Abruma ver las imágenes de destrucción en París y otras ciudades europeas. Fuentes destrozadas, estatuas pintarrajeadas, monumentos vandalizados, comercios saqueados y policías heridos. Escenas que recuerdan, aunque en otra escala, las protestas ‘pacíficas’ del progresismo en Bogotá. Jóvenes recorriendo zonas comerciales con martillos, rompiendo vitrinas como quien celebra una travesura infantil.

Ante los destrozos surge la pregunta: ¿quién responde? Algunos proponen cobrarles a los padres. Otros buscan explicaciones sociológicas que terminan diluyendo la responsabilidad.

Pero el fenómeno es global. Un supuesto progresismo que exalta los derechos mientras presenta los deberes como imposiciones de un pasado opresor. El Estado aparece como proveedor inagotable de beneficios y la sociedad como deudora permanente de quienes se consideran víctimas.

Francia ha logrado un Estado de bienestar extraordinariamente generoso que convive con un déficit fiscal elevado y una deuda pública que supera el tamaño de su economía. La demanda de beneficios creciente tropieza inevitablemente con la aritmética.

Por eso han implementado la estrategia de sacarle rentabilidad al desorden. Convocan manifestaciones pacíficas que infiltran con grupos violentos. La Policía interviene, los enfrentamientos se multiplican y las imágenes de represión desplazan a las de destrucción.

El debate deja de girar alrededor de los daños para convertirse en una disputa sobre quién tiene derecho a indignarse. Así, la violencia termina siendo un instrumento de propaganda.

El progreso, sin embargo, funciona exactamente al contrario. Es la suma de millones de aportes: una tienda que abre, una fábrica que crece, una vivienda que se construye, una carretera que conecta comunidades. Cada esfuerzo agrega algo al patrimonio colectivo. Cada acto de vandalismo resta. No solamente por el costo directo de reparar, sino por la desconfianza que siembra entre quienes trabajan, invierten y construyen.

La forma de parar este ciclo negativo es hacer pagar a quienes convocan y lideran las protestas. Son los líderes y los partidos quienes deben responder. Tenemos la prueba. Aquí se han hecho protestas enormes sin un vidrio quebrado y sin ningún enfrentamiento.

Llamar progresismo a la destrucción no cambia su naturaleza. Es la expresión más clara del regresismo.