Lea el sentido homenaje del escritor Fernando Vallejo a Rufino José Cuervo

Lea el sentido homenaje del escritor Fernando Vallejo a Rufino José Cuervo

Junio 20, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Por Fernando Vallejo | Especial para Gaceta
Lea el sentido homenaje del escritor Fernando Vallejo a Rufino José Cuervo

Aquí no importa si usted es de los ama o de los que odia a Fernando Vallejo. Unos y otros estarán de acuerdo en que esta bellísima pieza literaria, leída durante la declaratoria de 2011 como el Año Rufino José Cuervo, retrata con fino acierto el legado de ese extraordinario escritor y filólogo bogotano, fallecido hace cien años.

Bajé en la estación del Père Lachaise, caminé unas calles y entré en la ciudad de los muertos: tumbas y tumbas y tumbas de muertos y muertos y muertos: Joseph Courtial, Victor Meusy, George Visinet, Familia Faucher, Familia Flamant, Familia Morel, Familia Bardin… La lápida del señor Visinet dice: “Administrador de la Compañía de Gas en Saint Germain en Leye, crítico dramático y musical del Journal de Rouen, 1845-1914”. Murió pues, sacando cuentas, cuando empezaba la Gran Guerra, tres años después de ti, y a los 69 años, de dos más que tú. ¿Y ese sargento Hoff de la tumba de enfrente? No tiene lápida ni fechas. Le han levantado en cambio, junto a la tumba, una estatua: la de un soldadito de quepis, fusil en la mano izquierda y saludando con la derecha al cielo. ¿A Dios? Dios no existe, y si existe le salen sobrando los saludos de los soldados franceses muertos por la patria y la gloria. ¡La gloria, la patria! Antiguallas del Siglo XIX que dan risa en el XXI. Hoy la gloria es el éxito y la patria, un equipo de fútbol. Para ti la patria eran la religión y el idioma. Para mí, la religión del idioma. Otra no he tenido. Pero, ¿cuál de tantos, si hay miles? Este en que hablo y pienso junto con 22 países que, por sobre la separación de montañas, selvas, ríos, fronteras y hasta el mar inmenso en cuya otra orilla se encuentra España, todavía nos entendemos. Mi patria tiene mil años y se extiende por millones de kilómetros y nadie la ha querido tanto como tú. Por ti, de niño, aprendí a quererla. Nos une un mismo amor.Ahora voy por la Avenida Lateral Sur a la altura de la Décima División y el Camino del Padre Eterno, un sendero. Entonces vi un pájaro negro, hermoso. No, “hermoso” es pleonasmo. Todos los animales son hermosos. Éste es un cuervo, pájaro negro de alma blanca que tiene el don de la palabra. Y ahora me está diciendo: “Por allí”.Tumbas y tumbas y mausoleos y monumentos, y fechas sobre las lápidas y epitafios junto a las fechas, infatuados, necios, presumiendo de lo que fueron los que ya no son. Músicos, generales, políticos, escritores, poetas, oradores. Y muertos y más muertos. Y los monumentos… Monumento a los caídos en la guerra de 1870 por Francia. Monumento a los soldados parisienses muertos en el Norte de África por Francia. Monumento a los polacos muertos por Francia. A los combatientes rusos muertos por Francia. A los soldados españoles muertos por la libertad de Francia. A los jóvenes voluntarios muertos por la resistencia de Francia. Por lo visto Francia no es patria: es masacre. Ah, y esta advertencia majadera en las tumbas de ricos: “concession à perpétuité”: “concesión a perpetuidad”. O sea que el muerto es dueño de su tumba por toda la eternidad, de Dios o del Big Bang o de lo que sea. ¿Y los pobres, los del común, los que si hoy comen mañana quién sabe, sin tumba a perpetuidad, ésos qué? Se van.Al llegar a la Avenida de Saint Morys otro cuervo me indicó: “Por ahí”. Y cuando desemboqué en la Avenida Transversal Primera otro más: “A la derecha”. Otro: “A la izquierda”. Y de relevo en relevo, de árbol en árbol, los cuervos me fueron guiando hasta la División