Paradojas del subdesarrollo: en los países donde los índices de lectura son bajos, aumenta el producto interno bruto.
Sin embargo, si usted quiere vivir más de cien años, puede combinar a gusto los secretos de todos aquellos que han alcanzado esta venerable edad: beba leche en las mañanas, leche en las tardes, con el vaso levantado contra el crepúsculo, y leche al anochecer, un poco antes de acostarse. Si está fría, mejor.
Para que su dieta no adopte del todo actitudes terneriles, tómese una copita de oporto en ayunas o un vaso de vino tinto después de las comidas. El mosto de la uva suprimirá cualquier lastre de grasas irredentas que se hallen errando aún, básicamente, en sus arterias. Recuerde que en su proyecto de vida centenaria, la carne de cerdo es criminal. Aprenda a reconocer entre el brillo dominical de las morcillas, el sabor cauchoso del bofe, el aspecto pio de trenzas y corazones, y la textura crocante y dorada del chicharrón, al verdadero asesino silencioso.
Recuerde que esos cantos de sirena de sus viejas dietas montaraces, traen en sus arpegios nombres que, otro día, cual laúdes cantaban, al traicionar vuestra fe con atractivas sonoridades: pajarilla, chuleta del buen consuelo (la del amanecer), sobrebarrigas, costillas, bistecs de hígado, riñonadas, caldo de ojo, jeta de cerdo, longanizas, tamales de tres carnes, guisos de sesos y criadillas. Si quiere vivir más de cien años, debe decirle no a estas seducciones, huir de ellas. A las tentaciones mortíferas hay que darles el esquinazo.
No hay que nacer en Osaka –a Tomiko Itooka le celebraron 116 años- para darse cuenta de la bondad proteínica de los cangrejos, las algas, el atún, los tomates frescos, la lechuga Batavia, el jugo de uchuva y el batido de badea.
Empiece una nueva vida hoy, o por lo menos inténtenlo. Desayune con té descafeinado, par tostadas sin mermelada y mantequilla, y respire profundo delante de la ventana. Si antes de almorzar siente cosquilleo, tentaciones golosas, hambruna, sosténgase la punta de la nariz entre pulgar e índice, y respire profundo otra vez, pues su almuerzo lo absolverá de toda pena: ponga muchas Coles de Bruselas en la licuadora, con clavo, canela y queso de soja, o Tofu, propiamente dicho. Una brizna de leche, y tendrá una cremilla celestial. Ya al anochecer, cene con dos mazorcas. Espolvoréeles un poco de canela.
Si usted mantiene esta dieta por espacio de cuarenta días con sus noches, en franca combinación de ejercicios físicos, tales como caminatas, subidas al cerro de las Tres Cruces, dos veces por semana, bicicleta, un poco de Tai Chi, actividad amorosa controlada, podrá bajar hasta cuarenta libras, una por día, o sea, veinte kilos. Despojado de ellos, lucirá joven, esbelto, y tendrá ya no un río de colesterol corriendo alegre por sus arterias, sino una inyección biológica, mezcla de omega tres, vitaminas B1, B2, riboflavina y un aspecto lozano, optimista, que lo encaminará con seguridad hacia esos anhelados 100 años.
Si en las mañanas nota que el iris de los ojos se ha tornado un poco verde, reduzca la Coles de Bruselas, y enfóquese en las muelas de cangrejo y en la ventresca de pargo rojo.
Ah, y recuerde que aunque Winston Churchill fumó hasta que bajó tranquilo al sepulcro, el tabaco también será un enemigo acérrimo de su proyecto de vida. Si con algo han tranzado los longevos centenarios, ha sido con la copita de vino, pero se han mostrado tajantes al reconocer que la chicha, el aguardiente, el viche, el kirtsch, vodka, whisky, grappa, brandy y otros caldos espirituosos, también matan. Piense que esos arrestos de Panchito Rizet cuando cantó: “Que me mate la bebida/ si al fin la vida es mentira/ qué importa un cadáver más…”, son de una irresponsabilidad soberana. Empiece a cuidar su vida desde hoy. No fume, ame mucho, beba leche y coma pescado.