buen pastor', sosteniendo una edición de 'Fugas de tinta'.

Foto: Milton Ramírez / Especial para El País

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​El poderoso efecto que tiene la escritura desde el confinamiento es algo que conoce muy bien el escritor José Zuleta Ortiz, quien ha dirigido desde 2007 los talleres de creación literaria ‘Libertad bajo palabra’ con reclusos de 21 cárceles colombianas, según su experiencia “en las cárceles muchas personas que nunca habían escrito buscan en la escritura una manera de soportar la situación que viven. La escritura es una forma de conversación con uno mismo. Esa conversación suele ser íntima y confronta a quién escribe con su propia historia, por ello es tan frecuente que en las cárceles sea posible la escritura para personas que en otra situación no lo harían”.

Cuando le pregunto si la lectura tiene alguna importancia para los presos, explica que: “leer es poco habitual para muchos de los cautivos y las cautivas. Y después de que lo adquieren ya no lo pueden dejar. Eso tiene que ver con que la lectura les permite evadirse del espacio en que se encuentran”. Después recuerda que Liliana Etayo, una reclusa de la cárcel de Jamundí, le comentó una vez: “Si leo cuatro horas, son cuatro horas en las que estuve fuera de aquí”. Esto demuestra el sentido libertario que tienen las doce ediciones de ‘Fugas de tinta’, los libros que recogen la obra literaria de reclusos colombianos.

Pensando en lo expresado, durante estos días de cuarentena en todo el mundo, por Mario Jursich Durán, acerca de que “escribir, siempre, es someterse a una cuarentena voluntaria”. Quise saber si José Zuleta Ortiz buscaba el confinamiento voluntario como una condición para su oficio literario: “los escritores están acostumbrados a jornadas de trabajo en soledad y en silencio. El confinamiento voluntario que vivimos puede ofrecer o no, esa circunstancia. No necesariamente es benéfico para quien es escritor; lo que sí es muy probable, es que para quien no sea escritor sea una oportunidad nueva para escribir”.

'Contra toda esperanza', memorias de Nadezhda Mandelstan.

Foto: Especial para El País

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Una cosa, podría decirse normal para la situación, es escribir desde la prisión buscando ese efecto saludable de la ‘fuga imaginaria’ del que vengo hablando. Otra cosa muy diferente, y única por el respeto que demuestra a la poesía, es que te lleven a prisión por haber escrito un epigrama en contra del dictador de tu país, y que como parte del castigo seas obligado a escribir un poema que elogie a tu opresor.

Esto ocurrió en Rusia durante la dictadura de Iósif Stalin y el poeta que padeció esta particular tortura fue Ossip Mandelstam. El epigrama fue motivado por una foto de oficial de Stalin donde se le veía leyendo un libro, así buscaba demostrar su gran amor por la cultura. Sin embargo, ni él ni sus asesores captaron que la foto daba una impresión completamente distinta, pues se veía cómo señalaba con el dedo una línea de texto, igual que un niño cuando está aprendiendo a leer.

De inmediato el poeta ideó unos versos para hacer notar a todos semejante ridículo: “sus dedos gordos parecen grasientos gusanos, como pesas certeras las palabras de su boca caen, aletea la risa bajo sus bigotes de cucaracha”. Cuando su amigo Boris Pasternak lo escuchó, antes que valorar su calidad literaria, prefirió advertirle: “eso no es un poema. Es un acto suicida, una sentencia de muerte en dieciséis versos. Tú no me has recitado nada y ese poema no existe”.

Tal vez haya sido por vanidad, pero Mandelstam no se negó a recitar el epigrama en diferentes reuniones de artistas, logrando que de voz a voz los versos llegaran hasta quien los había inspirado. Era el año 1933 y en Rusia un poema era un documento con demasiado peso social, la gente oprimida por el régimen soviético devoraba literatura como si fuera el pan del que tanto carecían. Se sabe que el libro que más vendían en librerías era el Quijote de la Mancha, todas sus ediciones se agotaban. Y los poetas estaban tan sintonizados con el sentir popular que en los recitales multitudinarios que se celebraban, cuando un poeta como Pasternak se equivocaba en sus propios poemas, el público lo corregía.

Pocos días después de decir su ‘Epigrama a Stalin’, agentes del estado fueron a buscar al poeta en su apartamento, donde vivía con su esposa Nadezhda —nombre que en ruso significa esperanza—. Allí revisaron todas sus pertenencias, tratando de encontrar el poema, pero el poeta tuvo la precaución de no escribirlo. Se lo llevaron a él, encerrado y bajo tortura, terminó por escribirlo de su puño y letra para Stalin.

