A veces pasan hechos que nos atropellan y no logramos controlar lo que sucede. Nada ilustra mejor y físicamente esta experiencia que cuando, sorpresivamente, se nos mueve el piso, se bambolean las cosas y las construcciones amenazan colapsar por un sismo tan fuerte como el ocurrido en Colombia el pasado 10 de agosto, que marcará un antes y un después en muchas vidas.

Son terremotos también emocionales por su impacto y porque nos recuerdan nuestra precaria existencia e impotencia ante las fuerzas de la naturaleza. Es un evento que se nos antoja extraordinario, no obstante que para el planeta sobre el que estamos parados es normal y corriente el desplazamiento y acomodo de sus placas tectónicas y fallas geológicas. A pesar de los avances tecnológicos y de entender el universo, no podemos detener ese embate que llega para alterar nuestros planes.

Fue con ocasión de un movimiento sísmico que se produjo el primer esfuerzo periodístico de la que hoy es Colombia, al consignarse el Aviso del terremoto en tres entregas, para dar noticia del desastre ocurrido un 12 de julio de 1785, a las 7:45 a.m. La autoría del aviso se atribuye a Manuel del Socorro Rodríguez, quien, con las ediciones de la Gaceta y el Periódico de Santafé de Bogotá, daría inicio al periodismo propiamente tal. Allí se narró a modo de crónica el detalle de los trágicos sucesos sobre fallecimientos y daños estructurales de la ciudad especialmente en edificios de la iglesia católica. Con ese acontecimiento se tomó consciencia de la necesidad de edificaciones resistentes.

En estos momentos vemos incontables y conmovedores testimonios e imágenes dramáticas del terremoto de magnitud 7,4, pero también la gran solidaridad de las personas que de inmediato corrieron a salvar a los afectados sin más herramienta que sus manos, o la del médico que en una acción espontánea sostuvo a bebés en brazos durante el sismo, de las enfermeras que luchan por estabilizar las cunas clínicas de los neonatos; civiles, rescatistas y perros tras señales de vida y salvamento de entre los escombros, auxiliares en parques atendiendo pacientes, el padre en busca de su pequeña hija, y familias en el reencuentro con los suyos y sus mascotas.

Esas personas anónimas en sus ingentes esfuerzos nos reconcilian con la humanidad y enseñan el camino a la compasión y al auxilio a víctimas y damnificados con toda posible colaboración pequeña o grande, al alcance de cada cual. Las necesidades en las zonas afectadas por el sismo son muchas, y las habrá por largo tiempo, por lo cual es vital una buena gerencia del presupuesto y de las donaciones, nacionales e internacionales, dado el estado en que el anterior gobierno dejó las finanzas de la Nación al malgastar y comprometer sus recursos.

El siniestro vivido reclama el fortalecimiento de la cultura de sismo resistencia para reducir la vulnerabilidad ante los terremotos, según la zona, su historia y estudios en edificaciones nuevas y antiguas. Los constructores, autoridades y ciudadanía tenemos responsabilidad social por las condiciones en que aquellas se levanten y mantengan.

Como no creemos que el dios de la mitología griega, Poseidón, sea el causante de los terremotos, pero sabemos que los originan fuerzas geológicas sin previo aviso, ni fecha en el calendario, el único medio es protegernos en edificaciones adecuadas, con la esperanza de que ya pasó lo peor.