En el complejo tablero político de la Gran Consulta del 8 de marzo, donde nueve aspirantes compiten por el respaldo ciudadano, Enrique Peñalosa fue el último en mover su ficha. Entró como el ‘noveno pasajero’, pero en ninguna circunstancia como un improvisado. Su nombre evoca de inmediato una idea muy específica de país, construida desde el asfalto y pensada para la gente: orden, espacio público, movilidad y, sobre todo, resultados. Para algunos observadores, su candidatura representa la experiencia técnica; para otros, es una apuesta racional y fría en tiempos donde la política parece dominada casi por las emociones y el ruido mediático.

Economista de formación y urbanista por una vocación casi obsesiva, Peñalosa convirtió a Bogotá en su principal laboratorio de ideas. Mucho antes de lanzarse al ruedo electoral, su vida ya estaba ligada al estudio de las ciudades. Su propuesta siempre ha buscado ser innovadora: plantea que las urbes no son solo un conjunto de edificios y vías, sino herramientas para generar equidad urbana. Esta mirada, que prioriza la viabilidad técnica sobre la carga ideológica, ha sido el hilo conductor de su vida pública y es, lo que hoy ofrece al electorado nacional.

Como alcalde de Bogotá en dos periodos (1998-2000 y 2016-2019), dejó una huella que todavía hoy define el día a día de millones de personas. En su primera administración, impulsó una transformación que en su momento parecía una utopía. Su visión se basaba en un principio democrático de que, en una sociedad con grandes brechas económicas, el espacio público de calidad es el lugar donde todos los ciudadanos son iguales. Peñalosa diseñó infraestructura pensada para durar décadas. Bajo este concepto se consolidó la red de Bibliotecas Públicas, concebidas no como depósitos de libros, sino como centros culturales en sectores humildes. A esto se sumaron cientos de parques y alamedas en zonas donde antes reinaba el abandono, bajo la premisa de que un niño en un barrio popular merece el mismo entorno y la misma dignidad que uno en las zonas residenciales especiales.

Uno de los capítulos más recordados -y también más debatidos- es su apuesta por la movilidad. La expansión de la red de ciclorrutas convirtió a Bogotá en un referente internacional antes de que el mundo hablara de movilidad sostenible. Junto a esto, la puesta en marcha de Transmilenio cambió los hábitos de transporte de la capital. Aunque el sistema ha enfrentado críticas y desgaste con el paso de los años, sigue siendo, la columna vertebral del transporte masivo en la ciudad. Después de su paso por la alcaldía, Peñalosa se consolidó como una autoridad global en urbanismo, asesorando a gobiernos en Asia, África y América Latina. Esa visión global es la que hoy intenta aplicar a los desafíos de todo el territorio colombiano.

En su segundo periodo, regresó con un perfil ejecutivo. Se enfocó en sanear las finanzas distritales y en destrabar proyectos estratégicos que llevaban décadas en el papel, como el Metro de Bogotá. Fue una administración de ‘alta gerencia’, a veces criticada por su falta de conexión emocional con las audiencias, pero defendida por quienes valoran que las obras se liciten y se construyan. Bajo su liderazgo, Bogotá alcanzó tasas históricas de reducción de homicidios y se entregaron más de 1200 parques iluminados y canchas sintéticas, con el objetivo de transformar la seguridad desde la recreación y la apropiación del espacio.

Hoy, Peñalosa propone llevar esa ‘capacidad de hacer’ a toda Colombia. Sus propuestas se centran en tres pilares: seguridad con autoridad para fortalecer las instituciones, una revolución en el campo mediante la inversión masiva en vías terciarias para la productividad campesina, y un impulso a la vivienda y el empleo para que más colombianos sean propietarios.

El camino no es sencillo. A Peñalosa se le señala un estilo de comunicación rígido que le dificulta conectar con el sentir apasionado de las masas. Sus detractores critican que, en ocasiones, su rigor técnico parece imponerse sobre el diálogo social. En esta consulta de perfiles diversos, Peñalosa ocupa el lugar del ejecutor. El interrogante que queda es si el electorado, en medio del desgaste institucional, buscará un líder que lo emocione o un gestor que, con método y rigor, prometa poner orden a la casa. La jornada electoral determinará si el país está listo para validar este modelo o si prefiere rumbos liderados por la retórica y la política de las emociones.