Por su parte, cuando el dictador leyó el poema quedó confundido y, como su interés también era ‘literario’, por propia vanidad quiso cerciorarse de que había inspirado un buen poema, así fuera en su contra; llamó personalmente a Pasternak para preguntarle qué opinaba: “ese no es el punto. No se trata de un poema, estamos hablando de la vida de un hombre”. Esa respuesta disgustó al dictador, y antes de colgarle dijo él habría defendido mejor a un amigo.

En vez de ejecutarlo, como todos imaginaron, Stalin ordenó desterrar al poeta por tres años: “aíslenlo, pero presérvenlo”, dijo. En una prisión donde era obligado a tareas humillantes y se le había negado escribir, la única esperanza —aquí cobra sentido el nombre— de expresarse fue a través su esposa. En sus visitas, Nadezhda memorizaba los poemas que Mandelstan creaba mentalmente en su cautiverio, y como ella tampoco los podía publicar, entonces los enviaba en cartas a sus amigos para que los guardaran.

Cuando el poeta pudo regresar a su hogar, los agentes volvieron con un encargo del dictador, se le encomendaba escribir una ‘Oda a Stalin’ donde mostrara la grandeza de su liderazgo y poder magnánimo que ejercía sobre su pueblo.

Fue una oferta que Mandelstan no podía rechazar, salvo que escribió un poema que confundió aún más al dictador: “Si me despojan del derecho a respirar y a abrir las puertas/ Si me tratan como un animal y me dan de comer en el suelo / Yo anudaré diez cabellos en mi voz y en la profunda noche/ Susurrará Lenin en medio de la tormenta/ Y en la tierra que huye de la putrefacción/ Stalin despertará la razón y la vida”. ¿Esto era una alabanza o una maldición? Stalin murió sin saberlo, pero esa ambigüedad poética significó el final del poeta, porque después se lo condenó a trabajos forzados en los campos de Kolymá (Siberia). El mismo lugar donde hacía menos de un siglo había sufrido cautiverio Dostoyevski, cuya experiencia la describió en su novela ‘Recuerdos de la casa muerta’ (1862).

Pocos meses después de llegar, Mandelstan falleció, era el año 1938 y desde entonces su esposa Nadezhda se impuso la tarea de guardar en su memoria todos los poemas de su esposa, repitiéndolos a diario y enviando copias clandestinas a amigos para que las escondieran. Solo cuando Nikita Jrushchov llegó al poder se le permitió publicar a Nadezhda Mandelstan, entonces con lo que había guardado en su memoria por 30 años decidió escribir sus memorias que llevan su mismo nombre: ‘Contra toda esperanza’.

En un pasaje de su libro, Nadezhda recuerda cuando su esposo decía con ironía, respecto a toda su tragedia provocada por un poema: “No hay que quejarse; vivimos en el único país que respeta la poesía; matan por ella”.​

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A veces, como en el caso de los reclusos, la lectura es una evasión de su realidad inmediata. Pero en otros, la lectura es una forma de resistencia y brinda el único equilibrio mental para quienes padecen confinamientos inhumanos como el secuestro.

En su ensayo ‘Leer para vivir’, Juan Villoro afirma: “la lectura es como el paracaidismo: en condiciones normales la practican algunos espíritus arriesgados, pero en caso de emergencia le salva la vida a cualquiera”.
En el mismo texto recuerda el testimonio de Óscar Tulio Lizcano, político colombiano que estuvo secuestrado ocho años por las Farc (antiguas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y logró escapar con ayuda de uno los guerrilleros. En su libro ‘Años de silencio’ (2009), Lizcano cuenta que agobiado por el hambre, la humillante falta de privacidad y el intenso temor de ser ejecutado en cualquier momento, se imaginó un escape a su situación de confinamiento que consistió en clavar tres palos en la tierra y tratarlos como alumnos, ya que él también era profesor decidió enseñarles política, economía y literatura. Con un drama imaginario mantuvo la cordura y resistió, se convenció como Segismundo de que todo es ilusión para tolerar su violento confinamiento.

Al saber esto, uno de los comandantes de las Farc demostrando su amplia experiencia lidiando con secuestrados, mandó que le llevaran libros a Lizcano. Como si se tratara de un paliativo recetado por un médico perverso, el secuestrado pudo leer a Homero y sufrir por el destino de Troya desde el campamento guerrillero donde lo tenían recluido. En la guerra cantada por Homero, Lizcano olvidaba la de su país. En una declaración después de su escape, llegó a afirmar: “La poesía me alimentó”.

