En algún lugar del Cauca se llevaría a cabo la posesión del Presidente electo si la Cámara de Representantes, siguiendo al Senado, aprueba el traslado del Congreso en pleno. En un inicio el gobernante dijo que la haría en una guarnición militar para rendirle homenaje justo a las Fuerzas Militares, opción que pareciera descartada. Lo último que se conoce es que se haría fuera de Bogotá como gesto a la descentralización y que Popayán sería la elegida.
Esta decisión buscaría además enviar un mensaje desde una de las regiones más afectadas por la violencia. Ha señalado De la Espriella que es un acto de recuperación de soberanía, en lo que acierta, pues desde hace décadas el Cauca se perdió con excepción de su capital. Se lo tomaron las Farc, el Eln, la Segunda Marquetalia y los indígenas invasores del Cric. Destruyeron, con la complicidad de varios gobiernos, una región que fue ejemplo nacional.
Creería que el anuncio ha caído bien en el Suroccidente y en particular en el Valle, Cauca y Nariño, abandonados a su suerte, secuestrados los dos últimos por la izquierda radical armada y de civil. Esta zona, sin embargo, está acostumbrada a que cada cuatro años le digan lo mismo: que la liberarán del yugo del narcotráfico y de la inseguridad. Y cada vez la situación es peor. Por eso la señal del nuevo Presidente se recibe con esperanza y razonable escepticismo.
No es la primera vez que algunos presidentes apelan a símbolos. Uribe presidió un consejo de seguridad tras el atentado con morteros contra el Palacio de Nariño; Santos se fue a ‘posesionar’ donde los mamos de la Sierra Nevada y luego lo hizo ante el Congreso; Duque estrenó la banda tricolor en un viaje a San Andrés prometiendo esta vida y la otra. Petro mandó traer la espada de Bolívar que el M-19, su reducto criminal, hurtó décadas atrás.
Es de esperar que la presencia de De la Espriella en el suroccidente del país no se supedite al acto de posesión o cuando hay un atentado terrorista, que el fortalecimiento de las Fuerzas Militares y de Policía en la zona no responda a un ilusionismo sino a una estrategia seria y efectiva para erradicar el crimen; harta está la región de despliegues temporales y vistosos de fuerza cuando algo grave pasa mientras algo similar ocurre en otra parte y se llevan los soldados.
La situación del Suroccidente es dramática. En Cauca y Nariño el narcotráfico manda, y de no ser por la firmeza de la Gobernadora del Valle y del Alcalde de Cali ante la desidia del gobierno saliente la ‘caucanización’ deliberada del departamento habría surtido efecto. Por eso, esta región pujante y olvidada espera ser prioridad del nuevo gobierno. No sólo en la lucha sin cuartel contra las organizaciones criminales, sino, en un impulso histórico a su desarrollo económico y social.
Treinta años peleando por la inconclusa doble calzada al Puerto, y la de Cali a Popayán y Pasto, años forcejeando por la Mulaló-Loboguerrero, el tren de cercanías y la concesión del aeropuerto, hoy engavetados. Qué decir de la pobreza en Tumaco, Guapi y Buenaventura, de los criminales infiltrados en la Univalle y los indígenas que se toman Cali cuando les da la gana. Ahí sigue en pie el adefesio a la violencia en Puerto Rellena que nadie se atreve a demoler.
Presidente De la Espriella, selle un compromiso de sangre con el Suroccidente, hastiado de palmaditas y promesas huecas. Si no es así, posesiónese en Bogotá. Se lo digo con respeto. Luego se aterran de que el narcotráfico domine la región. El próximo año hay elecciones, sólo una acción decidida y firme del nuevo gobierno, milagrosa y con presupuesto, evitará que el fusil siga mandando en Cauca y Nariño y que el Valle naufrague en manos de la izquierda que ya se empieza a organizar.