El ajuste fiscal es indispensable, pero no basta con hacer recortes al gasto sino que se requiere aumentar impuestos. Un principio social demócrata que debe orientar cualquier discusión es que la reforma tributaria debe ser progresiva y no trasladar la factura a los sectores populares y a las clases medias. Hay varias propuestas que cumplen este principio.
Para empezar si hay que aumentar el IVA, pero no a los bienes de la canasta básica. Propongo tres medidas. La primera es gravar las transacciones de finca raíz, como ocurre en numerosos países, pero con un esquema progresivo, eximiendo las viviendas y propiedades de menor valor, por ejemplo hasta $700 millones. Quien compra un apartamento de $3000 o $4000 millones tiene capacidad para pagar ese IVA.
La segunda es aumentar el IVA a los bienes y servicios de lujo, desde automóviles de altísima gama y relojes costosos hasta boletas de conciertos y espectáculos deportivos de precios elevados. Como lo ha propuesto Bill Gates no tiene ninguna justificación que quien compra un Ferrari, un reloj de US$10.000 o paga un millón de pesos por una entrada a un espectáculo reciba el mismo tratamiento tributario que quien compra bienes más económicos.
La tercera es poner un límite a la devolución del IVA sobre compras de bienes de capital. No tiene sentido que una gran empresa que invierte diez millones de dólares reciba el mismo tratamiento preferencial sobre toda su inversión que una pequeña empresa. Se puede mantener la devolución a las inversiones hasta un tope de un millón de dólares y eliminarla sobre el excedente.
Otra fuente importante de ingresos son los capitales golondrina que llegan a comprar TES y otros títulos financieros. Hoy sus rendimientos tienen una absurda tarifa del 5 %, mientras que la inversión extranjera productiva está sometida a una tarifa del 35 %. Equiparar ambas tarifas permitiría aumentar el recaudo y reducir los incentivos a los movimientos especulativos de capital.
En materia de regalías, resulta difícil justificar que la explotación de oro pague apenas el 4 %, mientras la sal paga el 12 %. Con los elevados precios internacionales del oro, se debería establecer una regalía sustancialmente mayor. Para el carbón, cuya regalía es del 10 %, debe haber un esquema progresivo, como el que existe para el petróleo, que llega hasta el 25 % cuando aumentan los precios internacionales.
Hay otros privilegios que deben revisarse. Las iglesias deberían presentar declaraciones de renta bajo el régimen de entidades sin ánimo de lucro, sin que ello implique necesariamente pagar impuestos sobre los recursos destinados a sus fines religiosos y sociales, pero si sobre sus actividades comerciales, como arrendamientos y ventas. Igualmente, hay que eliminar los beneficios empresariales injustificados, bajar la tarifa nominal de renta de las sociedades, pero aumentar su tarifa efectiva, y controlar la utilización de empresas familiares para deducir gastos personales como si fueran costos empresariales.
Estas no son propuestas improvisadas, pues ya han sido presentadas en reformas anteriores y el Congreso debe retomarlas para recaudar más sin castigar a quienes menos tienen.
La pregunta fundamental de cualquier reforma tributaria no es solamente cuánto se necesita recaudar, sino quién debe pagar. Para los social demócratas, Colombia necesita un ajuste fiscal, pero no uno que profundice las desigualdades. Si hay que pedirle un esfuerzo adicional a la sociedad, debe comenzar por quienes tienen más riqueza, más ingresos y mayor capacidad contributiva.