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El renacer de Diana Troncoso: sobrevivió 30 horas bajo los escombros del terremoto en Cali

Tres meses después del temblor del 10 de agosto, Diana Troncoso intenta recuperar su independencia y reconstruir su vida. Sobrevivió al derrumbe del edificio Torres del Limonar, en Capri, sufriendo graves lesiones. Hoy renace “con más sueños y menos miedos”. Charla con quien, como Cali, se levanta, vuelve a empezar.

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El renacer de Diana Troncoso. Pasó 30 horas bajo los escombros de Torres del Limonar, en el barrio Capri de Cali, tras el terremoto del pasado 10 de agosto. Tres meses después avanza en el proceso de reconstruir la vida. Un nuevo sueño: viajar más.
El renacer de Diana Troncoso. Pasó 30 horas bajo los escombros de Torres del Limonar, en el barrio Capri de Cali, tras el terremoto del pasado 10 de agosto. Tres meses después avanza en el proceso de reconstruir la vida. Un nuevo sueño: viajar más. | Foto: Álvaro Pío - El País

7 de nov de 2026, 01:33 p. m.

Actualizado el 7 de nov de 2026, 03:46 p. m.

El 10 de junio de 2024, Diana Troncoso pintó un jarrón. Sucedió en el restaurante El Pincelazzo, en Cali. Usó tonos pasteles: azul, amarillo, verde y rosado. Un poco más de dos años después, el 10 de agosto de 2026, un terremoto derrumbó el apartamento donde vivía, en Torres del Limonar, barrio Capri. El jarrón quedó intacto. Una amiga suya lo rescató de entre los escombros. ¿Por qué una cerámica sobrevive al colapso de un edificio?

Diana está convencida de que fue una señal de vida para sus padres, quienes esperaban noticias mientras los rescatistas intentaban sacarla de entre las losas de concreto y las varillas que la mantuvieron atrapada durante 30 horas.

Hay otro objeto que también sobrevivió. El estuche del celular de Diana es morado. Las esquinas están magulladas. Con ese teléfono golpeó una y otra vez la puerta que tenía encima. Fue su manera de comunicarse con los rescatistas, de avisarles que seguía con vida.

En medio de las labores para sacarla, Diana empezó a ayudar a remover los escombros. Mientras echaba fragmentos en un balde y en un gorro de Navidad, perdió de vista el aparato. Después volvió a encontrarlo y se lo entregó a un bombero para que se lo llevara a sus papás. Era otra señal de que seguía viva.

Es miércoles por la mañana. Diana se encuentra en un parque de la unidad residencial donde ahora reside. Tres meses después del terremoto, camina despacio debido a las cirugías. El saco azul que le cubre los brazos es una recomendación médica: debe evitar el sol por las cicatrices. Ella en todo caso luce radiante. Se ríe con ganas. Como quien renace, pienso.

Este es el jarrón que sobrevivió al colapso. Diana Troncoso lo pintó en junio de 2024, durante una actividad en el restaurante El Pincelazzo. Más de dos años después, una amiga lo encontró intacto entre los escombros de su apartamento.
Este es el jarrón que sobrevivió al colapso. Diana Troncoso lo pintó en junio de 2024, durante una actividad en el restaurante El Pincelazzo. Más de dos años después, una amiga lo encontró intacto entre los escombros de su apartamento. | Foto: Suministrada por Diana Troncoso

¿Cómo fue esa mañana del terremoto?

Era una mañana como cualquier otra de mis vacaciones. Me levanté a despachar a mis papás, que se iban para una cita médica junto con mis abuelos, y todo transcurría normalmente. Les dije “Chao, mami; Chao, papi; chao, abuelos”. Cerré la puerta con llave y me vine para mi cama a hacer pereza mientras llegaba la hora de arreglarme para ir al gimnasio. Me acosté, escuché la alarma del temblor y me levanté. Me hice en el marco de la puerta porque empezó a moverse muy fuerte. Después, al piso.

¿Cómo vivió el colapso del apartamento?

Yo recuerdo la caída, porque empezó a caerse todo lo que teníamos: las porcelanas, los cuadros. Vi a mi gato corriendo, desesperado, buscando dónde esconderse. Luego fue reconocer que estaba viva. Lo que vi mientras caía era como en esas películas en las que todo pasa en cámara lenta. Veía escombros, varillas, pero lo siguiente a la caída fue pensar: “Estoy viva”.

