El 31 de mayo se define no solo quiénes van a segunda vuelta, sino qué tipo de democracia quieren los colombianos. El diagnóstico es claro: el país no va por buen camino, y quien llegue el 7 de agosto al Palacio de Nariño heredará varias crisis simultáneas.
En energía, Colombia está al borde de un apagón. Los embalses se encuentran al 64,8 % cuando históricamente superaban el 80 %. El Ideam estima un 96 % de probabilidad de fenómeno de El Niño a finales de año. Y de los 4475 megavatios que debían ingresar al mercado en 2026, solo han entrado 291, el 6,5 %. No es un accidente: desde 2023, el ingreso de nueva generación ha promediado menos del 18 % de lo proyectado. Según el Banco de Bogotá, un racionamiento podría costar entre 204.000 y 375.000 millones de pesos por hora y generar la pérdida de alrededor de 200.000 empleos.
La situación fiscal es igualmente preocupante. Según Corficolombiana, el déficit del Gobierno Nacional Central llegó al 6,4 % del PIB en 2025, niveles que en Colombia solo se habían visto a finales de los años 90 y durante la pandemia, con la diferencia de que esta vez no hay choque exógeno que lo explique. Las tasas a las que el Estado financia su deuda han llegado al 15 %. Y el próximo presidente deberá acometer el ajuste fiscal más alto en décadas: entre 3 y 4 puntos del PIB.
En salud, el deterioro es sistémico. El sistema enfrenta un déficit de 16,8 billones de pesos, con una siniestralidad del 109 %: por cada $100 que ingresan, se requieren $109 para cubrir costos. La Nueva EPS, intervenida y administrada por el propio gobierno, cerraría 2025 con más de 131.000 tutelas y 33.000 incidentes de desacato.
Y en seguridad, los grupos armados tienen hoy 27.000 integrantes, con 5000 nuevos reclutas solo en 2025, el año con más disputas armadas en la última década. Los ataques contra la Fuerza Pública aumentaron 62 %, los secuestros 133 % y las zonas en conflicto activo casi se duplicaron desde 2022.
Por consiguiente, la elección del 31 de mayo es fundamental. Y las opciones importan.
Entre los candidatos, hay uno que ha afirmado que debe extirparse a la izquierda, que le dijo a una periodista que no era lo suficientemente culta o inteligente para entenderlo, y que en otra entrevista presionó a una periodista de manera abiertamente misógina. Pero más allá del carácter, está el fondo: es un candidato que nunca ha gobernado ni legislado, que construye sus argumentos sobre retórica sin evidencia, y que llegaría al cargo más exigente del país con una curva de aprendizaje que Colombia, en el estado en que se encuentra, no puede costear. A esto se suma una incoherencia que habla por sí sola: en 2016 defendió el proceso de paz, llegando incluso a escribir un libro titulado ‘La salida jurídica del proceso de negociación con las Farc’, donde afirmaba que “no se necesita la pena de cárcel para la firma de acuerdos”. Hoy dice estar en contra. No es una evolución ideológica ni un cambio de postura fundado en evidencia; es ausencia de convicciones. Y un país que enfrenta simultáneamente una crisis energética, fiscal, de salud y de seguridad no necesita un líder que se reinvente según el viento electoral, sino uno que sepa exactamente para dónde va desde el primer día.
El otro candidato, en cambio, ha prometido continuar el legado de Gustavo Petro, pero ha sido blando frente a la corrupción de la administración actual y a la presunta infiltración de grupos armados en la inteligencia del Estado. Fue además uno de los principales arquitectos de una paz total que no dio resultados: hoy los grupos armados tienen presencia en 797 municipios, el 71 % del territorio nacional, y el 85 % del oro exportado por Colombia tiene origen ilícito, y el 70 % de este está bajo el control de actores armados ilegales.
Por eso voto por Paloma Valencia, quien junto a Juan Daniel Oviedo lidera una propuesta basada en el diálogo y en sumar desde las diferencias, no en borrarlas. Esto me recuerda la frase de Theodate Pope Riddle, la primera mujer en obtener una licencia de arquitecta en Nueva York: “Aquello en que diferimos importa más que aquello en que coincidimos". Las diferencias, cuando se reconocen y se respetan, permiten forjar de manera conjunta un futuro en el que todos quepamos.
Mientras que los extremos buscan dividir al electorado y ubicarse cada uno como los únicos salvadores del país, Paloma y Oviedo proponen que mejorar a Colombia requiere el esfuerzo mancomunado de todos los ciudadanos, hacia un norte claro, basado en el respeto al diferente y en la convicción de alcanzar soluciones compartidas. No se trata de encontrarse en lo que ya se comparte, sino en lo que se disputa: en forjar una identidad colectiva entre quienes pensamos diferente. Y Colombia necesita exactamente eso.
Los retos que se vienen —en energía, finanzas públicas, salud, seguridad— son demasiado grandes para un solo sector del espectro político. Exigen consensos, evidencia y la convicción de que quien piensa diferente no es un enemigo a extirpar ni un esclavista —como ha repetido el actual primer mandatario—, sino un interlocutor necesario. Lo que necesita Colombia es unión, experiencia y la construcción de un mejor país entre diferentes.