Eres religioso cuando formas parte de un credo, y sigues todo o parte de lo que enseña o prohíbe.

En esa religión, como en todas, hay luces y sombras. Toma lo que sirve y deja lo demás.

Me decía una joven en una terapia: “Yo soy una católica relajadita, muy relajadita”.

Y agregó: “Respeto, pero no comparto un buen número de reglas y prohibiciones”.

En mi recorrido vital y mi servicio como guía son muchos los que son bien relajaditos.

Es que a los credos les cuesta mucho cambiar. Se aferran a tradiciones creadas por ellos mismos.

Un ejemplo es el celibato que causa tantos males, pero la Iglesia para nada piensa en suprimirlo.

Amas si respetas, y te amas si cuestionas creencias que no vienen de Dios y son todas.

Decreta esto con amor y fe: “Dios me amas, te amo y me amo. Tú y yo somos uno. Si vivo en amorosa comunión contigo siento calma en mi alma a pesar de los azares y el infortunio.

Todo eso es pasajero y, con amor verdadero y una fe sólida, lo pesado se torna liviano. La verdad es que todo fluye en paz, cuando me acepto y acepto la realidad sin hacer resistencia.

Por eso medito, te siento y tengo calma y paciencia. Soy consciente de que hay tiempos de desierto. Todo tiene un sentido y puedo ver como perfecto lo que parece malo o imperfecto.

Creo firmemente que tu amado Dios siempre estás contigo, me amas, me bendices y me acompañas. No siento la soledad. Ella no existe cuando creo en tu amorosa y constante presencia. Gracias. Hecho está”.