Todavía estamos atendiendo la emergencia, pero Colombia tendrá que empezar muy pronto una reconstrucción que será mucho más grande que volver a levantar lo que cayó.

Las primeras estimaciones sitúan su costo alrededor de los 6000 millones de dólares. Es una cifra enorme y, probablemente, todavía incompleta. Porque permite aproximarnos al costo de recuperar lo que se destruyó, pero no alcanza a medir todo lo que necesitaremos para recuperar la dinámica económica y social de las zonas afectadas.

Reconstrucción y recuperación no son lo mismo. Podemos reparar una carretera o volver a levantar un hospital y todavía tener empresas que no han podido reabrir, empleos que desaparecieron e inversiones que se aplazaron. Recuperar la actividad económica, los ingresos y la confianza necesarios para que las comunidades vuelvan a funcionar puede tomar mucho más tiempo que reconstruir su infraestructura.

La experiencia internacional demuestra que después de grandes desastres, retirar los escombros y terminar las obras, no significa que una comunidad se haya recuperado. Tras los terremotos de Turquía de 2023, por ejemplo, el Banco Mundial tuvo que complementar la reconstrucción física con programas destinados específicamente a recuperar empresas y empleo. Reconstruir también significa conseguir que la economía vuelva a moverse.

Esa recuperación tampoco será tarea de un solo actor. Necesitará inversión pública y privada, crédito, empresas dispuestas a permanecer y, sobre todo, condiciones que permitan recuperar rápidamente la actividad productiva y el empleo.

Hay un concepto utilizado internacionalmente en gestión del riesgo que me parece especialmente pertinente para lo que viene: Build Back Better, reconstruir mejor. Es una idea que plantea que una reconstrucción no debería limitarse a devolvernos al lugar donde estábamos antes del desastre. También debería corregir vulnerabilidades y dejarnos mejor preparados para el futuro.

Pero para lograrlo no bastarán los recursos ni las obras. Durante estos días hemos visto a miles de personas trabajando para que la vida de los demás pueda empezar a restablecerse. Detrás de cada servicio que vuelve a funcionar y de cada organización que responde hay personas que también están viviendo las consecuencias del terremoto. Algunas pueden ser incluso damnificadas y, aun así, siguen trabajando porque saben que otros dependen de ellas.

También ocurrió algo que vale la pena conservar. Antes del terremoto veníamos de meses de profundas divisiones políticas y sociales. Esas diferencias no desaparecieron pero, durante la emergencia, dejamos de preguntarnos cómo piensa el otro antes de decidir si necesitaba nuestra ayuda. La solidaridad de estos días recordó algo sencillo: podemos tener enormes diferencias y seguir reconociéndonos como parte de una misma sociedad.

La verdadera prueba vendrá después de la emergencia. Cuando la atención disminuya y cada uno vuelva a su rutina, tendremos que decidir qué aprendizajes queremos conservar. Uno de ellos debería ser que una sociedad funciona mejor cuando confiamos unos en otros y somos capaces de trabajar juntos a pesar de nuestras diferencias. No tenemos que pensar igual para reconocer que nos necesitamos.

Reconstruir mejor debería significar entonces algo más que levantar infraestructura con mejores estándares. También recuperar la actividad económica, prepararnos mejor para lo que pueda venir y conservar esa capacidad de trabajar juntos que hemos visto estos días. El terremoto nos obligó a recordar que todos hacemos parte de una misma sociedad. Ahora tenemos la oportunidad de construir una mejor.