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Desde la antigüedad, el aislamiento se ha justificado como una condición previa para la revelación de algún mensaje divino o gran verdad.
Al principio de la Biblia se cuenta que Moisés estuvo 40 días y noches en el Monte Sinaí donde por orden y dictado de Dios, escribió los diez mandamientos. Y al final, en el libro del Apocalipsis, el evangelista Juan nos cuenta que solo y desterrado en la isla de Patmos en Grecia, recibió “la revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto”.

Este pretexto sagrado se confunde con la idea platónica de la inspiración, según la cual el poeta es un iluminado que recibe el don poético de las musas, por lo cual vive enajenado del mundo. De esta forma podemos llegar hasta la imagen del marginado social que popularizaron los artistas románticos: un pobre y genial loco encerrado en una buhardilla donde escribe maravillosos versos que él mismo no podría explicar. De estos el caso más impresionante es el de Friedrich Hölderlin.

A Platón también le debemos el concepto filosófico de la caverna, según el cual la realidad es inaccesible, puesto que vivimos encerrados en nuestros sentidos, que nos hacen llegar ideas que son sombras del mundo real.

'Viaje alrededor de mi cuarto' de Javier de Maistre.

Foto: Especial para El País

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Sabemos que Shakespeare escribió el ‘Rey Lear’, ‘Macbeth’ y ‘Antonio y Cleopatra’ mientras Londres era diezmada por una de las pestes bubónicas del siglo XVII. En 1605 cuando la ciudad pasaba cuarentena y todos los teatros de la ciudad estaban cerrados, el dramaturgo se recluyó y escribió, en un alarde de genialidad y productividad, tres de sus obras inmortales. Tres obras y cerca de 100.000 muertos fue el saldo de ese año para Inglaterra.

Pero, ¿qué pasa cuando el escritor no padece el confinamiento, sino que lo usa como tema de su obra? De esta forma Javier de Maistre escribió su ‘Viaje alrededor de mi cuarto’, un pequeño libro lleno de imaginación y sabiduría, publicado en 1764. En él cuenta la historia de un caballero francés que decide encerrarse en su habitación durante una noche, evitando enfrentar un duelo al que fue retado. Entonces, mientras pasan las horas el personaje emplea diferentes métodos creativos para mantenerse entretenido en soledad.

“¡Oh, dulce soledad! He conocido las seducciones con que deleitas a tus amantes. Desgraciado del que no puede pasar solo un día de su vida sin sentir el tormento del fastidio, y prefiere, si es necesario, conversar con necios antes que consigo mismo”, escribe al inicio del relato.

En esta obra, que se puede leer en un par de horas de encierro voluntario, Maistre nos recuerda que incluso en nuestro propio cuarto podemos ser libres y conocer más de nosotros mismos a través de los objetos que nos rodean. Este método creativo de descubrir la historia oculta en cada cosa del lugar donde habitamos, es llevado a su máxima expresión por otro escritor francés del siglo XX, Georges Perec en su novela ‘La vida instrucciones de uso’ (1978), donde nos cuenta minuciosamente el origen y usos de todos los objetos, así como las historias de sus diferentes dueños, ubicados en los diferentes apartamentos de un mismo edificio.​

La poeta Emily Dickinson (1830-1886).

Foto: Especial para El País

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Pero un caso único de creación desde el aislamiento, es el de Emily Dickinson (1830 – 1886) que se recluyó voluntariamente en su casa de Amherst (Massachusetts) por más de 10 años. En una época llegó a esconderse de las visitas en su habitación, y sin dejarse ver pedía que le hablaran desde las escaleras del primer piso.

Fue esta apasionada mujer, que vestía siempre de blanco y nunca se casó, quien escribió desde la soledad de su habitación con vista al jardín, la obra poética más original de la literatura inglesa en los últimos dos siglos.

“No tenerlo es miseria y tenerlo es herida”, dijo del amor. Y sobre la esperanza escribió que “es una criatura emplumada que anida en el alma”.

Su mirada logró convertir el espacio reducido de su casa en una tierra de prodigios cotidianos, llegó a decir que “mi madre cuece el pan con los fuegos del sol”.

Para el crítico Harold Bloom, quien incluyó a ‘la dama de blanco’ entre las 100 mentes creativas de su libro ‘Genios’ y en su lista de autores fundamentales del ‘Canon Occidental’, Dickinson es una poeta de la “percepción cognitiva”. Es preciso, en cuanto que las imágenes de su poesía no exceden unas pocas tomadas del entorno hogareño, mientras que su profundidad subjetiva y vuelo mental es poderoso, esto como una sublimación de su propio encierro y limitaciones físicas.

