¿Qué tanto dinero será suficiente para cumplirnos la ilusión de ser ricos, de ser millonarios? ¿Cuál casa de cuántos metros, cuál apartamento en qué ciudad del mundo nos permitirán sentir que ostentamos el lujo del éxito? ¿Qué tanto prestigio será necesario para complacer nuestras ideas de trascendencia, para que nos recuerden, para sentir que no nos olvidarán? ¿Qué tantos logros tendremos que colgar en nuestra pared para que en las reuniones la gente sepa que lo tuvimos todo, que lo fuimos todo, que somos los mejores? ¿Serán treinta, cuarenta, cincuenta años de acumular títulos, dinero, ascensos y empresas suficientes para estar en paz?
Las preguntas hacen parte del discurso de Santiago Ortiz, titulado ‘Una apuesta por la paz y la compasión’, pronunciado durante la ceremonia de graduación de la Universidad de los Andes, en la que estudió Derecho con la beca ‘Quiero Estudiar’; fue bicampeón nacional de debate, obtuvo el grado summa cum laude y recibió el reconocimiento a una de las mejores tesis de su semestre. Santiago llegó al corazón del país digital, que en los días recientes ha replicado y opinado sobre su discurso.
Hay una reflexión muy profunda en su confrontador mensaje, que lanzó justo “antes de que suene el silbato que oficializa el inicio de la competencia” que es la vida. Y hay también una declaración honesta e inteligente por apostar por un camino que quizás resulte menos atractivo frente a la presión social, pero que puede ser mucho más enriquecedor, tal y como lo define: “escoger una vida en paz es tal vez la decisión más valiente que puede tomar la juventud”.
Durante muchos años, si no una vida entera, hemos definido el éxito en un breve espacio donde los títulos, los lujos, los cargos y las propiedades nos determinan como personas. Un breve espacio que resulta más una rendición de cuentas sobre lo que vinimos a hacer a este mundo, cuando al final son tan pocos quienes logran acceder y, sin embargo, tantos los que se ufanan de pertenecer.
Luego, cuando algo que no está en nuestras manos desacomoda ese mundo ideal de privilegios, nos enteramos de que nada es tan efímero como el éxito visto desde lo material o desde los indicadores exigentes del mostrar para demostrar que fuiste alguien.
Y entonces aparece esta bocanada de esperanza en el discurso de Santiago para invitarnos a medir el éxito de una manera distinta; para invitarnos a ser más compasivos con nuestro camino y nuestros logros; para recordarnos el valor de la memoria en un país escrito con sangre; para reconciliarnos con esas pequeñas cosas que dejamos de disfrutar en el afán de ir de prisa y acumular.
Soy una plena convencida de que la juventud y la joven adultez actuales tienen una receta distinta, capaz de ver y medir el mundo de una manera menos convencional; por eso nos sorprende que no tengan el afán de acumular o de quedarse toda la vida en un lugar; se atreven, brincan y se van de donde no son felices, y eso es absolutamente legítimo. A veces les acusamos de falta de disciplina y vigor, y hasta les hemos comparado con un cristal. Prefiero verlos como quienes están decididos a soltar lo que no les da vida, antes que renunciar a sí mismos.
Quizás el éxito sea justamente eso: llegar al final del camino con la tranquilidad de haber vivido una vida que valió la pena, y no una que solo parecía exitosa ante los ojos de los demás. Y esa sí que resulta una apuesta arriesgada y plena para vivir en paz.
@pagope