Conozca el médico que dedica su vida a desintoxicar a Cali

Escuchar este artículo

Conozca el médico que dedica su vida a desintoxicar a Cali

Mayo 31, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Olga Lucía Criollo / Reportera El País
Conozca el médico que dedica su vida a desintoxicar a Cali

El médico Jorge Quiñones, una autoridad en materia de toxicología en Colombia, es un ‘ángel’ de los indígenas que llegan a Cali.

Aunque jubilado, el médico Jorge Quiñones no deja morir la Línea Toxicológica. Además, saca tiempo para resolver conflictos como juez de paz y cuidar a los indígenas.

Para el médico Jorge Quiñones el juramento hipocrático no es una obligación sino una devoción. 

Solo así se entiende que su teléfono haya recibido más de 50.000 pedidos de auxilio, con la seguridad de que él siempre lo contestara y que, con voz reposada y conocedora, impartirá instrucciones que salvarán vidas.

No importa que sea la noche de un domingo, el 31 de diciembre o que esté pescando en La Barra, en el Pacífico, con su familia, este egresado de la Escuela de Medicina de la Universidad del Valle siempre lleva ‘a cuestas’ la Línea Toxicológica, un  proyecto que nació hace 23 años en Cali para ofrecer  apoyo inmediato durante las 24 horas del día  a las personas que sufrieran  cualquier tipo de envenenamiento.

Siendo modelo a nivel nacional, la iniciativa surgió en 1993 en la Universidad del Valle y funcionó en el área de Urgencias del Hospital Universitario del  Valle, HUV, pero hacia 2005 fue víctima de diferencias entre estas entidades y la Secretaría de Salud y se tomó la decisión  de clausurarla.

Pero ahora, sentado en una cafetería del sur de la ciudad y convaleciente del chicunguña que azota a los caleños, el médico Quiñones prefiere contar que, pese a que no fue su idea, el compromiso que desarrolló con el proyecto y la demanda que sigue teniendo, incluso en otras regiones del país, lo ha alentado a asumir durante estos cinco años  la Línea a título personal.

Trabajo ad honorem que, de paso, sirve para que Colombia tenga un observatorio epidemiológico de toxicología, ya que cualquier papel se convierte en ‘base de datos’ para anotar todos los detalles de los casos que le son consultados tanto en Cali como desde otras ciudades.

Es por ello que, pese a haberse jubilado hace algunos años, muchos de sus colegas todavía lo consultan y varias entidades lo buscan para que dicte conferencias y ayude a evitar, por ejemplo, que los adultos sigan recurriendo a la ingesta de medicamentos siquiátricos para buscar el suicidio o que los jóvenes continúen siendo víctimas mortales de la drogadicción.

Atleta consumado Otra de  las facetas desconocidas del toxicólogo Jorge Quiñones es que durante toda su vida ha sido atleta de alto rendimiento.Su último  triunfo lo obtuvo en noviembre de 2014, cuando ganó el Suraméricano en los 50 y 100 kilómetros.Antes, corrió  al lado de Víctor Mora y su buen desempeño le mereció una beca en Brasil.  Pero su  historia con el deporte va más allá. En la década de los 80, de la mano del técnico Gabriel Ochoa Uribe, fue médico de la Selección Colombia y del Ámerica.Este año no ha  podido entrenar, debido a que el Estadio Panamericano está siendo remodelado.

Pero si bien los tres posgrados que estudió, incluido uno de medicina deportiva en Brasil, lo han convertido en una autoridad en la materia, el conocimiento científico no es el único aporte que Jorge Quiñones le ha hecho y le sigue haciendo a los habitantes de la capital del Valle.

Corrían los años 90 y el médico trabajaba para Salud Municipal cuando le fue encomendada, junto a una enfermera, la tarea de atender a los indígenas que llegaran a Cali en el marco de los acuerdos de desmovilización con el M-19.

Fue así como, sin pretenderlo, se empezó a construir la historia de la Organización regional Indígena del Valle del cauca, Orivac, ya que la sensibilidad de quien había llegado a Cali desde Armenia siendo un bebé desplazado no resistía que los familiares de los enfermos de esas comunidades que eran hospitalizados en el HUV tuvieran que pasar las noches a la intemperie.

Tras intentar muchos caminos, un día tomaron una decisión intréprida: se ‘tomaron’ una casona que el entonces Ministerio del Gobierno tenía desocupada en el barrio El Lido y lograron que la misma se convirtiera en el territorio indígena por excelencia en Cali, albergando también a los Nasa o los Embera que tenían que venir a adelantar diligencias en la ciudad.

Pero otra vez la iniciativa se  quedó sin respaldo oficial y otra vez el médico se apropió literalmente de una idea que, aunque no era suya, ya le había comprometido el corazón, al punto que tiempo después sumó una niña de esa etnia a sus cuatro hijos naturales.

Desde entonces,  muchas veces el bolsillo de Quiñones fue  el soporte para que hubiera alimentos en la mesa indígena, mientras los animaba a que cocinaran ellos mismos.

Él comenzo a sentirse uno de ellos, como lo evidencia el "nosotros" que pronuncia ya para lamentar la violencia que intimida a esas comunidades, ya para hablar de los logros que han alcanzado o ya para enorgullecerse  de la sabiduría que habita en sus territorios.

En el barrio El Lido  funciona actualmente el hogar de paso para los indígenas que llegan enfermos a Cali.

Lo cierto es que el espacio del Lido se quedó corto, así que se destinó a las actividades administrativas de la Orivac, y los esfuerzos se encaminaron a la búsqueda de un hogar de paso para los enfermos, objetivo que logró cristalizarse dos cuadras más allá, en el mismo barrio, no tan cerca del HUV como hubiera querido el médico, pero sí  del centro de salud de Siloé, donde en ocasiones atiende a  sus “hermanos” enfermos.

Pero allí no terminan las tareas de este  ángel guardián de los indígenas en Cali, ya que cuando han tenido que permanecer en la ciudad en razón de los cargos que ocupan en la Orivac también se ha ocupado de asesorarlos en el trámite de sus documentos de identificación y en el reclamo legal de sus derechos. De resto, prefiere que vivan y se eduquen en medio de la madre tierra que tanto veneran.

Según Quiñones, Jaime Rubiano ha desarrollado una destacada labor al frente del HUV desde el 2003, cuando asumió la dirección.

 

A este toxicólogo por pasión e indígena por decisión nunca le ha gustado la política, pero sí el servicio comunitario.

Por eso, hace trece  años, cuando el Estado creó la figura de los jueces de paz, no dudó en postularse para servir de puente en la  resolución de los conflictos que puedan presentarse entre los habitantes de la Comuna 18, de donde no ha querido salir.

Dice que a lo largo de  los tres periodos que suma en esa misión ya se diluyó el total de quejas que han tocado a la puerta de su casa, donde decidió instalar su oficina, pero que no llega un lunes sin que se le encomiende al menos una nueva misión.

Entonces, con el mismo  empeño con el que está atento a los llamados a la Línea Toxicológica o a las necesidades de los indígenas ‘caleños’ asume igualmente esa tarea al menos tres noches por semana.

Tras escuchar los reclamos del quejoso, explica, procede a citar a la contraparte para que se presente en el lapso de 48 horas, periodo después del cual vuelve a hacerlo hasta que la persona entienda que se trata de un requerimiento que es tan válido como otro mandato judicial.

Su historia en este cargo, por el que no recibe ninguna remuneración, indica que casi siempre las querellas que llegan a sus manos están relacionadas  con el no pago de arriendos, con insultos y con el manejo de las servidumbres y los límites entre las propiedades, dado que buena parte de esa zona de la ciudad todavía no está urbanizada.

También indica que  ha logrado fallar tres casos, dos de los cuales fueron impugnados pero ratificados por la Corte Suprema de Justicia, gracias a la rigurosidad con la que sigue todos los procedimientos que ordena la legislación referente a  los jueces de paz.

Una rigurosidad que pasa por solicitarles a las partes que, en frente suyo, ratifiquen su decisión de otorgarle la competencia y la autoridad   para ponerse al frente del caso y buscarle la mejor solución.

Algo similar es lo que el médico Jorge Quiñones quisiera para la Sucursal del Cielo que ha visto crecer durante casi siete décadas.

“Me aterra imaginarme a  Cali sin Rodrigo (Guerrero). Es mucho lo que la ciudad  ha ganado con él en la Alcaldía y es triste que vaya a quedar al garete y sin autoridad”.

Por eso, desde esa panadería del Sur, donde un Gatodare ha servido para espantar el malestar, levanta sus gruesas cejas y extiende sus largos dedos para señalar  una Calle Quinta adornada por el trancurrir de un padrón azul del MÍO para alabar los avances que la ciudad ha tenido en los últimos años.

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad