Judicial
Las mujeres que crearon la primera guardia afro urbana de Colombia para defender su barrio en Cali
En Llano Verde, oriente de Cali, una de las zonas más golpeadas por los homicidios, nació la primera guardia afro urbana de Colombia. Integrada principalmente por mujeres desplazadas y víctimas del conflicto, la iniciativa busca mediar conflictos, proteger a sus jóvenes, preservar la cultura del Pacífico y cuidar a la comunidad. Crónica.
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15 de feb de 2026, 11:09 a. m.
Actualizado el 15 de feb de 2026, 11:09 a. m.
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Las mujeres que integran la primera guardia afro urbana de Colombia cantan una estrofa de su himno en una cancha de cemento del barrio Llano Verde, al oriente de Cali.
— ¡Guardia! —grita una.
—¡Afro! —responden las demás.
—¿Quiénes somos?
—¡Raíz, fuerza y resistencia!
Es lunes. Frente a la cancha se levanta el mural y monumento “de los cinco”, los jóvenes del barrio asesinados el 11 de agosto de 2020 en un cañaduzal de la hacienda Las Flores.
Cinco placas cuentan fragmentos de sus vidas. Jair Andrés Cortés Castro, de 14 años, soñaba con ser futbolista y sacar adelante a su familia; Leyder Cárdenas Hurtado, de 15, quería comprarle una casa a su mamá; a Álvaro José Caicedo, también de 15, le gustaban los videojuegos y soñaba con ser empresario; a Luis Fernando Montaño le gustaba bailar.

En la placa de Jean Paul Cruz, de 16 años, solo queda su nombre. Está ennegrecida, como si alguien hubiera encendido fuego sobre ella. Tal vez un ritual. Quizá una despedida que nunca terminó.
En Cali, la probabilidad de que una persona afrodescendiente sea asesinada duplica la de alguien de otra etnia, según una investigación del Observatorio de Seguridad de la Alcaldía Distrital y el Centro de Innovación en Justicia Étnico-Racial, Baobab. El informe agrega que cuatro de cada diez víctimas afro no alcanzan los 25 años.
Aquí, en Llano Verde, esas cifras tienen rostro.
—¡Guardia!
—¡Afro!
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Cali es la ciudad con mayor concentración de población negra en Colombia y la segunda en América Latina. También es la capital donde más ocurren ‘afrojuvenicidios’, término que describe el asesinato, sistemático, de menores de edad afrodescendientes.
En barrios del oriente como Llano Verde, Mojica y Potrero Grande la violencia sigue un patrón constante: la mayoría de las víctimas son jóvenes negros asesinados con armas de fuego. Como si ser afro fuera una condena, como si se cargara una diana en la espalda.

Los datos lo confirman. Según el estudio del Observatorio y el Centro Baobab, el 75 % de las muertes de afros, es decir, las no naturales, corresponde a homicidios. La tasa alcanza 85,6 asesinatos por cada 100.000 habitantes, más del doble que en el resto de la población.
Aunque los afrodescendientes representan el 14 % de los habitantes de la capital vallecaucana, concentran el 29 % de los homicidios.
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La guardia afro nació en 2024 como una iniciativa de la Asociación Colombiana de Afrocolombianos Desplazados, Afrodes. Su propósito es cuidar la convivencia, proteger la cultura ancestral y buscar la paz en barrios donde la guerra parece un estado permanente.
Según los registros del colectivo, en Llano Verde han asesinado más de 350 personas desde 2014. Los habitantes del barrio dicen que en ninguna familia falta un muerto y, de nuevo, las estadísticas parecen darles la razón. En la Comuna 15 se registran 1444 homicidios entre 2015 y enero de 2026.

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Erlendy Cuero Bravo habla sentada en la sede de Afrodes, una casa ubicada en uno de los pasajes de Llano Verde, donde el Pacífico parece haberse instalado para resistir lejos del mar.
Del techo cuelgan tambores. Contra la pared reposan bastones de mando. Hay potrillos —canoas para una sola persona, “las motos de los ríos”— convertidos en objetos de memoria.
— Nosotras decidimos, en una conversa, trabajar para cuidar nuestras prácticas ancestrales. Porque el territorio se mueve con nosotras: somos el territorio — dice.
Erlendy nació en el corregimiento Número 8 de Buenaventura, a la orilla de un río. Hace 26 años fue desplazada por la violencia. A su papá lo mataron.

Llano Verde es el único proyecto de vivienda gratuita construido en Cali para reparar víctimas del conflicto armado. Aquí hay 4321 casas.
Cuando Erlendy llegó a Cali tenía dos hijos y “una mano adelante y otra atrás”. Hoy es abogada.
La idea de crear la guardia surgió en un comadreo, esa forma ancestral de cuidado entre mujeres del Pacífico donde a quien acaba de parir le llevan plantas medicinales y a quien pierde un familiar le cantan alabaos para sostener el duelo de forma colectiva.
— De donde yo vengo no había Policía ni Ejército. Mi abuelo era inspector nombrado por la comunidad. Las normas y las sanciones las decidía la gente. Por eso en Llano Verde creamos la guardia afro, nuestro propio sistema para dialogar con las autoridades y con nuestros muchachos, que a veces terminan en dinámicas violentas. Es distinto cuando una madre llama la atención a cuando lo hace la Fuerza Pública —dice Erlendy.

