En tiempos de ruido, gritos y verdades absolutas, bajar la voz e intentar entender también es un acto político. No para callar, sino para reflexionar antes de responder, para escuchar antes de reaccionar, para recordar que al otro lado hay una persona y no un enemigo. A eso, Rosemberg Quiñones lo llama ser un interruptor de polarización: alguien que decide cortar la escalada del conflicto antes de que se convierta en ruptura.

Rosemberg es director de proyectos de la Fundación Mi Oportunidad, que lleva tres décadas trabajando con niños, jóvenes y adultos mayores del barrio El Retiro, en Cali, para abrir caminos de educación, oportunidades, bienestar y paz. Con el proyecto Un Gol por la Vida y la Paz recibieron el Premio Cívico Por Una Ciudad Mejor en 2022. Hoy hacen parte de Compromiso Valle y, en alianza con Sistel, desarrollan un programa de bilingüismo para la comunidad. Desde el territorio, Rosemberg sabe que la polarización no es una discusión abstracta, sino una fuerza que atraviesa la vida diaria; que la urgencia por ‘tener la razón’ causa más daño que la falta de información. “Una persona que polariza es la que quiere ganar, no entender”, dice. Y en esa frase cabe buena parte de lo que hoy nos consume.

La polarización se gesta en lo cotidiano: en responder con rabia, en usar frases absolutas como “ellos siempre” o “ustedes nunca”, en compartir solo aquello que confirma lo que ya pensamos. Aparece cuando confundimos dialogar con competir y cuando creemos que cambiar de opinión es perder.

En El Retiro, Rosemberg y su equipo usan una pelota como punto de partida para algo más profundo: enseñar que el otro no es el enemigo. En la cancha se compite, pero cuando el partido termina, se da la mano. Desde ese trabajo con niños y jóvenes surge una idea clave: la vida no funciona como un videojuego. En Mario Bros hay varias vidas; se pierde una y se vuelve a empezar. En la vida real hay una sola. Las palabras no se recogen y las consecuencias permanecen. En contextos atravesados por la violencia, entender esto, más que una metáfora inspiradora, es una advertencia sobre la responsabilidad de cada elección.

Para este líder comunitario, ser un interruptor de polarización empieza por reconocer que todos polarizamos en algún momento. Nadie está exento del impulso de responder rápido, de descalificar, de reaccionar desde el orgullo. Por eso el primer gesto es bajar la urgencia. No responder de inmediato ni escribir desde la emoción desbordada. Preguntarse si lo que vamos a decir aporta o simplemente descarga rabia.

El segundo paso es cambiar el objetivo del diálogo. Pasar de “voy a demostrar que tengo la razón” a “quiero entender cómo el otro llegó a pensar así”. También implica hablar desde la experiencia y no desde el ataque. Decir “desde lo que he vivido veo esto así”, en lugar de señalar al otro como ignorante. Ese cambio baja la tensión y exige humildad: aceptar que no sé también es una forma legítima de participar.

Las palabras de Rosemberg cobran especial relevancia en nuestra realidad, cuando la tentación de dividir y etiquetar se intensifica. Más allá de la política, la polarización se cuela en la mesa familiar, en el grupo de WhatsApp, en la conversación diaria.

Ser un interruptor de polarización, más que neutralidad o indiferencia, es responsabilidad; elegir la calma en medio del ruido; entender antes de imponer la razón. Porque bajar la voz y responder sin soberbia puede ser un gran paso para que algo distinto empiece a pasar.

@pagope