Aunque aún se atribuye la autoría del Apocalipsis, con sus admoniciones sobre la muerte y el fin del mundo al apóstol San Juan, es lo cierto que tal hecho no está probado -y seguramente no lo estará- aunque habrán de gravitar por el mundo los cuatro jinetes de esa obra, que en realidad pareciera ser la historia mortal y el fin del mundo, aunque no tengan el designio fatalista de aquella obra estremecedora.
Se le tuvo horror en el pasado a los desarrollos apocalípticos, que entregaban al público ciertas formas de veracidad con las guerras y las armas destructivas a las que ha llegado el hombre. En mi obra ‘Momentos y personajes de la Historia’ citó a un emperador llamado Otón III de Alemania, que escribía al comienzo del año 1000: “Nosotros, los que vivimos al final de los tiempos ...” Y él creyó tan firmemente en que ese era el final de todo, que se murió de perfil, como lo escribiera Lorca en relación con Antoñito el Camborio.
Así que es muy posible que el mundo no se acabe ahora, a pesar de los desastres naturales del terremoto, de la sequía de las fuentes de agua, del exceso de lluvias torrenciales y el secamiento de los ríos y lagos, en fin, de los derrumbamientos de edificios enteros con la gente dentro, a lo que se agrega la violencia extrema y poderosa de los malvados, que matan y matan y hacen sentir su arrogancia, mientras los pueblos sufren además los daños de una política malhadada y del enseñoramiento del crimen y el dinero maldito de la droga y los asaltos y negociados, después de los cuatro años terribles de gobierno del señor Petro.
Todos los días nos sorprende el descubrimiento de nuevas fechorías y del desgreño en que incurrieron Petro y toda su camarilla familiar y amigas enamoradas, y algo más.
Realmente no ha existido un gobierno más malvado y pervertido. Y es de anotar que tales infamias las hicieron en todas partes, hasta que finalmente llegaron a ese imperio económico de Ecopetrol, bajo el manejo de la señora Verónica Alcocer, quien sembró al lado del presidente Ricardo Roa un instrumento de corrupción en el que se destacaron unos españoles, amigos así mismo de Petro, y a los que llamaban tranquilamente los “verónicos”, listos a apañar chorros de dinero que hicieron tambalear a esa empresa, antes la más poderosa del país. ¿Cuánto se robaron? Incalculable.
Pavoroso que el señor Petro nos haya hecho sentir el Apocalipsis y que, cuando nadie lo esperaba, la economía que él había inflado en su propio beneficio y en el de sus partidarios, se fuera derrumbando con una deuda exterior que oprime, como le ocurrió a la Argentina durante más de veinte años, en la era del peronismo, que de derecha pasaron a la izquierda, sin que se estremeciera el pétalo de una rosa.
Desde luego que no ha llegado el fin del mundo, ni andan sueltos los cuatro jinetes del Apocalipsis. Hoy hay un gobierno fuerte en el país, que lo primero que está haciendo es conquistar la paz. Los facinerosos armados, que crecieron bajo el llamado “Plan de la paz total”, se tornaron en los poderosos dueños de la economía y han mantenido a un pueblo arrinconado mientras ellos se pasean con sus parejas y muestran sus armas listas para ser usadas.
Más hay que celebrar que las armas de la República allí están afrontando a los bandidos con dos alternativas: O se entregan o mueren en el combate, bajo el imperio de la ley y el derecho. Ellos se han apoderado hasta de las cárceles y matan como si se tratara de un carnaval.
O sea que el derecho y la paz retornan a su cauce. Renato Flavio Vegecio, en Roma, lo dijo con un hondo sentido práctico y legal: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Por manera que si son ellos, los bandidos, los que han declarado la guerra, a la democracia y al derecho les corresponde imponer la mano dura, tal como la está aplicando el nuevo presidente Abelardo De La Espriella, valeroso y decidido.
Y los que creemos en la necesidad de mantener vigente la democracia, debemos apoyar esos esfuerzos, que son los mismos nuestros y de la civilización y el orden.