“Tenemos que volver a ver a Cali a colores": Andrea Buenaventura

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“Tenemos que volver a ver a Cali a colores": Andrea Buenaventura

Mayo 31, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Ossiel Villada Trejos / Jefe de redacción online de El País

Andrea Buenaventura, gestora del proyecto Delirio, analiza por qué los caleños nos hemos dejado ganar la batalla del pesimismo, y cuenta la gran diferencia que hay entre la mirada de un nativo y la de un turista.

Como para que todos sepan de qué lugar viene, esta mujer anda siempre en ‘modo caleño’. Habla con el ‘vos’ por delante, cambia muchas veces la ‘n’ por la ‘m’ y cuando quiere enfatizar una idea se ayuda con las manos. 

Este último no es un detalle intrascendente. “Los caleños podemos comunicarnos sin palabras, tenemos un lenguaje del cuerpo que es único, que nos identifica y nos diferencia y que tiene su máxima expresión en el baile”, asegura ella.

Con esa misma convicción, practica un antiguo credo de los primeros habitantes de esta ciudad que seguirá vivo por los siglos de los siglos, amén: la vida hay que ganársela, pero también gozársela. 

Es lo que ella ha hecho durante los últimos nueve años debajo de una carpa de circo llamada Delirio, que levantó con tres grandes amigas en medio del barro y que hoy es un referente internacional de preservación de la cultura y  del emprendimiento empresarial exitoso. 

Pero cuando habla del presente y el futuro de su Cali del alma, Andrea Buenaventura elige no ser delirante. Prefiere ser fresca, franca y frentera, como se lo enseñaron sus antepasados. En ese tono dialogamos con ella.

Recuerdo el estreno del proyecto Delirio, hace casi 10 años, y me da la impresión de que usted no imaginaba nada de lo que le ha pasado. ¿Cómo ha hecho para llegar tan lejos?

Es cierto. Nosotros sabíamos que podíamos proyectar algo, como lo hace cualquier persona al crear una empresa, pero no imaginamos que pudiéramos llegar tan lejos. La verdad es que la clave de nuestro éxito está en esa relación tan íntima que Cali tiene con el lenguaje del cuerpo, con el baile especialmente. Delirio supo interpretar ese lenguaje y ponerlo en escena.

A cualquier persona eso le podría sonar un poco exagerado. 

¿Realmente es tan poderoso ese lenguaje como para crear una empresa como Delirio?

Lo es. Y mucho. De alguna manera, los caleños creamos un lenguaje no verbal que no solo nos comunica, sino que además nos identifica ante el mundo, y es el baile. Y no solo de Salsa, sino todos los tipos de baile: el folclórico, el moderno y el clásico. Poco a poco ese lenguaje se ha ido convirtiendo en una identidad colectiva. Y eso es absolutamente distintivo de nosotros. Para el caleño, saber bailar incluso le da status social. Yo recuerdo que cuando uno estaba chiquito le decían que saber bailar era tan o más importante que aprender cualquier otra cosa, porque el que sabia bailar ya tenía un camino ganado. 

Eso tiene que ver con nuestro espíritu festivo, pero también con esa gran cantidad de influencias que tiene el caleño, provenientes especialmente del Pacífico colombiano, que le imprimen en su ser interior fuerza, color, alegría. Usted une todo eso con otros elementos anexos y puede crear un producto exitoso llamado Delirio.

¿Su visión de lo que es Cali ha cambiado por cuenta de Delirio?

Si cambió, pero no desde Delirio, sino desde hace unos 25 años atrás, cuando trabajaba en el sector turístico. Mis clientes eran gente que venía de otras partes, y yo empecé a darme cuenta de que había una enorme diferencia entre la forma como yo veía a mi ciudad y me relacionaba con ella, y la forma en que la veían los turistas. 