La guardia afro también surgió como respuesta a los choques culturales con la Policía.
— En Buenaventura es normal decir “mami” o “papi” a alguien que no conocemos, una cordialidad. Aquí eso puede terminar en un comparendo con algunos agentes. La guardia también busca mediar en esas tensiones que han sido históricas —continúa.
A su lado se encuentran algunas de las 31 mujeres y 5 hombres que conforman la guardia. Usan overoles beige, sombreros y bastones decorados con tejidos con los colores de la bandera de Cali. Nunca han tenido que usar el bastón, aseguran.
— Ni siquiera con el marido —dicen, y se carcajean.

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En las reuniones y marchas de los colectivos afro en la capital vallecaucana es la guardia la que garantiza la seguridad y evita infiltraciones. Se comunican por radioteléfonos.
En el barrio median conflictos domésticos: el vecino que sube el volumen del equipo en casas donde todo se escucha a través de paredes delgadas; quien no recoge el excremento del perro; peleas que escalan hasta volverse amenazas.
Y aunque no pueden intervenir en delitos graves como los homicidios, intentan impedir que ocurran.
— Hoy llegaron cinco muchachos mientras yo cocinaba en el comedor comunitario —cuenta Lila Rosa Abonía Grueso, desplazada de López de Micay. A ella también le mataron al esposo.
— Los senté a hablar. Les dije que no valía la pena morir por fronteras invisibles. Me respondieron: “Cucha, no pasa nada”. Yo creo que un buen consejo puede sacar a alguien de la calle.
En Cali, según el estudio del Observatorio Seguridad y el centro Baobab, terminar el bachillerato reduce en un 36% la probabilidad de ser víctima de homicidio.
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La guardia afro funciona como una red de solidaridad. Libia Leonor Angulo, desplazada de Barbacoas, cuenta que encontró en ella una forma de construir tranquilidad para Llano Verde.
Aleida Valencia, llegada desde Satinga, comenta que se unió al colectivo después de ver a los niños del barrio consumiendo droga en las calles y los parques, sin orientación.
Martha Cecilia Banguera huyó de Buenaventura para evitar que reclutaran a sus cinco hijos.
—Allá todo se hacía en comunidad. Por eso acepté entrar a la guardia -dice Martha, con la firmeza y la autoridad que se requiere para criar a cinco hombres.
Cruz Nelly Campaña, desplazada del departamento del Chocó, cree que el proceso permite sanar colectivamente el dolor y quizá, algún día, conjurar la violencia.
Uno de los objetivos de la guardia es extenderse a todo el oriente de la capital vallecaucana.

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Llano Verde, pese a sus 20.000 habitantes, no existe oficialmente como barrio. El Departamento de Planeación Municipal lo registra como “un sector” de Mojica, y eso en parte explica la exclusión histórica en la que permanece.
El 65 % de los hogares tiene jefatura femenina. Son madres cabeza de hogar en una zona con tasas de desempleo superiores al promedio de Cali.
La violencia intrafamiliar y sexual es constante, según un reciente censo comunal. El reclutamiento de jóvenes para el microtráfico ha generado amenazas contra líderes sociales. Toda la Junta de Acción Comunal renunció hace unos días.
La violencia, incluso, comenta Erlendy, se volvió paisaje. Aquí, cuando corre el rumor “mataron a fulano”, nadie pregunta demasiado y continúa con su vida. La comunidad resiste de maneras silenciosas.

Por eso hay huertas comunitarias en casi todas las cuadras. Por eso existen grupos de cantoras de alabaos y lideresas que enseñan recetas de bebidas tradicionales, como el viche y el arrechón, para que los muchachos emprendan. También hay torneos deportivos, procesos culturales y, ahora, una guardia afro.
Erlendy insiste en que son formas de no rendirse frente a los violentos, formas de seguir vivos, pese al miedo. Para ir a la cancha, ella llama a un conocido que nos acompaña.
Una vecina les grita “Dios las bendiga” mientras caminan en fila, formadas por orden de estatura. Son tan pequeñas las casas de Llano Verde que, en el camino, se ve ropa tendida en la calle. La gente debe sacar las prendas que lava para que se sequen en muros o en las ramas de los árboles.
El hacinamiento, había comentado Cruz Nelly, también genera conflictos en los que la guardia trata de mediar.
En la cancha, las mujeres se acomodan el sombrero, levantan los bastones y afinan sus voces.
—¡Guardia!
—¡Afro!
—¿Quiénes somos?
—¡Raíz, fuerza y resistencia!
Detrás, el monumento “de los cinco” recuerda por qué existe la guardia.
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