Un expresidente de Colombia dijo, hace unos años, que “había que reducir la corrupción a su mínima expresión”, lo que desató una oleada de protestas y golpes de pecho por el cinismo que encerraba el concepto. ¡Qué descaro! Además, era como el retrato de la personalidad del susodicho y por lo tanto, de un personaje como él podían esperarse esos argumentos. Pero, dadas las circunstancias que vive el mundo, ¿qué tanta razón tenía? ¿La corrupción es natural a la condición humana?

Constantemente convivimos con la tentación de la corrupción. La vida nos pone a prueba y la confrontación interior puede ser angustiante. Porque la perfección no existe y el fantasma de la corrupción acecha. Por ello, cuando la tentación es tan fuerte, escogemos dividir al mundo en buenos y malos, donde me ubico en el mando de los buenos y los demás son los malos, como si matriculado en ese grupo, con el rótulo de los buenos, estuviera protegido de ser corrupto, desconociendo que dada la oportunidad posiblemente puedo caer en la trampa. Porque la corrupción es hija de una forma de vida y contra ella es difícil luchar. Mejor colocarse un rótulo, esconderse detrás de él, identificarse con la manada y que sea el grupo el que piense y decida. “Yo no soy corrupto”, soy de los buenos…

Para muchos extremistas, amantes de la perfección, el fútbol era el prototipo de lo correcto. En ese escenario ganaban los mejores (sí, los mejores) y eran los méritos del jugador los que definían a las estrellas. El Mundial de Fútbol era como llegar al olimpo de lo justo, lo meritorio, lo honesto… No había mayor interés que fomentar el deporte y que ganaran, por mérito propio, los mejores. Pero el velo se cayó, la inocencia se perdió. Es como si hubiera dado una violación a la ingenuidad de muchos. Aquí también está la mano siniestra del abusador. Pero el abusivo no es un ser humano en particular. El abuso viene de un sistema, claro inventado por humanos, donde se le dio al dinero, al capital, toda la importancia del mundo. El dinero encierra tal corrupción que pareciera que no hay manera de conseguirlo en forma decente. No estoy hablando de dinero necesario para sobrevivir sino de aquella acumulación de billetes que se vuelve ofensivo para quien tiene que observar cómo otros lo consiguen, lo acumulan y lo guardan. Y el que ve el espectáculo de cómo se consigue el dinero (y todo lo que este conlleva: poder, éxito, imagen) no puede más que sentir que las entrañas se le revuelven por el desequilibrio de la existencia. Es como si la corrupción fuera la hija del capitalismo desbordado. Los que ya lo tienen y los que lo quieren tener, experimentan la misma sensación del ‘todo vale’.

Era una final de deporte pero también la mano siniestra del abuso del poder y del capital estuvo presente. No fueron los mejores: fueron el poder y el dinero los que inclinaron la balanza. La mano de Trump, la complicidad de directivos, el carrusel de las apuestas…allí estuvo la mano siniestra de la corrupción. No queda entonces más que aceptar que la corrupción es inherente a la condición humana porque no existe nadie que no haya sido tentado por el deseo de acumular más. Pareciera que ese fuera el objetivo de la humanidad. Como quien dice que vivir significa enfrentar a diario la tentación de la corrupción y saber no dejarse embaucar por ella. Tarea compleja donde no siempre se sale limpio. Esperar que la corrupción desaparezca es una utopía. Esto no significa un permiso para ser corrupto pero sí aceptar que mientras un sistema tan desequilibrado como ‘el dinero rey del mundo’ será imposible erradicarlo. ¿Cómo se contrarresta? ¿Cómo no caer en sus cantos de sirena?