Cali
Los ‘Spiderman’ del HUV: la historia del equipo de rescate vertical de la Cruz Roja que salvó vidas entre los escombros
Tras el terremoto del 10 de agosto, el equipo de rescate vertical de la Cruz Roja entró al Hospital Universitario del Valle. Rescataron a una mujer atrapada con su bebé y a una auxiliar de enfermería que llevaba horas bajo los escombros. Crónica de hombres que se prepararon para salvar vidas en las alturas y terminaron en uno de los escenarios más peligrosos del sismo.
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18 de oct de 2026, 11:32 a. m.
Actualizado el 18 de oct de 2026, 11:32 a. m.
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—El edificio de al frente se está cayendo —le dijo su esposa por teléfono.
Cuando ocurrió el terremoto de magnitud 7,4, Fernando Rojas estaba a punto de ingresar a la planta de Propal. Además de voluntario de la Cruz Roja y líder del equipo de rescate vertical, es coordinador de operaciones de trabajo en alturas de una empresa caleña.
Cuando la tierra dejó de temblar, a eso de las 7:36 de la mañana del pasado 10 de agosto, llamó a su jefe. Le dijo que iba a verificar que su familia estuviera bien y a cerciorarse de lo que le decía su esposa: el hotel frente a su casa, en el barrio Eucarístico, se estaba cayendo.
—Ella estaba muy asustada. Por fortuna, solo era mampostería desprendida.
Cuando Fernando supo que su familia había salido ilesa del sismo, se dirigió a la sede de la Cruz Roja, en el barrio San Fernando. Vio paredes en el suelo, gente que corría. Entonces escuchó una orden de sus superiores, dada con urgencia.
—Vaya al Hospital Universitario del Valle; Hay gente atrapada.
Fernando corrió hacia el HUV, ubicado justo frente a la Cruz Roja. Todavía no llevaba consigo el equipo para realizar rescates en alturas.
—No sabía con qué me iba a encontrar: un edificio colapsado.

***
Semanas después del terremoto, el equipo de rescate vertical de la Cruz Roja está reunido en la sede. Como son voluntarios —la mayoría se dedica al trabajo en alturas en diferentes empresas—, solo pueden encontrarse los sábados y los domingos.
Todos llevan puesto el tradicional overol azul mientras posan para el fotógrafo. Él les pide que pongan las manos de la misma manera y se ríen.
—No podemos, mire las manos de Fernando.
Fernando, su líder, se carcajea. Le falta parte de los dedos índice y pulgar de la mano derecha. Sucedió en 1992, cuando era un niño y jugaba con pólvora. Un volador. Le sacó el tronante y lo introdujo en un año viejo. Como no estalló, fue a buscarlo. Lo encontró y trató de prenderlo. Aún estaba caliente y una chispa hizo que explotara. Fernando alcanzó a soltarlo. De lo contrario, pudo haber perdido la mano.
La falta de parte de sus dedos, sin embargo, no le impide subir y bajar por cuerdas con rapidez. Lleva años trabajando en alturas. Entre semana enseña a otros a trabajar con cuerdas, descender, ascender y enfrentarse a situaciones de riesgo.

Desde 2014, se entrenó junto a sus compañeros de la Cruz Roja para responder a emergencias que casi nunca ocurrieron.
El día del sismo fue él quien bajó en un arnés a Margarita, una madre que había quedado atrapada en uno de los pisos colapsados del HUV. El video del rescate se hizo viral.
—Parecía Spiderman en las alturas —le digo.
Fernando vuelve a sonreír, modesto.
***
El jueves 17 de septiembre de 2015 en Cali entró en operación el MÍO Cable. Para que ese sistema aerosuspendido, como lo llaman los técnicos, comenzara a transportar en cabinas azules a los habitantes de Siloé y del resto de la ladera, se necesitaba un equipo de rescatistas en alturas.
Entonces, un año antes, Fernando y sus compañeros voluntarios de la Cruz Roja comenzaron a entrenarse.
Desde su inauguración, el MÍO Cable ha realizado 20 millones de viajes y, hasta el momento, no ha ocurrido ninguna emergencia grave. Quizá algún apagón que deja suspendidas las cabinas por un momento, pero nada más.
—Cuando se trabaja en alturas se toman tantas medidas de seguridad que, por lo regular, no pasa nada. Pero cuando pasa, hay que estar preparados —dice Carlos Alberto López, quien completa 35 años en la Cruz Roja, los últimos en la escuadra de rescate vertical.

Desde la creación del grupo, hace 12 años, casi nunca habían enfrentado emergencias de gravedad. Alguna vez, recuerda Jhon Henry Sebastián Castillo, quien lleva 22 años en la Cruz Roja, tuvo que rescatar a una persona que se había subido a una torre de energía en Cristo Rey, al parecer bajo los efectos de sustancias alucinógenas. Ya en la cima tal vez el efecto se pasó y no pudo volver a bajar.
—Fue mi primer rescate en alturas —dice Jhon Henry.
Hasta que llegó el 10 de agosto de 2026, el día del terremoto.
***
Cuando Fernando llegó al HUV, vio, en la parte posterior del hospital, una estructura colapsada. Alguien le dijo que eran tres pisos de la Unidad de Cuidados Intensivos. En uno estaban los recién nacidos; en otro, pacientes coronarios.
—Había personal de la brigada de emergencias del HUV, Bomberos y Defensa Civil. Estaban tratando de ubicar el punto exacto de una persona que habían encontrado bajo los escombros.
Entonces Fernando escuchó a Margarita. Estaba atrapada con su bebé. Le habían caído escombros sobre los tobillos y se encontraba en un espacio reducido, un triángulo de la vida, como llaman los rescatistas a los huecos que pueden quedar cuando una losa cae sobre otra y permite que una persona sobreviva.