Noventa, un laberinto de senderos y de tumbas. ¿Y ahora? ¿Por dónde sigo? En el paisaje desolado de los árboles sin hojas del invierno y las tumbas con cruces silenciosas una bandada de cuervos rompió a volar, cantándole a la incierta vida por sobre la segura muerte. ¿Qué me dicen con sus graznidos y su vuelo? Ya sé. Los cuervos dicen tu nombre. Uno se separó de la bandada y se posó sobre una tumba, la más humilde, y me dio un vuelco el corazón: había llegado. Al acercarme a la tumba el cuervo, sin mirarme, levantó el vuelo. En ese instante recordé el poema de Poe que decía “Nunca más”. Los cuervos parecen muchos pero no, son uno solo, eterno, que se repite.Con la punta del paraguas me di a raspar el musgo que cubría la tumba y fue apareciendo una cruz trazada sobre el cemento. Bajo el brazo horizontal de la cruz, al lado izquierdo, fue apareciendo el nombre de tu hermano Ángel: “né…. Bogotá”. ¿El qué? El 7, tal vez, no se alcanza a leer, “marzo de 1838. Mort… París”. ¿El 24? (tampoco se alcanza a leer) “de abril de…” Falta el año, lo borró el tiempo, pero lo sé: 1896, el mismo en que se mató Silva, nuestro poeta, y por los mismos días, de un tiro en el corazón.Y nada más, sin epitafio ni palabrería vana, en francés escueto mezclado con español. A la izquierda de tu hermano y a la derecha del brazo vertical de la cruz estás tú: “…né en Bogotá el 19 de septiembre de 1844 mort en París el 17 de julio de 1911”. Así, sin puntuación ni más indicaciones, en la misma mezcla torpe de español con francés como lo estoy diciendo. Me arrodillé ante la tumba para anotar lo que decía y después contarlo esta noche. Descubrí que sobre el murito delantero habían escrito: “105 – 1896”. ¿Qué es 105? ¿Acaso el número de la tumba de esa línea de esa división? ¿Y 1896 el año en que la compraste para enterrar ahí a tu hermano? Quince años después, el 17 de julio de 1911, alguien te llevó a esa tumba. ¿Pero quién? (...)De los hechos exteriores de tu vida he llegado a saber algo: a los 21 años escribiste con Miguel Antonio Caro una ‘Gramática latina’ para los que hablan castellano. A los 22, tus ‘Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano’. A los 23 montaste con Ángel una fábrica de cerveza. A los 27 empezaste el ‘Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana’. A los 33 hiciste con Ángel tu primer viaje a Europa. A los 36 vendiste la fábrica y de nuevo, con él, te fuiste por segunda vez a Europa, ahora para no volver. Ese segundo viaje terminó en la tumba de ese cementerio del Père Lachaise que he encontrado cubierta de musgo y de que les estoy hablando.Y sé de las calles de París donde viviste y conozco los edificios: 10 rue Saint Georges, 3 rue Meisonier, 4 rue Frédéric Bastiat, 2 rue Largillière, 18 rue de Siam. Y tus barcos. Ese vapor Amérique de la Compañía General Trasatlántica en que te fuiste la primera vez y en el que dieciocho años después, frente al muelle de Puerto Colombia acabado de estrenar, habría de naufragar tu amigo Silva, que volvía de Venezuela, de donde te pedía por carta plata. Y el vapor La France, que traía a Colombia ejemplares recién impresos del primer tomo de tu Diccionario y que se incendió en Martinica. ¡El destino, el hado, el fatum, que juega con nosotros y reparte como quiere la baraja!¿Cómo viviste 29 años lejos de Colombia sin volver? ¿Y 15 solo, sin tu hermano a quien tanto amabas? ¿Y quién trajo de París a Bogotá tu biblioteca? ¿Por qué dejaste el Diccionario empezado? Nadie en los mil años de la lengua castellana ha intentado empresa más desmesurada y hermosa.