El paso fugaz del poeta Jorge Luis Borges por Cali

El paso fugaz del poeta Jorge Luis Borges por Cali

Junio 28, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Medardo Arias Satizábal | Especial para Gaceta

El poeta almorzó en el viejo Club Colombia de Cali y fue sacado a pasear por Pardo Llada y Rubén Grinberg en el carro en que este médico forense trasladaba orates de San Isidro a su consultorio.

Cali era una ciudad más pequeña, pero más culta”, recuerda ahora Manolo Lago, cuando rememora cómo a inicios de los años 60 había pasado ya por el Teatro Municipal el poeta Pablo Neruda, quien leyó parte de sus ‘Veinte poemas de amor’, mientras el público, anclado en sus sillas, los completaba en coro. “Puedo escribir los versos más tristes esta noche…”, empezaba el poeta, y los caleños continuaban, “escribir por ejemplo la noche está estrellada/ y tiritan azules los astros a los lejos…”Esa circunstancia de amor masivo por la poesía, hizo que el periodista Alfonso Bonilla Aragón y el entonces rector de la Universidad del valle, Manuel Carvajal, promovieran la visita a Cali de Jorge Luis Borges, quien pudo llegar hasta aquí en mayo de 1964. Fue así como el poeta atravesó la puerta del Hotel Alférez Real, custodiada por dos faroles españoles, para pasar aquí una de las temporadas más inolvidables, tal vez no de su vida, pero sí de aquellos que tuvieron la fortuna de acompañarlo. En una y otra ocasión alabó el rumor del río como un arrullo en las noches, y le confesó a los académicos vallecaucanos que le gustaba mucho el pasaje de la cacería del tigre en la novela ‘María’. También agregaría que su protagonista le parecía “un personaje ‘vegetal’, de una literatura que no se encontraba en ninguna otra parte del mundo, por su exaltación de la naturaleza, lo maravilloso del paso del río Dagua…”“Bonar”, como era conocido el maestro de periodistas, excelso cronista, no había viajado aún en misión diplomática a la Argentina aunque Manolo Lago recuerda que tenía ya la intención de ir al Sur, por lo que Borges le dijo: “Como dice Don Segundo Sombra, irse de la Patria es sangrar un poco…”Armando Barona Mesa, por su parte, entonces un joven y prestigioso abogado, dice que fue hasta el hotel para conocer a Borges, y lo encontró en un sillón del “hall”, con la mano apoyada en un bastón, mientras esperaba a José Pardo Llada. “Recuerdo que Pardo lo llamó Maestro al momento del encuentro, y él le dijo, ¿por qué me llamas Maestro? Momentos después salieron en un taxi. Pardo quería oficiar de Cicerone, llevándolo por la ciudad, por los lugares emblemáticos, como si no supiera que el poeta ya no podía verla…” Habría que aclarar entonces que la ceguera de Borges fue paulatina. Al menos eso dice Barona quien está casi seguro de que cuando vino a Cali, todavía tenía algo de visión en su ojo izquierdo. “Él podía apreciar el color rojo y el amarillo”. Al respecto, Manolo Lago acota: “En el almuerzo nos dijo que una de las ventajas de ser ciego era que el conocimiento de las ciudades se circunscribía a la conversación; pues no podían decirle mire este monumento, observe este convento…”Pardo continuó visitando a Borges por cinco días, sólo que lo hizo ya con la complicidad del médico argentino Rubén Grinberg, quien cortésmente ofreció su camioneta para esos paseos por Cali. En una de estas salidas, el compatriota le reveló a Borges que en ese mismo vehículo transportaba a los orates desde San Isidro a su consultorio, lo cual hizo decir al autor del ‘Oro de los tigres’: “Cuando diga en Buenos Aires que fui transportado en un carro de locos en Colombia, no me lo van a creer”.Borges fue invitado a un almuerzo en el viejo Club Colombia de Cali, uno de los hitos arquitectónicos de la ciudad, por el cual aún hacen duelo los urbanistas. Ahí le sirvieron un ajiaco, y con el sentido del humor que siempre le acompañaba, expresó: “Parece que esta sopa no se va acabar nunca… tomo y tomo y no llega a su fin…”Lago confiesa que entonces, a inicios de los 60, pocas personas en Cali conocían de verdad la poesía de Borges, por lo que Bonilla Aragón, tres meses antes de su visita, le sugirió la lectura de algunos de sus libros. Tanta fue su preocupación que, días previos al arribo del maestro, Bonar le tomó la lección para verificar que, en efecto, lo hubiese leído. Es que no se trataba de una visita cualquiera.Ni Borges era un ciudadano cualquiera. “Él llegó acompañado por Blanquita, su compañera de entonces, una señora muy distinguida. Ambos entraron al Municipal, donde el Consulado Argentino había preparado el acto; el cónsul de entonces en Cali, muy peronista, quiso presentarlo como “un servidor del gran Estado Argentino”, lo cual le cayó pesado a Borges. Recuerdo que se paró y expresó que él nada tenía que ver con el régimen, que él sólo era un porteño…” No hay que olvidar que el poeta fue una víctima directa de Juan Domingo Perón, quien lo destituyó de la Biblioteca y lo mandó a dirigir una plaza de mercado, cargo con el cual quiso insultarlo.A Pardo, Borges le expresó, después de la expedición por la ciudad, que Cali le parecía “una ciudad muy macanuda”, así lo consignó el periodista en su columna “Mirador”. Lago recuerda también que el lleno en el Municipal fue total, y que Borges ponderó la obra de Joseph Conrad, uno de sus autores favoritos, al tiempo que leyó una estrofa de Luis de Góngora, de la fábula de Polifemo y Galatea, y la explicó.En el teatro se presentó un momento dramático, pues algunos estudiantes empezaron a gritar consignas. Él, sin inmutarse, dijo: “Si están gritando, quiere decir que son jóvenes…”Al acto del Municipal concurrieron, entre otros, Lino Gil Jaramillo, el poeta Octavio Gamboa, Álvaro y Rodrigo Escobar Navia.Borges se despidió de la ciudad, rumbo a Cambridge, Massachusetts, donde debía dictar un semestre en Harvard, cátedra de Inglés Antiguo. En esta zona de Estados Unidos, conocida como Nueva Inglaterra, como el Sur Profundo, el inglés isabelino dejó su impronta mayor en la obra de William Faulkner. Algunos giros de Mark Twain pertenecen también a esa fase clásica. Del estudio de poetas como Fitzgerald, Shelley y Swinburne, Borges conoció las raíces. Había tomado también las raíces del ‘Cockney’, una vieja jerga en lengua inglesa, muy extendida en los puertos y entre el populacho. Más tarde, la Universidad de Yale, en New Haven, Connecticut, lo contrataría también. Sus conferencias magistrales ahí fueron editadas y están hoy en las librerías de manera cronológica.“A Bonilla Aragón y a mí, nos confesó que muchas veces había querido vivir en Estados Unidos, en Europa, pero lo que realmente amaba, lo que sintetizaba todos sus afectos, era su tierra”, concluye Manolo Lago, quien lo acompañó al aeropuerto. En ese momento, ‘Bonar’ le hizo la foto que acompaña esta crónica, detrás de la cual el luego Ministro Consejero de la Embajada de Colombia en Buenos Aires, le escribió un poema de Borges, para que nunca lo olvidara: “Gira en el hueco la amarilla rueda de caballos y leones, y oigo el eco de esos tangos de Arolas y de Greco...”.

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