Existen cuentos que narran bellas historias y suelen leérseles a los niños antes de dormir. Hablan de héroes, de finales felices, de justicia que siempre llega a tiempo. Y existen otros cuentos, los de terror, que espantan incluso a los adultos. Historias oscuras que parecen exageradas e imposibles, hasta que uno descubre que están inspiradas en crudas y absurdas realidades.
Esta es una de esas historias:
“Había una vez un país hermoso, donde la gente madrugaba todos los días a trabajar con la esperanza intacta en una mejor sociedad. En ese país vivía un pequeño niño con una enfermedad que lo obligaba a depender de un medicamento constante. No pedía privilegios. Solo necesitaba que se hiciera lo que se prometía: brindarle a tiempo su medicina.
Su madre, como tantas madres de ese país, aprendió a vivir entre autorizaciones, trámites y esperas. Tocó puertas. Llamó. Insistió. Porque cuando se trata de un hijo, no existe el cansancio. Pero el medicamento no llegó.
Un día, el niño salió a jugar. El viento en la cara, la risa en su rostro, la ilusión ingenua de la infancia. Tropezó sin querer y fue el comienzo del final. El niño murió. No porque jugara, sino porque su medicina nunca llegó.
En la casa donde habita el poder se habló del caso. El maquiavélico gobernante dijo que a un niño enfermo no se le debía dejar jugar y culpó a su madre por permitirlo".
Y aquí es donde el cuento termina y comienza la realidad. Retomar el rumbo depende de principios. Depende de volver a poner en el centro la responsabilidad, la ética y el verdadero sentido de servicio que deben guiar cualquier proyecto político.
Retomar el rumbo exige carácter. Exige ciudadanos que no se dejen arrastrar por el odio ni por la propaganda. Exige recordar que el poder es un encargo temporal, es un préstamo que el pueblo concede con la esperanza de que se administre con decencia.
Gobernar no es dividir. No es sembrar miedo. No es mantener a un país en tensión permanente para conservar protagonismo. El caos no puede convertirse en estrategia política. La confrontación no puede ser la única narrativa. Un país no se construye desde la fractura constante.
Este cuento duele. Nos recuerda que ninguna ideología puede estar por encima de la dignidad humana. Que ningún proyecto político vale más que la vida de un niño. Que cuando la política se divorcia de la ética, deja de ser servicio y se convierte en amenaza.
Todavía estamos a tiempo. A tiempo de exigir líderes con integridad. A tiempo de premiar la coherencia y castigar el cinismo. A tiempo de decidir que el poder no es espectáculo, sino responsabilidad.
Retomar el rumbo es tarea de todos, de quienes votan, opinan, educan, generan empleo, trabajan y no se resignan. Es tarea de una ciudadanía que decide no normalizar la incompetencia ni justificar la arrogancia.
Y cuando eso ocurra, ese país dejará de parecer un cuento de terror y volverá a ser, por fin, una historia de esperanza real.