Y después de reconocer que estaba viva, me pregunté: “¿cómo está mi cuerpo?” Gracias a Dios no tenía fracturas ni ninguna varilla me estaba perforando.

Pasó 30 horas bajo los escombros. ¿Cómo fueron esas horas?

Hay dos momentos que tengo presentes: uno, las primeras horas, antes de que me escucharan los rescatistas. No sé si me desmayé o perdí la conciencia, pero estuve relativamente tranquila. Cuando caí e hice todo el proceso de reconocer cómo estaba mi cuerpo, lo siguiente fue pensar: “Esto pasó en todo Cali. No sé si me vayan a poder rescatar”.

Para mi mente, todos en Cali estábamos en la misma situación, se habían caído los edificios. Pero empecé a escuchar que estaban ayudando. Dije: “¡Ay, una esperanza!”. Y afortunadamente, yo creo que son obras de Dios, caí con el celular. Durante un tiempo tuve luz, con la linterna.

El siguiente momento fue cuando empecé a golpear la puerta del baño que estaba encima con el celular para pedir ayuda. Ahí sí entró más el desespero, decir: “¡Vengan, sáquenme, por favor!”.

Cuando quedó atrapada, Diana golpeó con el celular una puerta que tenía encima para avisar que seguía viva. El teléfono terminó descargado, pero gracias a él la encontraron. Aún es su teléfono en el día a día.
Cuando quedó atrapada, Diana golpeó con el celular una puerta que tenía encima para avisar que seguía viva. El teléfono terminó descargado, pero gracias a él la encontraron. Aún es su teléfono en el día a día. | Foto: Álvaro Pío - El País

¿Escuchaba a los rescatistas?

Sí, los escuchaba supremamente cerca. Ellos me dicen que estaba a siete metros de profundidad. Entonces, la comunicación fue con el celular. No llamando, sino tocando, golpeando la puerta con el teléfono. Ya estaba descargado. Con la luz de las linternas de los rescatistas nos orientábamos. Si veía esa luz, era porque ya estaban cerca de donde yo estaba.

Pasó una noche bajo los escombros…

Sí. No veía nada. En la noche entiendo que los rescatistas trabajaban para acceder a donde yo estaba y retirar lo que hacía presión en la parte izquierda del cuerpo.

¿Se podía mover?

No, solo podía mover un brazo. La oración fue muy importante para mí. Oré a Dios y a los ángeles. Creo mucho en los ángeles. El altar que tenía en el anterior apartamento es de ángeles. Y digo ‘es’ porque ya lo estamos construyendo otra vez. Tengo muchos rosarios que me han regalado.

Pero también fue un momento fuerte porque, cuando cayó el apartamento, empecé a escuchar a alguien que agonizaba. Esa persona sí dijo: “Perdón, Dios”. Entonces, no sé si de pronto tenía culpa o miedo. Después dejé de escucharla. Tener eso en la mente y pensar “me va a pasar lo mismo”… Pero me decía: “No, Dios, hay esperanza”. Parte de mi calma era saber que mis papás y mis abuelos no estaban en mi situación. ¿Por qué lo sentía? No lo sé. Pero esa fue mi fortaleza. Para mí era decirme: “Ellos están vivos, Diana. Aguante, que usted puede”.

Tres meses después del terremoto, Diana Troncoso camina despacio mientras se recupera de las lesiones y las cirugías que le dejó el colapso del edificio. La terapia física hace parte de su proceso para recuperar la independencia.
Tres meses después del terremoto, Diana Troncoso camina despacio mientras se recupera de las lesiones y las cirugías que le dejó el colapso del edificio. La terapia física hace parte de su proceso para recuperar la independencia. | Foto: Álvaro Pío

¿Cómo se hidrataba? ¿Cómo le daban agua los rescatistas?

En mis primeras horas de calma tuve tres deseos. Yo me decía: “Una vez salga de aquí, quiero tomarme un vaso con agua bien fría; quiero una limonada de vino y una limonada de Sandwich Cubano”.

Cuando ya pude ver a los rescatistas, les dije: “Denme agua, por favor”. Estaba seca. Hasta ese punto no reconocía lo deshidratada que estaba, pero cuando vi a los rescatistas, fue como si el cuerpo dijera: “Hay una esperanza, retomo esas necesidades de hidratarme”.

