Algunos mandatarios elegidos democráticamente están convencidos de que la elección es una especie de salvoconducto o patente de corso para las decisiones y políticas del elegido, sin importar lo que hagan con ese poder. Simplemente argumentan que es la voluntad del pueblo. Así se inicia el autoritarismo y los enfrentamientos.

El presidente Petro, al mejor estilo chavista, dijo que si las instituciones “no son capaces de estar a la altura de las reformas sociales que el pueblo a través de su voto decretó, demandó, mandó y ordenó”, ellas tendrán que transformarse y Colombia ir a una Asamblea Constituyente, la misma que en su lid por la presidencia había prometido no convocar, pero eso no le importó, ni los riesgos, así se llevara al país entre los cachos. Analistas y voceros de diversas orillas políticas coincidieron en alertar sobre su inconveniencia.

En entrevista a El Tiempo (18-03-2024), da un viraje para obviar el trámite reglado de una constituyente ante el Congreso de la República, y toma la ruta de un “proceso constituyente”, negando el propósito de modificar la Constitución del 91 y su reelección ¿Quién podrá creerle ahora? El primer paso, dijo, fue el discurso en puerto resistencia en Cali - inspirado en la primera línea de sus afectos- y la convocatoria a la movilización, a cabildos abiertos, en todos los lugares.

Además del cuestionamiento a la viabilidad y opacidad del ‘proceso constituyente’, lo cierto es que el Presidente revolvió las aguas y lanzó la campaña para llevar al Pacto Histórico más allá del año 2026. El refrán aconseja, no las revuelvas tanto hasta que se vuelvan turbias, pero tal vez ese sea el objetivo. Un objetivo que le consumirá tiempo y energías, cargado de tigre por la frustración ante los bajos resultados del gobierno.

Es una táctica para dividir y confundir a la sociedad con el expediente de denostar de medio mundo, y graduar de enemigos o corruptos a diversos sectores del país, a fin de culparlos de los males habidos y por haber, con la moral como báculo para hacerlos parecer villanos, sin mirar la paja en el propio ojo. En ‘Las 33 estrategias de la guerra’, el escritor norteamericano Robert Green, afirma que los mejores engaños se basan en la ambigüedad, se suele tejer una mezcla de realidad y ficción de tal modo, que uno no pueda desenredarse de la otra, perturbando el enfoque.

La artillería aceitada durante la contienda electoral y el gobierno, apunta a sembrar en la audiencia animadversión contra empresas, agremiaciones, altas Cortes, Congreso de la República, instituciones, expertos, gobiernos pasados, yuppies estudiosos, tecnócratas, enemigos internos, blancos culpables por su origen, el petróleo, el gas, los medios de comunicación, entre otros. Esta percepción sobre el proceder del ejecutivo no es exclusiva en personas de derecha o de centro. Sin embargo, la obstinación no le deja verla en el contexto, o quizás va camino a una más profunda radicalización, en procura de romper el sistema y la democracia si no se pliegan a sus objetivos.

De cualquier modo, por encima del alud de propuestas irrealizables, falsas promesas, faltas a la verdad, ataques y ambigüedades que causan inestabilidad política y social, está la esperanza en que las instituciones, entes de control y la sociedad entera en ejercicio de sus derechos y facultades legales, contrarresten las estrategias nocivas para el país.