“El mundo está atravesado por divisiones geopolíticas autodestructivas y flagrantes violaciones del derecho internacional”. Las palabras pronunciadas esta semana por el Secretario General de Naciones Unidas en su último discurso anual al frente de esa organización en realidad no dicen nada nuevo, pero sí confirman las dudas que muchos tienen hoy sobre la pertinencia del ente multilateral.
En primer lugar, porque basta mencionar que la invasión rusa a Ucrania está a punto de completar su cuarto año sin que la ONU hubiese podido evitar las 420.000 muertes que se estiman que había producido hasta febrero del 2025, como tampoco ha logrado impedir que once millones de personas hayan tenido que abandonar su territorio por esa causa.
Ni qué decir de Gaza, donde hasta septiembre pasado las cifras de fallecidos por los bombardeos israelíes ascendían a 65.062, tras dos años de ofensiva luego del ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023. Allí Naciones Unidas tampoco ha logrado desarrollar una labor efectiva para detener el desplazamiento forzado de dos millones de gazatíes ni la muerte de 463 personas por inanición, incluidos 157 niños.
Pero tal vez lo más grave es que esa poca capacidad de maniobra y el escaso eco que tienen los pronunciamientos de la ONU en el resto del mundo han terminado por facilitarle al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, la posibilidad de cumplir su sueño de convertirse en el árbitro del nuevo orden internacional.
Como lo demuestra también el hecho de que, reconociendo el alivio que para Colombia y el resto de América significa que Nicolás Maduro no esté al frente de los destinos de Venezuela, al final no hubo mayores reparos a las violaciones al Derecho Internacional que cometió la Casa Blanca durante la operación que causó el fallecimiento de al menos 60 personas en Caracas.
Y el problema no es que sea Trump o cualquier otro mandatario del planeta quien quiera actuar sobre un territorio por fuera de su jurisdicción, independientemente de que su motivación sea propender por el bienestar de los habitantes de ese país o región.
El punto es que todas las naciones, y sobre todo las más poderosas, manejan intereses particulares que terminan siendo puestos por encima de los deseos y las necesidades de los seres humanos afectados por esas acciones.
Precisamente por ello el mundo sí requiere de un organismo multilateral con la suficiente autoridad para dirimir los conflictos que se puedan presentar entre los distintos países, pero también para decir basta ya ante los abusos en los que puedan incurrir algunos jefes de gobierno sobre otros territorios, partiendo, por supuesto, de una imprescindible neutralidad.
Y la mejor prueba de lo anterior lo constituye el deseo expansionista que el Presidente de los Estados Unidos ha expresado abiertamente sobre Groenlandia, lo que en las últimas horas ha derivado en el envío de tropas de Francia, Alemania, Suecia, Noruega, Finlandia y Países Bajos a esa zona del Océano Atlántico Norte.
Lo cierto es que resulta evidente que las Naciones Unidas, fuertemente golpeadas en sus finanzas por la disminución en los recursos provenientes de Washington especialmente, no tienen los dientes para detener por la vía diplomática una eventual ofensiva militar de la Casa Blanca para apoderarse de la isla autónoma que depende del reino de Dinamarca.
Por eso, tiene razón el Secretario General de la ONU al reconocer en su discurso que hoy el mundo está dominado por “conflictos, impunidad, desigualdad e impredecibilidad”, pero tal vez se equivocó al no condenar de manera explicita los excesos de quienes pretenden convertirse en los nuevos dueños del mundo, irrespetando los acuerdos pactados en 1945, cuando se creó ese ente con el propósito de “mantener la paz y la seguridad internacional, centralizar y armonizar los esfuerzos de las naciones para alcanzar sus intereses comunes y fomentar las relaciones pacíficas entre los Estados”. ¿Eso tiene validez hoy?