En medio de una mala noticia, alguien te dice ‘sé positivo’, una frase que no consuela, sino que ordena. Como si el dolor fuera una falla en la actitud. Pero la ciencia no entiende el optimismo como una sonrisa obligatoria. Para ella es más una forma de relación con la realidad, donde se debe reconocer lo difícil sin quedarse a vivir ahí, y elegir respuestas que abran margen de maniobra.

Cuando investigaciones hablan de ‘positividad’, no se refieren a frases motivacionales. Se refieren, sobre todo, a dos cosas: la tendencia a recuperar ánimo con cierta frecuencia y la expectativa razonable de que se puede salir adelante.

Lo más valioso, además, no es lo que esa actitud ‘produce’ en el cuerpo. Una revisión meta-analítica sobre optimismo y ‘coping’ muestra que las personas más optimistas tienden a usar más estrategias de aproximación —planear, actuar, pedir apoyo— y menos estrategias de evitación —negar, desconectarse, postergar—. En la práctica, esto es quedarse rumiando o dar un paso, aunque sea pequeño.

Ahora bien, el optimismo no elimina el miedo ni la tristeza. Los acompaña para que no tomen el volante. Es una disposición a buscar opciones, a sostener el esfuerzo cuando la emoción pide rendirse.

Adicional a esto, tiene repercusiones positivas en el cuerpo. En investigaciones experimentales sobre resfriado común, un estilo emocional más positivo se asoció con menor probabilidad de desarrollar un resfriado objetivamente verificable tras exposición a virus respiratorios. Y en un estudio con vacunación contra hepatitis B, niveles más altos de afecto positivo se asociaron con una respuesta de anticuerpos más robusta. Nada de esto es un escudo infalible, ni reemplaza tratamientos, pero sí sugiere que lo que sentimos y pensamos influye en lo que hacemos y cómo regulamos el estrés.

Según la psicología, la teoría 'broaden-and-build’ refiere que las emociones positivas —incluso pequeñas— amplían por momentos la mente. Nos vuelven más flexibles, nos permiten ver alternativas y conectar con otros. Con el tiempo, esos momentos construyen recursos que sirven cuando llega la adversidad.

No se necesita nacer con optimismo. Meta-análisis de intervenciones de psicología positiva (como la gratitud y fortalezas) muestran aumentos modestos pero consistentes en bienestar y reducciones de síntomas depresivos, especialmente cuando se sostienen. Esto, a menudo combinando herramientas de terapia cognitivo-conductual y mindfulness, también reporta mejoras en medidas de resiliencia.

Con todo y eso, vale la pena decir que la positividad tóxica existe. No se trata de sonreír sobre el dolor ni de prohibirse emociones difíciles. Se trata de un optimismo exigente, donde se debe nombrar lo que duele, distinguir lo que controlo, pedir ayuda cuando haga falta y elegir una acción concreta hoy.

Así que el manejo del optimismo quizá sea el más contraintuitivo: el optimismo no consiste en sentirte bien; consiste en seguir avanzando cuando no te sientes bien. En días difíciles, no busques una sonrisa, sino mejor busca un ancla. Pregúntate: “¿Qué puedo mover hoy, aunque no pueda moverlo todo?”. Y respóndete con acciones: pedir apoyo, poner un límite, volver al cuerpo, ordenar una idea, empezar a escribir, caminar diez minutos, hacer esa llamada que has evitado.

La mejor forma de enfrentar una situación no es huir de ella, sino reconocer la tormenta y aplicar un método para avanzar: primero busca tu ancla, luego da pasos pequeños.