George Orwell, un conocido periodista británico, escribió en 1948 una novela llamada 1984 (invirtiendo los dos últimos números) en la cual construyó la distopía (contraria a la utopía) de lo que sería el mundo en esta fecha de continuar las tendencias que en ese momento observaba en el fascismo y el estalinismo. Cumplido el plazo el libro fue llevado al cine bajo la dirección de Michael Radford, en una versión que reconstruye, con sus colores sombríos, el ambiente de esas épocas. El adjetivo ‘orwelliano’ se convirtió en un referente emblemático para aludir a regímenes en los que predomina una vigilancia excesiva de la población.
No obstante, las tendencias señaladas por Orwell no se cumplieron. Después de la Segunda Guerra Mundial se impuso la democracia como nunca antes y los regímenes socialistas, donde se albergaba el totalitarismo, se fueron poniendo en cuestión hasta su caída definitiva en 1989-1992, con contadas excepciones. El control social comenzó a alimentarse, no sólo de vigilancia, sino de propuestas hedonistas, triviales y consumistas. Sin embargo, en los albores del siglo XXI, parece que Orwell está de regreso, como veremos enseguida.
El pasado 19 de julio se cumplió un aniversario más de la llamada ‘revolución sandinista’ que en 1979 derrocó el régimen de Anastasio Somoza, cuya dinastía familiar había permanecido en el poder desde 1936, con toda clase de oprobios. La oposición estaba compuesta por grupos de diversa procedencia que incluían sectores empresariales, Iglesia Católica, movimiento obrero, conservadores, comunistas, y las guerrillas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FMSLN). Cuarenta y siete años después la situación de ese país es caótica y los resultados son nefastos.
Daniel Ortega, el gran líder del FMSLN, se impuso en las elecciones de 1985 pero, a pesar de que su movimiento conservaba una cuota muy alta de poder, perdió una seguidilla de elecciones en 1990, 1997 y 2001. En 2007 regresó al poder con intenciones de no dejarlo nunca y a partir de ese momento comenzó a desmontar las instituciones que limitaran su manejo autoritario: eliminó la prohibición de la reelección presidencial, canceló la personería jurídica de los grupos de oposición, estableció un dominio sobre el sector judicial y electoral, impuso un “modelo familiar” con su esposa como vicepresidente etc.
A partir de los disturbios de 2018 la situación se hizo cada vez más difícil con el uso indiscriminado de la violencia, la represión policial y la persecución de los opositores, la criminalización de la protesta social, la corrupción, la persecución de la prensa y demás. En 2025 hizo aprobar la figura de “copresidente” en cabeza de su esposa y estableció claramente la sucesión del cargo en su hijo.
Todo ello configura no propiamente una dictadura, como las que conocimos en América Latina, sino un régimen totalitario como los descritos por Orwell, que ya se creían superados en el siglo XX, en los que se niega legitimidad al conflicto político y la posibilidad de aspirar a gobernar a los grupos de oposición.
El pueblo es supuestamente quien ejerce la presidencia, el único que tiene la potestad de decidir, a través de un tirano, que se presenta como su encarnación. En la lucha contra los ‘enemigos del pueblo’ se legitima cualquier forma de violencia, nos dice el investigador francés Gilles Bataillon, gran especialista en el tema: “El pueblo tiene todos los derechos y ninguna ley puede limitar su voluntad”. Los antiguos militantes del movimiento fueron cayendo uno por uno, con el cargo de ser “apátridas”. Los opositores fueron enviados al exilio y privados de la nacionalidad.
La paradoja es que las características de la dictadura de Somoza, contra la cual se había organizado la ‘revolución sandinista’, se repiten aquí en condiciones similares, en el marco de unos supuestos ‘ideales revolucionarios’. Una nueva dinastía reemplaza una antigua dinastía, con todos sus horrores. Esta crónica es representativa de lo que ha sido la tragedia de los “movimientos revolucionarios” heredados del siglo pasado. La conclusión final es que sólo en el marco de una democracia, donde no se confunda la ley con la voluntad del gobernante, es posible el cambio social.