La cuna del bebé, que estaba hospitalizado, había ayudado a sostener la losa desplomada.
—Nos dijo que alcanzaba a mirar una luz que entraba a su lado izquierdo. “Por ahí puedo salir”.
En ese momento llegaron las cuerdas para el rescate vertical. Fernando y sus compañeros comenzaron a ascender hasta una ventana para retirar las placas y los escombros que impedían que Margarita llegara hasta el borde.
—Nosotros sacábamos escombros desde arriba y ella hacía lo mismo desde abajo.
Por un boquete lograron recibirle al bebé, sano y salvo. Un bombero se encargó de entregarlo a los médicos del HUV mientras el rescate de su madre continuaba.
El siguiente paso fue cortar parte de la cuna donde había estado el niño para abrirle a Margarita un espacio más amplio. Suspendido junto a la ventana, Fernando logró retirar los escombros suficientes para engancharla al arnés de rescate. Luego la conectó a su dispositivo de descenso y comenzó a bajar con ella desde la estructura desplomada del hospital.
—Jamás había hecho un rescate en una estructura colapsada.

No sería el último. Cuando Margarita estuvo a salvo, Fernando y el equipo de rescate vertical de la Cruz Roja continuaron buscando sobrevivientes entre los escombros. Entonces una llamada desde un celular los alertó.
***
Al momento del temblor, la auxiliar de enfermería Karen Tamayo se encontraba en el sexto piso del HUV, donde el techo se desplomó. Logró llamar a un compañero con su celular y le avisó que estaba atrapada entre enormes losas de concreto.
Cuando el equipo de rescate vertical de la Cruz Roja se enteró, ascendió con cuerdas. A las 12:30 del día, el rescatista Jhon Henry Castillo comenzó a remover trozos de pared. Un poco más tarde, Daniela Fresquetes y Fernando lo relevaron.
Aunque nadie quiere detenerse cuando intenta salvar una vida, el cansancio de los rescatistas puede jugar en contra durante las maniobras.
A las 3:00 de la tarde, Fernando y Daniela todavía removían el concreto colapsado para llegar hasta Karen. Sudaban. Entonces llegó una grúa de Emcali con una canastilla para dos personas. Fernando se subió junto a otro compañero. Un técnico de Emcali alistó un aparato capaz de romper la losa con aire comprimido, como un martillo.
Había un riesgo: la vibración podía hacer que la losa, ya inclinada, cediera y cayera sobre Karen. Ella gritó. Le caían tierra y polvillo encima. La losa se estaba moviendo.

Con la máquina comenzaron a hacer un boquete, poco a poco, con la precisión de unos cirujanos que entran en un órgano. La idea era sacarla por ese orificio. Karen es delgada. Le dolía mucho un brazo. Mientras continuaba la maniobra, los rescatistas le pidieron que se cubriera el rostro.
Después de varias horas, Karen logró sujetarse de Fernando. Él la sostuvo por el tronco y la ayudó a salir. La sacaron sentada de entre los escombros. Pero el edificio seguía siendo peligroso.
El martillo hacía vibrar la estructura y también había riesgo de réplicas tras el terremoto. Sin embargo, el equipo continuó entrando y saliendo en busca de sobrevivientes. No encontraron a nadie más con vida.
Recuperaron, con la ayuda de otro grupo de rescate, el cuerpo de un campesino de Tuluá, un hombre de la tercera edad que murió en su camilla cuando la losa del piso superior cayó sobre él. Lo identificaron por el brazalete que llevaba.
—Hicimos todo lo posible para buscar más sobrevivientes. Hacíamos llamados para que respondieran y llevamos los caninos, pero no marcaron. Al otro día se llevó el dron del Ejército, que ubicaba puntos calientes, pero resultaron ser falsos: correspondían a equipos médicos que seguían funcionando, bombas de infusión, no personas.

Para Fernando, el miedo nunca desaparece. En el entrenamiento de los rescatistas hay una regla que puede sonar extraña para quien la escucha por primera vez.
—Primero yo, segundo yo y tercero yo.
Fernando explica que no se trata de egoísmo. Si un rescatista resulta herido, se convierte en otra persona que necesita ser rescatada.
—Es tanta la adrenalina y las ganas de ayudar, que ese sentimiento es más poderoso que el miedo. También ayuda a controlarlo las medidas de seguridad que tomamos. Porque ser rescatista no es entregar la vida por otra vida. Ser rescatista es recibir la preparación suficiente para salvar y volver sano y salvo; agotado, sí, pero volver a compartir en familia. Si morimos, aumentamos la tragedia.

Entonces les pregunto qué se siente cuando consiguen sacar a alguien con vida. Fernando y el resto del equipo se miran con cierta complicidad.
—Es la graduación de un rescatista. Es cuando probamos para qué trabajamos, para qué entrenamos. Es la felicidad extrema.
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