Columna de Tim Keppel: "Me volví caleño"

Columna de Tim Keppel: "Me volví caleño"

Junio 28, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Especial para El País

Lea la opinión del escritor, autor de Alerta de Terremoto y Cuestión de Familia y Profesor de Literatura Inglesa en la Universidad del Valle sobre vivir en Cali.

Muchos colombianos quieren vivir en Estados Unidos, ¿por qué tú quieres vivir aquí?” Cuando me preguntan esto, respondo: “Aquí la vida es más tranquila, más amable”. Tal vez por el clima, hay más calor humano. Antes de venir acá, nunca había saludado a un amigo de abrazo o a las mujeres de beso. Al principio, me confundía: no sabía en qué mejilla besarlas o se me iba la mano y daba un torpe beso mojado. Pero ahora tengo práctica/ ¿ya le cogí el tiro?. Tampoco había terminado nunca una carta con las palabras “un abrazo”. Me sentía un poco raro al principio pero ya me acostumbré. Allá nadie dice, “Hola, vecino,” a alguien del barrio o “Hola, amigo” a alguien que no conozca. Pero me gusta la costumbre.Allá siempre sufría durante los meses fríos, esperando el calor. Aquí siento que estoy en vacaciones todo el año. (No se lo digan a mi jefa.) Me fascina el clima de Cali, la exuberancia tropical, la fecundidad. Allá, nunca tuve suerte con las matas; siempre se me morían. Aquí crecen solas, como por arte de magia.Por la tarde me tiro en la hamaca debajo de los plátanos a disfrutar la serenata de los pájaros y las chicharras con su canto que empieza corto corto corto y termina en un largo y frenético grito, mientras una lagartija sube sigilosamente a mi vaso para beber a lengüetazos mi jugo de mora. Escucho el clac, clac del dominó de mis vecinos bonaverenses y el alegre ritmo de “Caderona, caderona”. Huelo el aroma de la cazuela de mariscos, del coco, del limón.Por la mañana, mientras los vecinos llevan a cabo el ritual de barrer sus antejardines y el vendedor grita “Escobas, trapeadores!” troto por la calle y un loro dice, “¡Corre, corre!” Un mango se desploma sobre un carro y activa la alarma hasta que alguien la apaga con un bip-bip. El vigilante aprieta contra su oído un radio transistor que parece de los años sesenta y un reciclador, como un cazador recolector moderno, rescata de la basura una cuchilla y procede a afeitarse. Cuando llegué a Cali, era el típico gringo afanado: me molestaba cuando al mediodía todo cerraba por la siesta. ¡Despierten! quería gritar. ¡Tengo vueltas que hacer! Pero he tenido una transformación, me he aclimatado a un ritmo más suave, más agradable. Me he vuelto Caleño.

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