Se han escrito y habrá muchas más líneas, voces e imágenes desde distintas perspectivas y experiencias para dar cuenta de la trayectoria y gran legado personal y político de Antonio Navarro Wolff. Siendo así, desde donde a mí me consta, seré breve…

Lo conocí con el nombre de ‘Agustín’ en la gestación del llamado Frente de Guerra Occidental que bajo el mando de Carlos Pizarro se creó en las montañas del norte del Cauca y sur del Valle en los comienzos de la década de los 80 y lo encontré años después en la firma de la Tregua para el Diálogo Nacional en Corinto (C) en agosto de 1984, en tiempos del presidente Belisario Betancur.

Sucedió luego el atentado casi mortal con granada en una pequeña tienda muy cerca del Hotel Intercontinental en Cali cuando justamente ejercía, junto a otros compañeros, la vocería en la legalidad de esa guerrilla que intentaba por primera vez explorar un camino hacia la paz negociada y que al final resultó ser una posibilidad fallida.

Conversamos varios años después en Managua (Nicaragua) a propósito de unas coordinaciones de actividades militares que suponían mi participación en el conflicto salvadoreño. Pero más adelante, estando yo aún en la guerra en Centroamérica, lo reconocí (por informaciones de prensa) en la más compleja y valiosa de todas las tareas, por las implicaciones que tenía: mantener firme la voluntad de paz de la guerrilla del M19 en la paz pactada de 1990, luego del asesinato de Carlos Pizarro.

Y es justo, de allí en adelante, que hay que enaltecer el legado de Antonio Navarro, que acrecentó los atributos que bien le habían distinguido siempre, incluyendo una inteligencia notable, ser un gran conciliador, su capacidad de liderazgo colectivo y contar con un extraordinario sentido del humor, además de lucirse siempre como un gran bailarín de salsa.

Para mí, como ningún otro, Navarro encarnó siempre lo mejor del real espíritu del M19, convencido de la necesidad de cambios y transformaciones producto de acuerdos y no de imposiciones (Constitución de 1991), proclive a construir consensos antes que alentar rupturas y decidido militante de la paz y la democracia.

Y destaca que en su larga trayectoria pública como dirigente político y gobernante no hubiera existido nunca una denuncia por hechos de corrupción o por cuenta de algún escándalo personal.

Una anécdota, entre muchas. Cuando nombraron a Antonio Navarro Ministro de Salud en el gobierno de César Gaviria, el conocido periodista Yamid Amat en tono provocador le preguntó si prefería una capucha de guerrillero o una mascarilla de médico, a lo cual respondió con su habitual agudeza e irreverencia: “Siempre la cara limpia y de frente al país”.

Pasarán a la historia también dos hechos: su incursión fantasmal en un debate presidencial en televisión entre Ernesto Samper y Andrés Pastrana al que no fue invitado y el sello propio de aquella campaña de Antonio Navarro: “¡Palabra que SI!”.