Yo la veía como una ciudad atrasada, estancada, plana… y no descubría nunca nada nuevo en ella. Yo la veía siempre en blanco y negro. Los turistas en cambio veían a Cali a colores. La gente de afuera siempre ve a Cali a colores. No importa si la ciudad está sucia, si los puentes no son como los de las grandes ciudades, si no hay rascacielos, si no hay orden, el turista siempre ve esta ciudad como de manera kinésica, en movimiento, en gestualidad. Y le huele distinto, le huele a esperanza, le suena a alegría, somos un referente de felicidad.

¿Y qué cambió en su relación con Cali después de eso? ¿Cómo hizo para que el día a día no la hiciera volver a la visión en ‘blanco y negro’?

Yo tuve varias influencias en mi cambio de perspectiva sobre la ciudad. 

Una fue el ser funcionaria pública. Porque el funcionario público juicioso y  responsable navega en las entrañas de la ciudad para poder aportar a la solución de los problemas. Allí me cambio la expectativa y la mirada, observando cómo se relacionaban a los turistas con Cali. 

La segunda influencia fue haber conocido los bailarines de salsa hace 25 años. Porque entendí que cuando uno vive por una pasión la vida es más fácil. Ellos viven por la pasión, el deseo y la felicidad que les produce bailar; en medio de las dificultades crecen bailando. Y la tercera influencia fue empezar a descubrir todo ese capital cultural y ese enorme talento que tiene Cali. Eso me hizo mirar a Cali de una manera positiva y distinta.

Pero hace 25 años había problemas muy similares a los de hoy en Cali: inseguridad, trancones, desempleo. ¿Será que simplemente nos hemos dejado ganar la batalla del pesimismo o de verdad hay razones para serlo?

Pues mire, a mí me sorprende que se arme una escandalera como la que se armó porque una multinacional cerró una sede en Cali. A mí me parece que eso es normal dentro de procesos económicos como los que vive hoy el mundo. Muy seguramente esa decisión se tomó porque quieren apuntar a otros mercados, o por otras razones externas que no tienen nada qué ver con la ciudad. 

Cali ha ido mutando, y ya no responde a ese estereotipo de ciudad que alberga multinacionales, pero tiene otras cosas maravillosas nuevas. 

Por ejemplo, el crecimiento del sector turístico ha sido impresionante. Pero la gente no lo ve. Y entonces muchos dicen “cerraron una empresa”, pero no dicen “abrieron siete hoteles en Cali en el 2014”, como efectivamente pasó.  En esto cada quien decide si ve el vaso medio lleno o medio vacío. 

Por supuesto, no creo que haya que ser un optimista recalcitrante y ciego. Hay que mirar lo negativo también para tender a mejorar.

¿Y usted por qué cree que nos hemos vuelto especialistas en ver el ‘vaso medio vacío?

Bueno, pues porque la vida nos ha dado mucho golpe. Pero también creo que eso es normal. Eso es como en una familia: unos se enferman, otros se descarrilan, otros se entristecen. Igual pasa con Cali. Creo que la ciudad aún trae el estigma de ese golpe tan duro que nos dejó la herencia del narcotráfico. Eso fue muy duro, nos lastimó mucho la autoestima y nos dejó un dolor que aún llevamos muy en el alma, y no lo hemos sanado. 

¿Y tenemos como sanarlo?

¡Pero sin duda alguna! Una ciudad que tenga 4.000 bailarines profesionales en todas las ramas, que tenga una explosión de artistas en folclor del pacífico, en música, en pintura, en cine, en teatro; una ciudad con tanto activo cultural como el de Cali no tiene pierde. Es que uno no se alcanza a explicar cómo es que hay tanto talento guardado en Cali.  Yo he tenido el privilegio de buscar talentos en esta ciudad durante muchos años y cada día me sorprendo más. Lo acabo de vivir en las audiciones que hicimos en Delirio para contratar un cantante que nos sirviera de ‘Plan B’. 

Hicimos una convocatoria y resultaron 10 candidatos, cada uno mejor que el anterior. Y entonces ya lo que iba a ser un ‘Plan B’ lo volvimos ‘Plan A’, y decidimos ampliar la orquesta. Igual pasa en el mundo del baile, en el campo de los ritmos urbanos, en el del teatro. En Bellas Artes de Cali, por ejemplo, hay muchachos trabajando procesos de utilería que usted no los encuentra en ciudades como Bogotá o Barranquilla.

