Por: Diego Arias, especial para El País
Ya se ha vuelto relativamente frecuente la ocurrencia de acciones terroristas de las llamadas disidencias de Farc, en Cali, el Valle y el suroccidente colombiano. Suman un buen número en los últimos tres años, con un saldo importante de destrucción y afectaciones humanas (entre muertos y heridos).
Pero de lo que no existía un antecedente era el de una escalada tan compleja, violenta y sistemática como la que inició con el ataque al cuartel del Batallón Pichincha en Cali, continuó luego con otro similar al Batallón Codazzi en Palmira y ha derivado en una sucesión nunca antes vista de ataques, incluyendo el más trágico de todos, el de Cajibío, en el que murieron veinte personas y quedaron heridas varias decenas.
Lo sucedido demanda toda la solidaridad con las víctimas, las autoridades civiles y la fuerza pública. Pero al mismo tiempo, esta coyuntura requiere de una respuesta inmediata y efectiva que, al menos en el corto plazo, permita retomar el control de la situación y evite la ocurrencia de nuevos hechos.
Lo que han hecho las disidencias es un hecho de fuerza, de gran magnitud, para de alguna forma decir: “Aquí estamos y a la ofensiva… no estamos derrotados”. Es un mensaje en una coyuntura política que decidirá el futuro de la nación, incluyendo el de la guerra y/o la paz.
Pero hay un asunto inquietante: en el contexto de una operación compleja que debió comprometer por parte del grupo armado ilegal numerosos recursos logísticos, operativos, humanos y de tiempo de preparación y alistamiento antes de su ejecución ¿cómo no logró ser detectado previamente por la inteligencia del estado?
Y la otra pregunta es: ¿resulta objetivamente posible retomar y mantener el control e incluso pasar a la ofensiva sobre estos grupos en el suroccidente colombiano? Y aunque no hay una única respuesta digamos sinceramente que no resulta nada fácil dadas las enormes limitaciones (humanas, materiales y operativas) en las que hoy se encuentra la fuerza pública.
Pensemos, para poner tan solo un ejemplo, en el desafío de como retomar el control y la seguridad de una vía tan importante como lo es la Panamericana, siendo que no es posible militarizar, de forma permanente y efectiva, cada uno de sus distintos tramos críticos. Para no hablar de una ofensiva realmente sostenida que debilite las zonas de retaguardia de las tres estructuras responsables de estos hechos y otros eventos: la Jaime Martínez, la Dagoberto Ramos y la Carlos Patiño.
Así que este enorme desafío solo será posible enfrentarlo con un enorme despliegue de solidaridad con las comunidades, el respaldo a las autoridades de gobierno y el fortalecimiento inmediato y suficiente de capacidades, operativas y de inteligencia para las fuerzas militares y de policía. Y en el mediano y largo plazo la sustitución de los cultivos de coca que son el combustible de esta violencia.
Y algo más: este es un momento de unidad regional y nacional, dejando al margen el aprovechamiento político-electoral de esta difícil coyuntura ¡