Ellos empezaron a darme agua, aunque hubo un punto en el que me dijeron que no me podían dar más. Yo les decía: “Denme un juguito, o estas bebidas como Pedialyte, Electrolit, un suero, lo que sea, pero no me dejen sin algo de tomar”. Y me empezaron a hidratar también con eso.

Al principio me pasaron la bebida con un alambre dulce: me amarraron la botella al alambre y me la hicieron llegar. Como solo podía mover un brazo, para poder tomarla me tocaba doblar la botella. Fue todo un proceso, pero yo era feliz con mi agua. Las siguientes botellas, como estaban más cerca, me las pasaban metiendo toda la mano.

¿Recuerda el primer contacto con un rescatista?

Sí, fue una maravilla. Porque, como digo, ya entra el desespero. Ellos me decían: “No hable, no se desgaste. Déjenos que ya la ubicamos, vamos a llegar donde estás y no te vamos a dejar”. Yo hacía todo lo contrario. “¿Qué están haciendo? ¿Usted cómo se llama?”, preguntaba. Necesitaba ese contacto.

Yo era como si fuera la jefe de ellos: “¿Qué va a hacer? ¿Cómo lo va a hacer? ¿Con qué lo va a hacer? ¿Por qué se va a ir? ¿Cuándo llega el otro?”. Ellos me decían que estuviera tranquila y yo les respondía que no, que me dijeran. Me calmaba cinco minutos y otra vez arrancaba a preguntar.

¿Y ya fue a Sandwich Cubano?

Sí, apenas salí de la clínica, fue lo primero que hice. Era el antojo.

Diana Troncoso sobrevivió al terremoto tras haber estado atrapada más de 30 horas entre los escombros de las Torres de Limonar en el barrio Ciudad Capri.
Diana Troncoso sobrevivió al terremoto tras haber estado atrapada más de 30 horas entre los escombros de las Torres de Limonar en el barrio Ciudad Capri. | Foto: Alcaldía de Cali

¿Cuál fue su diagnóstico al llegar a la Clínica Valle del Lili?

Tuve primero algo que se llama rabdomiólisis, que afecta los riñones. Eso hizo que estuviera un tiempo en la UCI. Cuando se controló, pasé a hospitalización por las heridas. Me hicieron una escarectomía, tuve cuatro cirugías y la última fue un colgajo. Después, ya en la casa, vinieron las curaciones, la terapia física y el componente psicológico.

Esta entrevista se aplazó por una cirugía que implicaba no sentarse un mes. ¿Qué pasó?

Fue la última cirugía, la del colgajo. Lo tenía en el glúteo derecho. Fue la herida más profunda y la que menos sentí cuando estuve en los escombros. La cirugía era compleja porque existía la posibilidad de que funcionara o no. Los cuidados implicaban, entre otras cosas, no sentarme durante un mes. Debía estar acostada o descansar de lado. Tenía una herida en el muslo izquierdo y la del glúteo, así que debía cuidar las dos. Después de ese mes, podía estar sentada máximo 40 minutos sobre superficies blandas. Por eso mantenía una almohadita.

¿Cómo está hoy?

Empiezo a buscar mi independencia. Bañarme, vestirme y, poco a poco, he ido retomando la vida que tenía antes. Caminar me encanta, pero me canso y se me hincha el pie, entonces toca descansar. La terapia física es lo que me dijeron que más se requiere porque tuve afectaciones en dos nervios, uno en la mano izquierda y otro en la pierna derecha. También está el componente psicológico, para trabajar cada uno de los duelos que se vivieron y lograr que esto no sea una marca en la vida.

Actualmente, Diana Troncoso vive  con sus padres en un apartamento que les prestó una amiga. Espera que en diciembre puedan trasladarse a su nuevo hogar, un regalo que recibió después de perder su vivienda en el terremoto.
Actualmente, Diana Troncoso vive con sus padres en un apartamento que les prestó una amiga. Espera que en diciembre puedan trasladarse a su nuevo hogar, un regalo que recibió después de perder su vivienda en el terremoto. | Foto: Álvaro Pío

¿Cómo va ese proceso?

Tuve acompañamiento desde el principio. En la clínica, la parte de psicología estuvo muy pendiente. Sabíamos que, una vez saliera de hospitalización, iba a haber otros detonantes. Me lo dejaron muy claro desde el principio: “Acá te acompañamos para que no vayas a tener un estrés postraumático, y afuera te vas a enfrentar a otras cosas”.

¿Por ejemplo?

Vivo en un apartamento y yo vivía en uno. Había dicho que no quería volver a vivir en un apartamento. Ahora miro para dónde vamos y pregunto: “¿Ah, un edificio? ¿Y vamos para el sexto piso? ¿Cuántos más hay arriba?”. Hago como el cálculo. Si hay doce, digo: “No, yo por allá no voy” (risas).

Pero poco a poco voy retomando esa normalidad. Dormir, por ejemplo. Al principio mi cuerpo estaba tranquilo en ese lugar, en la hospitalización. Y ya salir, verme que no puedo salir corriendo, que dependo de un caminador o de mis padres para que me puedan levantar o acompañar por si llega a pasar algo. O la oscuridad: un día se fue la luz acá e inmediatamente volví a ese lugar bajo los escombros.

¿Y las réplicas?

No he sentido ninguna. No sé cómo vaya a reaccionar cuando vuelva a sentir un temblor.

Diana Troncoso permaneció más de 30 horas atrapada tras el colapso del edificio en Torres de Limonar, en Cali, y fue localizada durante las labores de rescate.
Diana Troncoso permaneció más de 30 horas atrapada tras el colapso del edificio en Torres de Limonar, en Cali, y fue localizada durante las labores de rescate. | Foto: Montaje El País

Hablemos de Torres del Limonar. ¿Cuánto tiempo vivió allí?

Ocho años. Mi apartamento quedaba en el segundo piso. Vivir allí era una delicia. Era un lugar calmado, los vecinos eran muy amables. Tenía mi sitio seguro en el apartamento. Era poder hacer una rutina: salir a trabajar, ir al gimnasio y llegar a la casa a descansar, estar en calma.

Tener ese espacio para mí y para mis padres. Era un apartamento grande. Esa era la ventaja de lo antiguo, porque el edificio era bastante antiguo. Tenía 124 metros. Recuerdo a los señores del consejo, a los niños que me encontraba cuando salía a trabajar y que me saludaban. Eran muy tiernos.

¿Qué extraña de la vida cotidiana en Capri?

Mi rutina era levantarme, bañarme, salir a trabajar, ir al gimnasio por la tarde y regresar a la casa. Del barrio extraño tener todo tan cerca: la iglesia, los centros comerciales, restaurantes y lugares para pasar rico. Tenía muchas cosas que me permitían estar en el barrio y disfrutarlo.

¿Qué pasó con su gato? Vi que en redes lo siguen buscando…

No ha aparecido. Lo han ido a buscar a los centros de acogida de los animalitos. Está encargado con los vecinos del barrio, hemos publicado fotos. Se llama Juan. Llevaba con él trece años. Dios quiera que esté en alguna casa cercana. Ya está viejito. Le faltaba un colmillo y es muy mimado.

Juan, el gato que todavía esperan en la casa de los Troncoso. Llevaba 13 años con Diana y no ha aparecido desde el terremoto. Sus familiares y vecinos continúan buscándolo en los alrededores de Torres del Limonar.
Juan, el gato que todavía esperan en la casa de los Troncoso. Llevaba 13 años con Diana y no ha aparecido desde el terremoto. Sus familiares y vecinos continúan buscándolo en los alrededores de Torres del Limonar. | Foto: Suministrada Diana Troncoso

Siempre se dice que lo importante es la vida y que lo material se recupera, pero duele perderlo. ¿Cómo se procesa ese duelo por las cosas?

Lo material no se recupera, porque no va a ser lo mismo de antes. Parte del proceso del duelo es reconocer que duele perder lo que se tenía. Que algo sea material no quiere decir que no tenga importancia. Yo tenía una manta, por ejemplo, con la que duré 31 años porque la tenía desde niña. ¿Cómo la voy a recuperar? Ninguna cobija que compre va a significar lo mismo. Entonces es empezar a identificar cada objeto que se tenía, agradecer por el tiempo que estuvieron en mi vida e irlos soltando, para no apegarme a ese dolor, sino reconocer la importancia que tuvieron y construir algo nuevo.

