Se ve a gusto el señor Petro en la isla Gorgona. Mientras su departamento, Córdoba, naufragaba en las aguas del crudo invierno, él viajó a la isla paradisíaca en plan oficial, pero de gusto personal y turístico, al lado de una muchachona que, según las voces entendidas, era más bien un muchachón de piernas gruesas, al que uno de los contertulios, usuario de la red social X, dijo que en el lenguaje de sus aptitudes amorísticas se denominaba Valentina Castro.
La llevaba de la mano, como hace un tiempo llevaba a otra (u otro, que por allí es la cosa) en Panamá y así mismo a otras muchas (u otros) en Europa, según lo cuenta Leyva, sin que se escape el señor actor pornográfico Juan Carlos Florián en París, al que llevó después a ser ministro de la Igualdad durante ocho meses. Me siento feliz, decía en uno de sus discursos en el que se hinchaba su orgullo y su libido, siempre lista, cuando puede entrar en la encrucijada de los sexos. Ese, para desgracia de este país sumido en el abandono, es el grácil Petro, el de los discursos trasnochados y sin fin. Aunque su método siempre sea sentirse la víctima de los atropellos de los demás, llegó a hablar de Jesús de Nazaret como su émulo y además proclamó que había tenido mujeres y amores.
Ah, la felicidad, qué bueno que los hombres gocen. Sí, pero no por cuenta del erario público, que él gasta a rodos, que para eso está el discurso y el papel de víctima que siempre asume, mientras a todos nosotros nos despliega la posibilidad de un mundo socialista y comunista. En ese funesto caso, aquella felicidad del gobernante se torna en el abandono de la mano de Dios, para una población creciente y agobiada. Pero quiere repetir y poner a su sucesor.
No se puede olvidar que ha entregado contratos múltiples y por cifras enormes, como lo advierten con pruebas todos los medios de comunicación. Todo eso, por supuesto, para ganar las elecciones, como hizo en la campaña de su elección, con dineros adquiridos y silenciosos de lo que se llamó el Pacto de la Picota. Malhadado sistema en el que unos pocos se hacen ricos, no obstante que se acabaron las drogas para los hospitales y puestos de salud.
Tampoco escapa a nuestra memoria el recuerdo de Héctor Cámpora en la Argentina, al que Perón hizo elegir presidente para que le entregara el poder, tal como ha pensado el señor Petro tanto con Iván Cepeda como con el malabarista de Roy Barreras, sin calcular que ambos pueden perder frente a una mujer de prosapia limpia y juiciosa a la que le cabe el país en la cabeza, como Paloma Valencia, o como el propio Abelardo de la Espriella, a quien igualmente le sobresalen virtudes y capacidades.
¿Qué tenemos ahora? Una deuda pública duplicada, cuando el señor Petrosky rompió la regla fiscal y aumentó una deuda que ahora nos come en el pago de intereses y desata un brote inflacionario pavoroso, y al lado un ministro abusivo de Salud, a quien se le oyó decir con orgullo “es que los ricos también lloran”.
Hay una mujer a la que acaba de imputar cargos la Fiscalía General porque, a sabiendas del Presidente, falsificó diplomas para desempeñar un viceministerio. Dos ministros presos por haber dispuesto indebidamente de los fondos de la Ungrd, que se los gastaron en sobornos y ahora ya no existen recursos cuando se desata el desastre pavoroso por las lluvias.
Nada ha habido en este suelo colombiano tan fatal y trágico como el manejo de la economía, derrochando con mano suelta en un plan electoral para su propio beneficio. Y llegaría el aumento inusitado del salario mínimo por encima aún de lo que pedían los propios sindicatos, como un gran factor de desequilibrio. Pero sobre todo lo relativo a la paz, dentro de un programa que buscaba la paz total, pero que en el fondo se trataba de encontrar apoyos guerrilleros, a los que se favoreció a sabiendas de que se estaba impulsando el narcotráfico y la producción de la droga. El señor Petro cae en la desgracia del gobierno USA, con un presidente capaz de todo, que lo declara a él -Petro- personaje de la lista Clinton y a su exesposa, la brinconcita de una época.
Nunca había ocurrido una situación tan severa, que aun la soberbia del señor Petro lo hizo agachar la cabeza para que lo dejaran entrar a la Casa Blanca por una puerta menor. Y se sometió con todo, como ha ocurrido con la señora Delcy de Venezuela. Trump manda a las buenas o a las malas.
Osea que ahora el señor Cepeda, miembro del partido comunista, no goza ya del apoyo integral del señor Petrusko, mientras Roy saca pecho e intriga, que es su forma de obrar. El asunto, pues, tiene unos acumulados agresivos de parte del señor que para mal de nuestras culpas nos gobierna, no por mucho tiempo más. Pero él, comunista venido a menos, no tiene inconveniente para desatar su apetito sexual, sin preguntar, como él mismo lo dice, si se trata de un transeúnte sexual hombre. Que por allí caminan sus sueños principales.