Las señales del recién electo Presidente Gustavo Petro parecían claras. Reunión con el expresidente César Gaviria en Italia y de regreso, muchos, muchos encuentros: con Uribe, con su contendor Rodolfo Hernández, con Samper, lista larga de dirigentes de partidos, dando una señal aún más clara con un gabinete pluripartidista. Donde pesaba más la experiencia que la militancia partidista, cuyos miembros aportaban conocimiento para el país que se entendía necesitado de ajustes de fondo; profesionales serios comprometidos con unos cambios responsables. Movidas políticas que le dieron legitimidad, apaciguaron las aguas y contribuyeron a sembrar la expectativa promisoria para convocar un gran acuerdo nacional sobre unos puntos fundamentales con un propósito de país.

Todo resultó ser una quimera. Los contactos con los distintos sectores no tenían otro propósito que armar una coalición legislativa de apoyo al gobierno para facilitar el trámite de las reformas. Apareció pronto el director de orquesta, Roy Barreras, a repintar con su retórica populares promesas de campaña como el recorte de los sueldos y prebendas de parlamentarios y funcionarios del alto gobierno o las meritocracias, empezando por los nombramientos en el exterior, o el fin de las prácticas transaccionales para asegurar mayorías. Nada de esto se concretó, pero sí se consiguió aprobar la reforma tributaria liderada por el ministro José Antonio Ocampo y luego el Plan de Desarrollo Colombia. Pero hasta allí llegó todo.

Nunca, el Palacio de Nariño volvió a contactar a nadie. Los interlocutores de entonces y muchos otros se quedaron esperando los conductos para restablecer los diálogos. Petro siempre evasivo, su plan era otro. No habían pasado tres meses del 2023 cuando, sin argumentos, la coalición que respaldaba el gabinete pluripartidista voló en mil pedazos para quedar, desde entonces, un presidente atrincherado, atrapado por teorías conspirativas, defensivo, aislado y encerrado en su pequeñísimo círculo de conocidos; los de confianza que en el caso de Petro equivale a los condescendientes. Obsecuentes, ajenos a cualquier espíritu crítico.

Alejandro Eder arrancó con mano tendida, buscando construir puentes con su contendor, el ‘Chontico’ y el cuestionado Jorge Iván Ospina, dialogó con Francia Márquez. Pero tiene la oportunidad de ir mucho más lejos.

Recibió una ciudad no solo polarizada, sino postrada y triste. Atravesada por una grieta, una herida que no han sanado desde aquel estallido social, aquellos días aciagos cuando brotó tanto odio enconado por décadas, tal vez, generaciones. Una furia incontenible y desbordada que expresó mucho, pero que no logró encausarse; no ha logrado encausarse. Se legitimó la violencia, la agresividad, el irrespeto, el atropello como manera de expresar la inconformidad. Y se rompieron los caminos de la convivencia.

El acuerdo, del que Petro ha hablado como nación y en el que ha fallado, en Cali tendría todo el sentido y Eder podría materializarlo. Un gran pacto con un propósito colectivo, que permita pensarnos como sociedad más allá de las diferencias y polarizaciones coyunturales, que se convierta en una gran carta de navegación a largo plazo que nos permita avanzar hacia la ciudad soñada. Un acuerdo que recoja las realidades dolorosas y sin eufemismos, pero que siembre esperanza. Esa que alimenta la existencia humana y que en estos tiempos parece tan esquiva.