¿Entonces, la inversión en cultura sería una oportunidad de redención para la ciudad?

Yo estoy totalmente convencida de que la cultura es la vía para sanarnos.  

Y de eso no me convenció Delirio, ni la gran cantidad de espectáculos e iniciativas que hay en la ciudad. Me convencí hace mucho tiempo, cuando trabajaba en el sector público. La resurrección real de Cali, la punta de lanza de la ciudad está en el sector cultural, en explotar ese espíritu lúdico que tiene Cali por naturaleza. 

La industria cultural tiene un potencial enorme en todos sus campos, porque es muy intensiva en generación de empleo y no demanda alta inversión de capital. El insumo del talento humano está allí. No hay que traerlo, no hay que inventárselo, no hay que adornarlo, en Cali florece en cada esquina. La industria cultural puede ser una gran dinamizador del turismo, que a su vez es un dinamizador de toda la economía.

Y entonces, ¿dónde está el problema? ¿Por qué no lo hacemos? ¿Será que estamos de espaldas a las muchas cosas buenas que tenemos, y hemos perdido la capacidad de verlas?

Si, totalmente. Yo creo que en Cali tenemos un problema, y es que hablamos mucho de lo que tenemos como activos culturales, económicos, o sociales, pero desde las salas de juntas. 

Un ejemplo de eso es que nos la pasamos hablando de Buenaventura desde Cali, pero no vamos a Buenaventura, no bajamos a las comunidades. La dirigencia de Cali tiene una mirada lejana, que no deja ver sino una parte. Para entender la ciudad hay que verla de cerca, hay que ponerse gafas y hay que ponerse los tenis y meterse al barro a descubrir, y a preguntarles a los de abajo qué necesitan. No para dárselos, sino para enseñarles a conseguirlo.

¿Y con cultura es suficiente? ¿Qué hacemos con la inseguridad, la falta de educación, la pobreza, el desempleo…?

Por supuesto, el baile y la cultura son solo uno de tantos medios para que la ciudad mejore. Pero son uno de los que podemos volver más tangibles rápidamente, representan una gran oportunidad. 

Eso sí, para lograrlo necesitamos que cada cual haga lo que le toca hacer, cada loro en su estaca, como dicen las abuelas. Que el sector privado, en su tarea de generar riqueza, obre con responsabilidad social. Pero no para verse bonito, sino como un propósito de fondo. Y que el sector público  haga lo que le corresponde: que proteja y desarrolle la cultura. Que se gaste la plata de manera eficaz y eficiente en lo que se la tiene que gastar. 

Es que Cali no es una ciudad pobre, es una ciudad que genera recursos para lo público. Lo que pasa es que los administran mal y no llegan donde tienen que llegar. En muchos casos se quedan no sabemos dónde. 

¿Y al caleño de a pie qué papel le toca en esa tarea?

Tenemos la obligación, la responsabilidad de volver a ver a Cali a colores. Cada caleño tiene que sentarse en uno de los puntos estratégicos de la ciudad, en uno de sus hitos urbanos, y mirar a la ciudad y verla a colores. 

Ah, claro, habrá quien nos diga que tiene puntos negros. Si, es que el negro también es un color, es parte de la vida. La ciudad tiene puntos que quisiéramos cambiar, claro. Tenemos que mejorar en infraestructura, en servicios, en seguridad, en movilidad, sí. Pero creo que todo empieza por nuestro estado de ánimo y por tener una mirada más amorosa con la ciudad. Pero para eso hay que conocerla. Y mucha gente no la conoce.

Su idea del optimismo como factor de cambio suena muy bien en teoría, pero es difícil de sostener en el tiempo. ¿Acaso usted misma no cae a veces en el pesimismo?

