Tomarse un café en las principales ciudades del mundo le puede costar hasta dos dólares. Sin embargo, el productor nacional, las quinientas mil familias que viven de la caficultura, reciben hoy menos de un dólar la libra.

¿Dónde se quedan entonces las enormes utilidades de una industria que nace del cuidado de los cafeteros, de su dedicación, y termina en los mostradores de las empresas que lo convierten en una de las bebidas de mayor consumo en el mundo? Es claro que existen muchos costos por distribuir en la larga cadena que hay entre el consumidor final que distingue y exige el café colombiano en todas partes, y el campesino que con paciencia y cuidado lo cultiva en las montañas de Colombia.

Todos esos costos hay que reconocerlos. Sin embargo, los productores tienen ante sí la muralla construida por las bolsas, donde se tranzan los grandes volúmenes del grano, y donde es evidente la capacidad de especular con un producto que tiene asegurada la demanda. Esa especulación es la que manipula los precios, aprovechando el dominio de las multinacionales sobre los mercados y la necesidad de recursos de los productores, la cual les obliga a aceptar las cotizaciones que fijan esas bolsas sin tener en cuenta los importes de producir café.

Así, Colombia ha visto reducir el área sembrada de café puesto que los precios son ruinosos como está sucediendo ahora mientras los costos van en aumento. Y aunque se hacen esfuerzos notables para producir variedades y aplicar técnicas que valorizan el café, la verdad es que es imposible lograr que los catorce millones de sacos que produce el país consigan el valor justo y las ganancias que deberían obtener los caficultores.

Tan grave situación ha llevado al Presidente de la Federación de Cafeteros a plantear ante los productores de cafés suaves el retiro de esas bolsas y la posibilidad de entablar relaciones directas con las empresas que tuestan y comercializan el grano. Propuesta arriesgada que hasta ahora no ha encontrado eco, aunque el doctor Roberto Vélez Vallejo afirma que la Federación a su cargo está dispuesta a actuar de manera independiente.

Ante la alarmante situación, y aunque no es la solución, el Gobierno Nacional debe intervenir con subsidios que permitan a esas quinientas mil familias enfrentar la crisis. Y la Federación Nacional de Cafeteros, por fortuna la entidad con mayor credibilidad y la mejor defensora de sus afiliados, ha vuelto a recalcar la importancia que el grano tiene para la vida social de la nación y para la estabilidad económica de las regiones donde se siembra.

Cabe anotar que hoy en día las grandes producciones provienen de departamentos como Nariño, el Huila o el Cauca, donde los cultivos ilícitos se asoman, ofreciendo posibilidades de ingresos con las cuales no puede competir el café mientras traen la violencia. Son consideraciones que desbordan el ámbito agrícola para convertirse en razones políticas, puesto que amenazan el tejido social, a millones de personas y miles de hectáreas en Colombia.

Es así de sencilla la razón por la cual hay que buscar salidas urgentes al Café.