Cuántas veces tenemos la sensación de que todo se acabó, de que ya no existe el futuro y de que estamos esposados a lo que el socialismo del Siglo XXI le está machacando diariamente a la agenda de Iberoamérica.

Este mal denominado socialismo con su agenda pesimista y cataclísmica, tiene expresión en una receta copiada del Psoe español, del cubano castrismo o el madurismo venezolano, con la cual pretenden cambiar la cruda realidad a fuerza de la mentira repetida, para declararse inocentes y víctimas del destrozo que producen ellos mismos con sus gobiernos. Mientras colapsan los sistemas de salud, educación, energía, vivienda, las infraestructuras, los ingresos públicos de la mano de pésimas políticas y del gasto politizado y estéril.

La cuestión es si estamos en forma inexorable sometidos a jugar en esta cancha o debemos dejar que sucumban en su propio juego y avanzar hacia un mañana que reconozca los avances innegables de las políticas públicas del pasado que permitieron disminuir la pobreza y generar bienestar a partir de la seguridad de los ciudadanos y de las reglas de juego, en un marco de confianza para la inversión privada.

¿Por qué tendríamos que renunciar a ello si en el pasado dimos muestras de lograrlo con los pactos del frente nacional, los que condujeron a la nueva Constitución, los gobiernos recientes con sus planes de desarrollo y políticas públicas concertados o acciones de los empresarios como Compromiso Valle, después del estallido social, replicado en todo el país y aun por fuera?

Pienso que la clave es reconstruir la confianza, con carácter urgente remontar la desconfianza, habilidosamente sembrada para polarizar y con ello ganar votos, poniendo a los electores a votar con odio por el contrario. Desenmascarar el juego sucio del oponente siempre ha sido la mejor forma de vencerlo.

El “Edelman Trust Barometer 2026” que mide precisamente la confianza dice que de cada 10 personas 7 expresan desconfianza en los demás y habla de la tendencia a enclaustrarse, a estrechar el debate público, del retiro del diálogo y del compromiso.

Muy parecido a lo que estamos viviendo en Colombia, donde la polarización se convirtió en una condición inexorable que fomenta la distancia, impide la conversación como fuente de conocimiento y de valor y se denigra del contrario antes de escucharlo para saber si tiene algo de razón.

Por eso es tan peligroso jugar en la cancha de quienes quieren desinstitucionalizar, pasando por encima del Congreso, las cortes, los gremios. Es precisamente dignificando las instituciones cómo se logra a través de ellas el debate expuesto al público y dialogar alrededor de los grandes temas para aumentar la confianza y generar consensos.

No podemos convertir todo en crisis, para que el miedo y la zozobra convierta todo en sospechoso, aun lo bueno que es mucho.

Colombia es valorada en el mundo por su democracia, ella se basa en sus instituciones, hacerle el juego a esa especie de nuevo orden institucional sobre el cual nos alertaba recientemente el embajador Kevin Whitaker, con reyezuelos y dictadores o quienes se comportan como tales en los países, sería nuestra mayor desgracia.