En 534 años hemos perdido magia, alimento, medicina, el oro y el moro y también muchas lenguas nativas. La escuela nos enseñó a recitar que ganamos lengua y religión; a un altísimo precio, es claro. Homologados en el catolicismo, criollos, negros e indios, principalmente los últimos, fueron catequizados en una prédica que muchos de ellos todavía no asimilan, pues, como en la teogonía griega, en sus vidas todavía laten muchos dioses, deidades que se esconden en las piedras, en los árboles, en el agua.
En la negación del pasado y en el tortuoso tránsito a los códigos de Occidente, de su cultura y civilización, el hombre americano, como el Inca Garcilaso, encontró en la lengua española el vehículo más universal y hermoso -admitámoslo- para contarnos cómo era el mundo aquí antes de la llegada de los europeos y después de ellos. Gracias a la lengua española hoy lo sabemos porque su código se expandió por toda esta porción de mundo y disfrutamos del encanto, de la gracia del Inca Garcilaso de la Vega, para describir botánicas, toda la vegetación medicinal del bosque americano, los avatares de regidores, encomenderos, príncipes e hidalgos. A la lengua española nos debemos y en ella nos contemplamos todos los días como en un espejo de agua.
Es posible que dentro de 500 años el habla de Castilla haya experimentado una transformación tal, que este reconocimiento de hoy tenga la arcaica musicalidad que apreciamos en Garcilaso; o que sea la patria de tantas lenguas que no se parezca en nada al español de hoy, en ese necesario abrazo con otras culturas.
La RAE hace su tarea, pero diariamente se filtran ahí muchas palabras que proceden del mundo americano. Preservamos las palabras como joyas, cual piedras preciosas, no sea que se pierdan, que se refundan, como las hierbas medicinales de nuestros antepasados. O que se vayan por el roto hecho en la jícara del tiempo.
En 1997, en el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, el Nobel colombiano propuso en Zacatecas, México, la eliminación de “las haches rupestres”, lo cual recibió múltiples reacciones por parte de escritores y gramáticos. El mismo Gabo realizó el ejercicio -harto enriquecedor- de escribir una novela sin puntos, cual fue ‘El otoño del patriarca’.
Entonces defendí la ‘h’, pues, lejos de su función real en el idioma, pertenece a una categoría gramatical estética, dotada de significante y de significado. Su escritura permite diferenciar el ‘huso’ propio de sastres y modistas, presente en fábulas y relatos, del ‘uso’ que alude al gasto de las cosas. Eliminar la ‘h’ traería un pequeño caos gramatical, es cierto.
Considero, sí, que una de las funciones más urgentes de la lengua española está en la revisión de las ricas y variadas jergas de las naciones latinoamericanas, donde existen centenares, miles de palabras que esperan turno para incorporarse al río natural de la comunicación del futuro. Ello demuestra que, como naciones hispanohablantes, tenemos la posibilidad real de transformar el idioma, sin mutilarlo.
En estos 70 años de vida, puedo decir que soy el padre de la palabra ‘salsoteca’ para denominar esos lugares donde solo se escucha salsa, e inventé para la marimba un título que ya va por el mundo: ‘El piano de la selva’.