Si, yo muchas veces, como todo ser humano, tengo momentos tristes o de depresión. Y cuando eso me pasa cojo mi carro y me voy a un barrio donde haya siquiera dos o tres escuelas de Salsa. Y me siento en el suelo con los muchachos, a escucharlos. Y yo salgo feliz. Yo allá encuentro ilusión, optimismo, ganas, una capacidad impresionante de superar los obstáculos. Y me devuelvo para mi casa pensando que existen muchas razones para estar contentos y para tener una fe inmensa en esta ciudad. 

Yo tengo muchísima fe en Cali. Tenemos que mirar esa Cali que hay allá abajo, que es maravillosa. Llena de líos, sí, pero por cada problema que surge hay una oportunidad.

¿Dónde ve a Cali en un futuro cercano?, ¿Como se la imagina? 

Mi sueño es verla superando esa brecha que hay entre los estratos altos y los bajos. Todavía hay aquí unos discursos de los ricos y los pobres. 

Eso tenemos que acabarlo, tenemos que ponerle un yeso a esa fractura, y yo creo que el yeso para curar eso es la cultura. Espero ver una Cali que se junte a través de los espacios culturales. Por eso defiendo tanto iniciativas como el Salsódromo o el Carnaval, porque son espacios donde todos nos juntamos a disfrutar, porque eso zanja las diferencias y sana las almas.

¿Por qué apostar por Cali? ¿Por qué creer en Cali?

Porque uno siempre le apuesta a querer, defender y proteger a su familia. 

Y Cali es la familia grande que tenemos. No tenemos otra. Y hay que amarla y defenderla. A Cali tenemos que verla como una gran familia de más de dos millones de habitantes. Uno a sus hijos les ve miles de defectos, pero uno les ayuda a salir adelante. Así hay que mirar a la ciudad. En Cali hay que creer porque uno cree en su familia.

¿Qué le han enseñado los bailarines?

Me han enseñado resistencia. Yo ya no me quejo. ¿De qué? Los bailarines, los músicos, los artistas en general, tienen una resistencia de plancha. El baile es un grito radical, una forma de protestar sin lugar a dudas, pero también es una manifestación del alma. Me han enseñado perseverancia. 

Y me han enseñado a hacer las cosas bien hechas. Un bailarín de Salsa jamás sale a un escenario mal vestido, por dificultosa que sea su vida y por escasos que sean sus recursos. Tienen mucho orgullo, mucho donaire, se quieren mucho a ellos mismos y por eso hacen siempre las cosas bien. 

¿Un recuerdo de Cali que no se borra de su corazón?

Las visitas con mi padre, estando yo muy chiquita, al TEC, a escuchar una charla del maestro Enrique Buenaventura.

¿Cuál es el olor que más le recuerda a Cali?

El de la guayaba madura. Porque es un olor entre ácido y dulzón, entre amargo y dulce. Porque es que a Cali uno la sufre de día y se la goza de noche… ¡y la ama todo el tiempo!

¿Cuál es el lugar que más le gusta de Cali?

El parque de Alameda. Porque me trae algún recuerdo de mi niñez que no sé muy bien cuál es. Pero además porque es un lugar espectacular que me permite bailar, ver bailar y salir a sentarme a un parque a conversar tranquilamente. Eso es Cali.   

¿Algo de Cali qué la haya hecho sufrir?

Si. Que el América esté en la B. Eso me ha parecido terrible porque soy una americana recalcitrante, y además fui bastonera del equipo, entonces lo llevo en el alma. Tampoco me gusta cuando escucho a alguien con un discurso de ricos y pobres, eso me ofende. Y también me molesta cuando veo a la ciudad descuidada, enmontada. Y cuando voy a los barrios marginales, que tienen tanto dolor, y uno ve que es tan sencillo aportar soluciones, pero hay indiferencia. La indiferencia de algunos caleños me duele mucho.

¿Algún día se ha querido irse para siempre de Cali?

No, eso nunca. Yo desde chiquita he dicho que cuando todo se acabe en Cali yo salgo y apago la luz, me voy de última.

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