Es por ello, que para Emily Dickinson “la mente es más basta que el firmamento”, por eso “el cautiverio se anida en la conciencia, tal como la libertad”, y para ella “no hay fragata como un libro para viajar a tierras lejanas, ni corceles como una página de briosa poesía”. En su reclusión voluntaria “solo un libro, ofrece libertad al espíritu”.

Estas fugas imaginarias de Dickinson solo pueden igualarse a un rapto místico, nadie donde sea que se encuentre podría negarse a bailar con ella, cuando lea su poema 381:

“No puedo bailar en puntas de pie, nadie me lo enseñó, pero a menudo, en mi mente, un júbilo me posee, que si tuviera conocimiento del ballet, lo demostraría”.

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De una forma más deportiva, podría decirse, algunos escritores también han ejercido el aislamiento voluntario, por lapsos más cortos y como reto creativo.

Fue así como en aquel verano de 1816 en la villa Diodati, a orillas del lago Leman en Ginebra (Suiza), un grupo de amigos liderado por el poeta Lord Byron, acompañado de su médico John William Polidori, y de sus invitados el poeta Percy Bysse Shelley y su esposa la escritora Mary Shelley, acordaron escribir cada uno una historia de fantasmas mientras estuvieran alojados en el lugar.

Al pasar los días, los dos poetas más experimentados Byron y Shelley esbozaron un par de historias sin mucho genio, pero Mary Shelley empezó un relato que se alargó por un año más y que se publicó finalmente en 1818 con el nombre de ‘Frankenstein o el Prometeo moderno’. Posteriormente en 1826 escribirá otra novela, ‘El último hombre’, considerada de las primeras obras de ‘cyberpunk’, donde en un futuro cercano al año 2100 narra las aventuras de un soldado sobreviviente a una peste.

Por su parte, el médico Polidori escribió un relato llamado ‘El vampiro’,
obra inaugural de todo un género literario. Todo ello, producto de aplicar un poco de soledad y aislamiento del mundanal ruido por unos días.

'La vida breve' (1950), novela fundacional de Juan Carlos Onetti.

Foto: Especial para El País

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La obra literaria más importante que —vuelvo a hacer la salvedad de que ningún autor buscó sufrir estas desdichas con un propósito creativo— debemos a una situación de confinamiento, es el Quijote de la Mancha que como muchos críticos han explicado no surgió en su cautiverio de cinco años en Argel (1575-1580), sino cuando un maduro Miguel de Cervantes pasó una temporada en la cárcel de Sevilla debido a la pérdida de una suma de dinero producto de impuestos del rey que estaban a su cargo.

Fue durante esos tres meses del año 1597, cuando según afirma con burla el mismo Cervantes, nació su obra: “¿qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?”. Con esta afirmación Cervantes crea el sofisma, aplicado por muchos románticos, según el cual un escritor debe sufrir hambre y pobreza para crear una gran obra, porque llevando una buena vida jamás se les ocurriría nada valioso.

Pero yo quisiera terminar con la mención de una obra heredera del legado cervantino, aunque más reciente, publicada en 1950, y escrita por un genio de humor negro llamado Juan Carlos Onetti, quien para no perder la tradición del cautiverio de su maestro español, también estuvo encerrado tres meses en un hospital psiquiátrico de Uruguay. Todo porque, durante la dictadura de Juan María Bordaberry, el escritor fungió como jurado de un premio literario en que decidió otorgar el primer puesto a una novela que denunciaba la dictadura. Después de censurar la publicación del libro, secuestraron al escritor que lo había premiado y lo mantuvieron recluso hasta que por mediación de diplomáticos españoles, permitieron liberarlo. Sin dudarlo un segundo, Onetti cruzó el océano y se instaló en Madrid hasta su muerte en 1994.

Su novela más importante y el origen de toda su obra narrativa es ‘La vida breve’, en ella cuenta la historia del publicista fracasado Juan María Brausen, quien termina involucrado con un proxeneta y su prostituta. Al mismo tiempo, Brausen va imaginando una historia paralela a su monótona vida real, para ello se inventa un pueblo imaginario que llama Santa María y poco a poco va poblando el lugar de personajes masculinos y femeninos que son diferentes facetas de él mismo. Finalmente, cuando se vuelve cómplice del asesinato de la prostituta, decide fugarse a un lugar donde nadie pueda hallarlo y no había uno mejor que su propio pueblo.

Después de un viaje metafísico logra llegar a Santa María, allí cree que nadie lo reconocerá, pero un hombre que recordaba haber soñado antes, se acerca y le dice: “entonces, usted es Brausen”. Allí supo que se había fugado por completo de la realidad, ¿cómo no lo iban a reconocer, si él era su creador?

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