¿Cómo ha sido tener un nuevo lugar al que llamar hogar, tres meses después del terremoto?

En este momento estoy con mis padres en un apartamento que nos prestaron. Realmente ha sido una bendición. Es muy lindo y tiene una vista espectacular. Es esa conexión con el día a día y con el agradecimiento por estar viva. Lo primero que veo al despertar es un cielo azul maravilloso. Ha sido muy gratificante estar acá y tener un lugar para estar en familia. El apartamento me lo prestó mi mejor amiga.

¿Cuál es el plan a futuro?

Gracias a Dios, tenemos el regalo que nos dieron la Alcaldía, el Presidente y la constructora Marval: un apartamento. Lo estamos remodelando, haciéndole estuco, pintura y todo lo que le falta para podernos pasar allá. Y seguir buscando la manera de conservar las condiciones que teníamos. Espero que en diciembre podamos estar en nuestro nuevo hogar.

Cuando uno cambia de casa hay mucha ilusión, pero también nostalgia por lo que deja. En su caso, ¿cómo se procesa ese duelo?

Lo que más nos duele son las historias que vivimos en Torres del Limonar, los recuerdos que quedan y que de un día para otro se perdieron. Llegar a un nuevo lugar es empezar de cero, pero también estamos los tres: mis papás y yo. Gracias a Dios seguimos juntos y eso es lo que más nos importa. Llegar a un nuevo lugar significa generar nuevos recuerdos, hacer una nueva vida.

La sonrisa de Diana es también una símbolo de su renacimiento. Tres meses después de sobrevivir 30 horas bajo los escombros, avanza en su recuperación y mira hacia el futuro con nuevos sueños.
La sonrisa de Diana es también una símbolo de su renacimiento. Tres meses después de sobrevivir 30 horas bajo los escombros, avanza en su recuperación y mira hacia el futuro con nuevos sueños. | Foto: Álvaro Pío - El País

A nivel laboral, ¿cómo está? Usted trabaja en Comfandi...

Soy bioingeniera y tengo un cargo que se llama referente de tecnovigilancia. Soy la oficial de protección radiológica. Comfandi ha estado muy pendiente. El acompañamiento ha sido increíble. Parte de él ha sido decirme: “Tranquila, haga su recuperación, no venga acá corriendo ni a medias. Acá la necesitamos completa. Primero su salud”. Sigo incapacitada e informo sobre mi evolución.

Justo antes del terremoto había participado en una formación para ser vocera y estar frente a las cámaras, y la vida la llevó a ellas de una forma radical...

Este año dije: “Quiero aprender a hacer cosas nuevas”. Y una era ser influenciadora corporativa. Me pareció muy bonito, primero, que en la capacitación en Comfandi me enseñaran que tengo voz y que eso tiene valor; y, segundo, aprender cómo poder usar esa voz para compartir cosas buenas. Eso fue un valor agregado a mi propósito inicial, que era superar esos miedos a estar frente a una cámara. Nos decían: sean auténticos. Y eso me gustó. Y claro, llegaron las cámaras de otra forma. Entre el diploma y el terremoto pasó poco tiempo, pero me ha servido. Hacer estos procesos ha sido una terapia.

Y es una forma de mandarle a Cali un mensaje en este renacer…

La voz de ese renacer somos, en parte, los que estuvimos bajo los escombros. Sin embargo, todos fuimos afectados de alguna manera por el terremoto. Este es un dolor colectivo y lo que queda es seguir juntos, apoyándonos en un proceso de ayuda continua, no solo la inicial, y seguir riendo y compartiendo. Que no se pierda esa alegría que tiene Cali y ese carisma que la hace tan única ante el mundo.

¿La Diana de antes del terremoto es la misma de hoy?

No, se cambia obligado. Porque es tener una nueva oportunidad y volverla a vivir como antes, pues no. ¿Qué tiene la nueva Diana?: menos miedos, más sueños y ganas de cumplirlos, ponerles fecha. Quiero viajar más, quiero seguir apoyando los sueños de los demás, ayudar a transformar esas vidas, así como lo hicieron conmigo. Quiero estar más para las personas, es más el bien que hay en Cali. De las cosas que más nos llevamos es que sobró comida, sobró ropa, sobró agua. En un instante lo perdimos todo, pero la ciudad ganó mucho.

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