“Busquemos maneras de reducir la violencia que estamos alimentando, y que la paz, especialmente en Pascua, esté en nuestros corazones”. Estas palabras, pronunciadas por el Papa León XIV en la víspera de este Jueves Santo, parecen más bien una súplica ante los avances de la guerra en Medio Oriente, que el Domingo de Ramos impidió que se celebrara la eucaristía en la icónica iglesia del Santo Sepulcro, ubicada en Jerusalén, posible blanco de los ataques con los que Irán responde a las acciones militares desatadas en su contra por Israel y Estados Unidos.

Y por supuesto que ese mensaje del Sumo Pontífice está dirigido en primera instancia al presidente Donald Trump, a quien mencionó con nombre propio, y a los demás líderes internacionales implicados en esos acontecimientos, a quienes también les dijo que “continuamente hacemos un llamado a la paz, pero lamentablemente muchas personas quieren promover el odio, la violencia y la guerra”.

Pero el sucesor del Papa Francisco, quien nunca cesó tampoco de llamar a la superación de conflictos armados como el derivado de la invasión de Rusia a Ucrania, también lamentó que “de nuevo en el mundo, en muchos lugares, estamos viendo tanto sufrimiento, tantas muertes, incluso de niños inocentes”.

Entonces el clamor de León XIV se hace más universal y alcanza a todos los cristianos del mundo, al invitarlos para que la Pascua, que “debería ser el tiempo más santo y sagrado de todo el año”, sea un tiempo de paz y de mucha reflexión en torno a que “Cristo sigue crucificado hoy, sufriendo en los inocentes”.

Y ya no está hablando solamente de la violencia y el odio que se perciben en lugares ubicados a miles de kilómetros, sino que también está interpelando a sociedades como la colombiana, conformada en su mayoría por personas que se dicen cristianas, pero en donde la pobreza extrema, la discriminación, la intolerancia, la corrupción y el homicidio siguen siendo realidades que parecen insuperables.

Por eso el llamado de Su Santidad debe ser atendido, sí, por los líderes del mundo responsables de los grandes conflictos armados que hoy preocupan a todo el planeta, pero también por los hombres y las mujeres de buena voluntad que en sus acciones cotidianas tienen la posibilidad de construir un país cada vez más alejado de la desigualdad, la injusticia y la violencia.

En efecto, así como desde el Vaticano cada vez se insiste más en que el futuro de la Iglesia Católica no está en manos de los consagrados sino de los laicos, es hora de que cada colombiano se asuma como responsable del bienestar colectivo, adoptando valores como la honestidad, la solidaridad, la justicia, la tolerancia, la legalidad y el respeto por el otro como principios rectores de su actuar.

Solo así será posible que flagelos como el narcotráfico y otras formas de crimen organizado, la corrupción en las esferas pública y privada, y el menosprecio por la vida y la dignidad de cada ser humano no sigan manteniendo a Colombia sumida en un vía crucis de dolor, sino que pueda resucitar a un mejor futuro para todos sus habitantes.