No precisamente. La bicentenaria tradición electoral colombiana que no encuentra pares en algunos de los países más desarrollados va a celebrar un nuevo evento electoral, pero en este caso se trata de una decisión que algunos llaman existencial, porque de alguna manera define una escogencia entre un modelo que ha tenido vigencia por más de 200 años, y una propuesta, no muy bien precisada, que puede cambiar para siempre el rumbo de la democracia colombiana.
No es esto lo que normalmente ocurre en un proceso electoral. Es que las papeletas de votación se inventaron para resolver muy pacíficamente entre alternativas que no tenían un significado tan dramático.
Es que una cosa era escoger entre un candidato liberal y uno conservador o entre un candidato del centro democrático y uno liberal o entre dos aspirantes que, sin tener estas marcas partidistas, representaban lo que normalmente ocurre en una elección, o sea una escogencia no catastrófica entre cualquiera de los aspirantes.
El presidente Trump ha caracterizado la aspiración de la izquierda colombiana, como la de un marxismo radical. ¿Y qué quiere decir esa expresión?, ¿acaso un gobierno al estilo de los de Chávez y Maduro, o a los de los hermanos Castro, en Cuba, o al de Ortega en Nicaragua? Pues todos ellos son indeseables porque han significado la ruina de esos países, el empobrecimiento generalizado y la pérdida de la libertades.
Pocas veces un electorado había estado sometido a un dilema de esta naturaleza. Muchos prefieren votar en blanco porque no encuentran apropiado votar por ninguna de las dos opciones disponibles, pero en esta ocasión el voto en blanco no tiene ningún significado distinto al de la indiferencia, que en la mayoría de los casos no es precisamente lo que quieren significar los votantes, ni el rechazo efectivo a ninguna de las opciones. Este es un momento electoral que requiere adoptar con firmeza una decisión y es un error enorme esconderse detrás del voto en blanco.
No estamos escogiendo entre Luis Carlos Galán y Álvaro Gómez, ni entre Mariano Ospina Pérez y Jorge Eliécer Gaitán o Gabriel Turbay, y así de otros contiendas electorales. Esta vez la decisión está entre dos visiones radicalmente diferentes del modelo político y del modelo económico y social. Es un caso en el cual, si se pierde, el votante de uno u otro lado, no se va tranquilo a dormir. Seguramente se irá, según el caso, con el sentimiento de que nada va a cambiar o de que habrá un cambio radical, que no sabe en qué medida lo va a limitar a él y a sus descendientes; por eso se dice que es una decisión existencial. Es que está en juego mucho más de lo que siempre ha estado en cualquier proceso electoral, en circunstancias normales .
Infortunadamente, no se ven las orientaciones políticas de los más altos dirigentes. Nos acercamos al día de la votación, faltan pocas horas, sin contar con discursos políticos que le ofrezcan a los votantes, en sus diferentes matices, orientaciones políticas de sus dirigentes creíbles con respecto a la decisión que tienen que tomar el 21 de junio.
Al parecer, la vida política en su más alta y significativa expresión ha desaparecido.