¡Molinitos de viento a mí! Tú quisiste apresar un río: el río caudaloso de este idioma. Hoy el río se ha enturbiado para siempre, sin remedio, ¡pero qué puedo hacer! De los vicios de lenguaje que censuraste ni uno se ha corregido. Y lo que estaba bien se dañó, y lo que estaba mal se empeoró, y de mal en peor, empobreciéndose, anglizándose, este idioma que un día fue grande terminó en un remolino de manos. Hoy, del Presidente para abajo, así es como hablan: gesticulan, manotean, y él da ejemplo. Si lo vieras: tú que conociste a Caro, manoteando en un televisor (una caja estúpida que escupe electrones). Y el antropoide gesticulante, el homínido semimudo que perdió el don de la palabra aunque todavía le quedan rastros evolutivos de cuerdas vocales, por el gaznate por el que respira o por el tubo por el que traga, no se sabe, invoca a Dios: “Dios, Dios, Farc, Farc ”, repite obsesivamente. Tiene vocabulario escaso, de cien palabras. Mueve los brazos, tiesos, para adelante como empujando un tren. Ah no, ya tren no queda: como empujando a Colombia cual carro de supermercado. ¡Qué bueno que te fuiste, que no volviste! ¡Que te moriste! No hubieras resistido la impudicia de estos truhanes mamando de Colombia e invocando a Dios. Dios no existirá, pero hay que respetarlo.Pero no vine a hablar de miserias, vine a hablar de ti, que eras grande. Y de tus Apuntaciones que estudié de niño y que decidieron mi vida: me las regaló mi padre, como dicen los elegantes. Seis ediciones de ellas hiciste y miles las leyeron. Pues en ninguno dejaron tan honda huella como en mí, y por eso esta noche te estoy hablando. Las estudiaba para aprender a escribir, pero no, para eso no eran: eran para enseñar a querer a este idioma. Y eso aprendí de ti. Nos une pues, como te dije, un mismo amor.Dicen que con tus Apuntaciones empieza la dialectología en este idioma. ¡Qué va! La dialectología es una pobre ciencia, si es que lo es. En las regiones de todos los idiomas se habla con palabras locales. No sólo difieren en el lenguaje las regiones, también los individuos. No hay dos que hablen igual, uno es como habla, cada quien es sus palabras. Eso de ‘bogotano’ en el título era solo modestia tuya. Tu libro no era bogotano, valía para toda la lengua castellana, a la que pretendías, con él, salvarle el alma.¡Cuánta agua no ha arrastrado el río en estos cien años que han pasado desde que te fuiste! Para siempre, para el nunca jamás. Para no perderme en un recuento interminable de pequeñeces y miserias, te diré que la patria que hoy preside el de las manos se reduce a esto aparte de él: dos cantantes, hombre y mujer, que berrean bailando con un micrófono; un corredor de carros que hunde un acelerador con el pie derecho; y los once adultos infantiles de la Selección Colombia que mientras juegan escriben con los pies (con “sus pieses”) en el polvo de la cancha, su divisa: ‘Victi esse nati sumus’: nacidos para perder. Tu Colombia se nos volvió un remolino de manos y pies. ¿Y si el remolino lo convirtiéramos en energía quijotesca, eólica, enchufándoles por detrás baterías a esos molinos de viento? Podría ser…¡Ah, y se me están olvidando los candidatos! La palabra viene del latín candidatus, que a su vez viene de candidus, que significaba blanco. Los que aspiraban a los cargos públicos en la antigua Roma se vestían de toga blanca. Candidus designaba el color blanco brillante (albus el blanco opaco) y venía a su vez de candere, brillar, del que salió candelabro y candela, la vela, que nos da luz. Ah no, ya no: nos daba. ¡Cuánto hace que se acabaron! Todo pasa, nada queda y se va el tren.Candidato viene pues de candidatus, el que viste de blanco. El ‘Diccionario de autoridades’, el primero que hizo la Academia Española de la Lengua, lo definía hace tres siglos así: “El que pretende y aspira conseguir alguna dignidad, cargo o empleo público honorífico. Es voz puramente latina y de rarísimo uso”. ¿Honorífico? Sería a principios del siglo XVIII, señorías, hoy aquí es moneda falsa de curso corriente tan común como sicario.¡Qué impredecible es el idioma, cuánto cambian con el tiempo las palabras! ¡Que candidato esté emparentado con cándido, que quiere decir sin malicia, puro, inmaculado, límpido, albo! (...)No mucho antes de que nacieras, y cuando nuestra Independencia estaba en veremos, ya andábamos matándonos divididos en centralistas y federalistas. En 1840, cuatro años antes de que nacieras, nos estábamos matando en la Guerra de los Supremos. En 1851, cuando ibas a la escuela, nos estábamos matando en la guerra de José Hilario López, liberal, y los conservadores. En 1854, siendo todavía un niño, nos estábamos matando en la guerra de los gólgotas contra los draconianos. En 1860, a tus 16 años y siendo ya amigo de Miguel Antonio Caro, otro joven como tú, nos estábamos matando en la guerra entre conservadores centralistas y liberales federales. En 1876, cuando ya habías publicado tus Apuntaciones, nos estábamos matando en la guerra entre conservadores de la oposición y radicales del gobierno. Te fuiste luego a París y siguieron las cosas como las dejaste: en 1885 nos mataba la guerra entre radicales librecambistas y conservadores proteccionistas. En 1895 nos mataba la guerra entre rebeldes liberales y el gobierno de la Regeneración, que había ido a dar a las manos de Caro. Entre 1899 y 1902 nos estábamos matando en la Guerra de los Mil Días. El Siglo XX empezó como acabó el XIX, y así siguió: matándonos por los puestos públicos en pos de la presidencia.Pasándoles revista a quienes se cruzaron por tu vida antes de que te fueras de Colombia, encuentro a: Miguel Antonio Caro, José Manuel Marroquín, Marco Fidel Suárez, José Vicente Concha, Carlos Holguín, Jorge Holguín. Caro, presidente. Suárez, presidente. Concha, presidente. Marroquín, presidente. Los Holguín, presidentes. ¡Carajo! ¿En este país nunca ha habido gente decente? Tu amigo Caro, latinista, humanista, impoluto, de presidente, ¿despachándose con el cucharón? De no creer. Habiéndose manchado Caro las manos con el poder, en el oscuro Siglo XIX nuestro sólo brilla una luz: tú. El resto son guerras, guerritas, sublevaciones, revoluciones. Rapiña de tinterillos en busca de empleo público: de un “destino”, como se decía hasta hace poco. ¿El destino, que es tan grande, significando tan poca cosa? ¡Bendito el honorable oficio de cervecero que te permitió irte!Irse, irse, irse. En los últimos años se han ido cuatro millones. Yo en total he vivido afuera 42 años, doce más que tú. Pero tú te fuiste para no volver, y yo he vuelto cien veces. Me voy para volver, vuelvo para irme; así he vivido, sin acabar de irme, sin poder quedarme, sin saber por qué. (...). Desde una tumba humilde del Père Lachaise cubierta de musgo, un cuervo alza el vuelo sin mirarme. ¿Saben cómo define ‘destino’ el Diccionario de la Academia? “Hado, lo que nos sucede por disposición de la Providencia”. ¡Cuál Providencia! ¿La que nos manda hambrunas y terremotos? Por Dios, señorías, no sean ingenuos. El Diccionario de la Academia es clerical, peninsular, de campanario, de sacristán, arrodillado a Dios y al Rey que les puso edificio propio. Y acientífico, con a privativa. ¡Qué lejos de la obra de arte tuya!Van los señores académicos por la edición veintitantas, camino de la trigésima, y aunque de todas no hacen una, como no aprenden acaban de sacar su Gramática: veinticinco kilos y medio en dos ladrillos compactos. Pa’ comprarlos hay que llevar carrito de supermercado. Salvo que los adquiera usted comprimidos en un “compact disc”…La única forma de apresar el río atropellado del cambiante idioma, señorías, es la que se le ocurrió a mi paisano, en una pobre aldea de 35 mil almas sucias y alcantarillas que corrían por la mitad de las calles, en un momento de iluminación: el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana. ¿Saben dónde está la genialidad suya? En que volvió al diccionario una gramática y a la gramática una obra de arte. La que no había ni soñado nadie: ni Nebrija, ni Valdés, ni Salvá, ni su admirado Andrés Bello, que era lo mejorcito que había producido esta América hispana antes de que apareciera él. El idioma no cabe en un diccionario ni en un manual de gramática pues es escurridizo y burletero, y cuando uno cree que lo tiene en las manos se le fue. ¿Y en un diccionario que fuera a la vez léxico y gramática? ¡Ah, así la cosa cambia! Así la cosa es otra cosa. Cabe porque cabe. Y ése fue el hallazgo de mi paisano, iluminado por Dios. Ahí tienen el ‘Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana’ en prueba del milagro y de la maravilla que había llegado a ser, de tumbo en tumbo, en 1850 tumultuosos años este idioma antes del remolino de manos. Ahí están el Cid, la Celestina, Cervantes, don Juan Manuel, Quevedo, Garcilaso, los Argensola, el padre Mariana, Saavedra Fajardo, Moratín, Larra, Jovellanos, y todo apresado en unos cuantos centenares de monografías de palabras, pero eso sí, palabras claves, que viene del latín clavis, que significa llave, que es la que abre las puertas: diccionario histórico y sintáctico a la vez en que el léxico se vuelve gramática y la gramática historia, la de una raza. (...) Voy a contar una historia hermosa con final triste que empieza hace 40 años, cuando llegué a México, y acaba 14 años después, en el terremoto que me tiró el piano Steinway a la calle, y me tumbó la casa mientras zarandeaba a la ciudad de los palacios como calzón de vieja restregado por lavandera borracha. Me habían ponderado mucho las librerías de anticuarios que hay en las calles de Donceles y República de Cuba en el centro, inmensos cementerios de libros viejos, de libros muertos, y por desocupación fui a conocerlas. Entro a uno de tres pisos, enorme, le echo un vistazo ¡y qué veo! Un par de libros grandes que me llaman desde un estante: los dos tomos de la edición francesa, la primera, y por casi un siglo la única, del ‘Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana’ de mi amado paisano, impresos en París por Roger y Chernoviz bajo su cuidado y pagados con su plata, corrigiendo el pobre durante años, erratas y más erratas en una jungla de letras menuditas y mil signos tipográficos: el uno de 1886 y el otro de 1893. Fue el destino, señorías, la Divina Providencia como dicen ustedes. Son dos volúmenes en octavo y a dos columnas compactas: el primero con las letras A y B, de 900 páginas; y el segundo con las letras C y D, de 1.348 páginas. Pensé en Wojtyla, Juan Pablito, y me lo imaginé curioseando en una tregua de sus viajes en los archivos vaticanos y que se encuentra ¿qué? La carta de Cristo a Abgarus, el rey de Edesa, de la que nos habla el obispo Eusebio, el primer historiador de la Iglesia, escrita en siríaco (especie de arameo), diciéndole que no va a poder ir porque lo está llamando el Padre Eterno, pero que le va a mandar a uno de sus discípulos, muy confiable, para que lo cure. Casi caigo muerto. “¿Y cuánto valen los dos tomos, señor?” —le pregunté angustiado al librero, sabiendo que no tendría nunca con qué pagarlos. “Tanto” —contestó el viejo malhumorado: una bicoca. Respiré. Saqué humildemente los billetes del bolsillo de mi ropa rota y se los di. Me vuelve a palpitar el corazón descontrolado ahora y se me van a volver a salir las lágrimas. Apreté los volúmenes contra el pecho, salí y me fui, a mi casa, a guardar como un tesoro mi tesoro.Pero como no todo en esta vida es dicha, corrió el tiempo y llegó el año infausto del 85 y ese terremoto que empezó suavecito, suavecito y fue in crescendo. Tas, tas, tas, iba cayendo de la alacena de la cocina loza: vasos, tazas, platos, copas, cucharones, cucharas... El pandemónium. El cuarto, la sala, la cocina zarandeándose (que viene del onomatopéyico zaranda). Las paredes se agrietaron, los vidrios se rajaron, los techos se cuartearon, el sanitario se vació. ¿Y qué pasó con el Steinway negro mate, abrillantado día a día con amor y con aceite 3 en 1, que habías comprado nuevecito por otra bicoca? Pues el Steinway negro mate abrillantado como vino se fue: por el ventanal a la calle, siete pisos abajo que se cuentan rápido: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete: do, mi, sol, do… Cayó sobre el pavimento de la Avenida Ámsterdam dando un acorde esplendoroso que mi oído absoluto de inmediato reconoció: Tónica. Do mayor.¿Y el diccionario, dónde acabó el diccionario? Donde acabó el piano. En mi recuerdo una nube de polvo asciende ahora del pavimento del mismo modo, pero en sentido contrario, como cae un telón.En lo que va desde que te fuiste, tres cosas nobles respecto a ti, que dicen bien de Colombia: una Ley de 1911 y de un gobierno conservador que para honrar tu memoria ordenó una estatua tuya: la que hoy está en el jardincito aquí abajo de tu casa de la Calle 10, antigua calle de la Esperanza, en La Candelaria, obra del escultor francés Verlet. Dos: una segunda ley, de 1942 y de un gobierno liberal, que creó el Instituto que lleva tu nombre para difundir tu obra. Felicitaciones honorables congresistas de Colombia, liberales y conservadores, representantes y senadores, desinteresados padres de la patria. Si en algo los he ofendido alguna vez, retiro mis palabras. 52 años después de la segunda ley, unos cuantos apóstoles de tu obra que ya murieron, trabajando con fe en ti, con devoción y amor a tu obra, terminaron en 1994 tu Diccionario. Y en fin, el 28 de octubre de 2006, a las 8 de la noche y en el Gimnasio Moderno de esta ciudad, durante las celebraciones de unos malpensantes que ni lo eran tanto, ante 550 humanos y 20 perros silenciosos un loquito de estos que produce la tierra te canonizó. Que en sus 200 años de historia, dijo, este país no había producido uno más bueno ni más noble ni más generoso ni más bondadoso y de corazón más grande que tú. Ese mismo, en Berlín, un año antes, en el Instituto Cervantes, había canonizado a Cervantes.Que con ustedes dos, dice, se inicia un nuevo santoral, uno de verdaderos santos. El problema es que como el año tiene 365 días y se necesita un santo para cada día, sin repetir, le están faltando 363 santos y no encuentra con quién seguir.Ah, y que cuando llegue a la presidencia, a la plaza central de esta Atenas suramericana, capital del país de los doctores, la va a volver a llamar con su antiguo nombre, Plaza Mayor, como debe ser, y le va a quitar el del venezolano sanguinario y ambicioso que le pusieron en mala hora. Y que el bronce de ése, que le esculpió Tenerani, lo va a mandar, junto con la espada colgante que lleva al cinto y que nunca usó, a hacerle compañía a Stalin y a Lenin en el basurero de las estatuas. Para ponerte a ti. Yo digo que no, que afuera, a la intemperie como vulgar político no: adentro, en la catedral, en vez de un falso santo.¿A cómo estamos? ¿A 3 de febrero de 2011 con “de”? ¿O del 2011 con “del”? No estás y no tengo a quién preguntarle. Desde niño te llamé diciéndote “don”, que es como te decía Colombia. Puesto que mi señora Muerte en cualquier momento me llama, permíteme llamarte ahora tan sólo con tu nombre para contarte que aquí, a ti, el más humilde, el más bueno, el más noble de nosotros, el que no conoció el rencor ni el odio pues sólo la bondad cabía en su corazón, que no ocupaste cargos públicos ni le impusiste la carga dolorosa de la vida a nadie, aquí ya todos te olvidaron. Yo nunca, Rufino José.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad