El terremoto del pasado 10 de agosto dejó una ciudad que todavía intenta levantarse. Las imágenes de edificios afectados, viviendas inhabitables y familias damnificadas han ocupado la atención pública. Pero hay una parte de Cali que no puede quedar relegada en esta emergencia: sus 15 corregimientos y las comunidades que viven en su extensa zona rural.
El recorrido realizado por El País por sectores de La Elvira, La Paz y Golondrinas puso rostro a una realidad que merece toda nuestra atención: familias que perdieron sus viviendas, casas con daños estructurales y personas que, pese a las recomendaciones de desalojar, continúan en sus hogares porque sencillamente no tienen otro lugar a donde ir.
No se trata de casos aislados. En La Buitrera, por ejemplo, líderes rurales reportaron más de 100 viviendas averiadas y 18 colapsadas. En La Paz fueron reportadas nueve viviendas destruidas y otras 36 con diferentes niveles de afectación. En La Leonera también se registraron viviendas afectadas y una destruida. Son cifras que obligan a mirar hacia las montañas y las veredas de Cali con la misma urgencia con la que se atienden los sectores urbanos.
La distancia, las dificultades de acceso y las fallas en servicios como la energía no deben ser obstáculos para que una familia sea censada, atendida y escuchada. De hecho, los propios líderes rurales han advertido que todavía hay hogares pendientes de caracterización.
Y hay algo más que no podemos perder de vista: en la ruralidad no solo están las viviendas. Allí están campesinos, productores, adultos mayores, madres cabeza de hogar y comunidades cuya vida depende de su territorio y de sus actividades productivas. La recuperación, por tanto, también debe garantizar condiciones para que estas comunidades puedan reconstruir sus hogares, sus medios de sustento y su tranquilidad.
La respuesta a la emergencia debe llegar a los 15 corregimientos con la misma determinación con la que llega a cualquier barrio de la ciudad. Se necesitan censos completos, diagnósticos técnicos, soluciones de alojamiento para quienes no pueden permanecer en sus viviendas y una ruta clara para la reconstrucción de los hogares que quedaron destruidos o en condiciones de riesgo.
También es fundamental que las ayudas lleguen de manera oportuna y que las comunidades rurales conozcan cuál será el camino para recuperar lo perdido. La incertidumbre puede ser tan dura como el daño material.
El terremoto nos recordó que Cali no termina donde acaba el pavimento. La ciudad también está en sus montañas, sus veredas, sus corregimientos y en las familias que durante décadas han construido allí su vida. Por eso, mientras la capital del Valle avanza en su recuperación, no podemos permitir que la ruralidad se convierta en una nota al margen de esta emergencia. Que ninguna familia rural tenga que preguntarse si fue olvidada. Que la reconstrucción de Cali sea, verdaderamente, la reconstrucción de toda Cali.