El señor Iván Cepeda puso una nota al pie de declaraciones suyas en su cuenta de X, prohibiendo que mi hija Marcela y yo tocáramos sus escritos o los comentáramos. No era necesario que de manera tan mezquina lo hiciera, porque tengo el derecho de opinar y dar a conocer verdades que él oculta. Es la Constitución la que me lo permite y mi propia conciencia. Porque no somos capaces, mi hija y yo, de violación alguna de la verdad y no escribo esta columna sino con conocimiento pleno del asunto, que en su caso conozco bien -por memoria-. Él -Cepeda- pertenece al partido comunista colombiano, como pertenecieron sus padres. Algo que mantiene en silencio, pues solo se ha montado en el Pacto Histórico como asociado.

Puedo decir que Cepeda siempre muestra una cara y oculta otra, como todos los comunistas. Hacen un discurso de apariencia democrática, pero si por desgracia alcanzan el poder, no lo sueltan y desatan la virulencia que han mostrado, por ejemplo, en la dictadura cubana desde Fidel, dentro de la cual el que se atreva a decir algo contra el régimen, va a la cárcel por años. A cuántos fusiló Fidel y cuánta opresión han tenido que soportar los antaño alegres cubanos. Y por supuesto sobre este asunto no es más que recordar el sistema estalinista, que hoy tratan de revivir dentro del neocomunismo.

Que Cepeda ha sido amigo y partidario de las Farc, no es discutible. Su padre también lo fue, desde que, bajo la inspiración de Jacobo Arenas, oficializaron a las Farc como una entidad del partido, que hacía propicia la revolución que les permitía -según el comunismo- combinar todas las formas de lucha. Violaron, secuestraron, asesinaron, extorsionaron e infundieron el terror diabólico en los territorios y en todo el país. Y allí estuvo Iván Cepeda como un bastión de esa lucha, aunque figurara que solo era un ‘gestor’ de paz.

Petro conoce todas estas andanzas, que también han sido las suyas propias, como lo son ahora. Cepeda logró acuñar mucho dinero por pago del Estado por la muerte de su padre. Y con ese dinero en el bolsillo enfocó, de su propia iniciativa o del partido, a Álvaro Uribe y visitó cárceles y ofreció billetes y ventajas. Como lo ha informado la prensa, a la mujer de Monsalve le dieron una finca cerca a Ibagué que costó un billete grande. Y anduvo -Cepeda- un tiempo largo acomodando pruebas contra Uribe. Forma en que logró llegar hasta la condena en primera instancia, en una sentencia malograda, porque en la segunda instancia fue revocada por el Tribunal desbaratando todos los embustes y jugadas diabólicas del señor Cepeda. Allí está esa sentencia que culmina con absolución, la que hemos visto y leído los colombianos por los medios de comunicación, plenamente en vigencia. Y ahora Cepeda, con la misma mezquindad de antes, cobra como un mérito personal esa primera sentencia, a pesar de haber sido revocada, para llegar a la Presidencia de la República. ¡Por Dios!

Mientras tanto, el país sufre los males de la salud, que arruinaron, y el aumento de la violencia por parte de los malvados, a los que ha tratado de favorecer el señor Petro. Son abismantes sus desmanes y el gasto de una economía enfilada a desmejorar a la clase media, que odia, y a los pequeños y medianos industriales, que cuando les aumenta el salario mínimo en pro de una demagogia electoral forzada, tienen que disminuir el empleo, mientras se desata un fenómeno feroz de inflación, al que seguirá la devaluación que habrá de golpearnos a todos, sin que nadie se favorezca. Así lo han hecho ver los expertos. Y el rancho ardiendo, con Cepeda como el nuevo beneficiario del asunto.

Así, pues, según los planes de Petro y Cepeda, a base de incentivos generados contra la Carta y el erario público, podrían llegar al poder con un séquito de aduladores que odiarán a la gran mayoría de los colombianos. Y Cepeda cree que él es el ungido por una democracia movida arbitrariamente por ese neocomunismo. La revolución, en la que será distinto el discurso, como lo fue el de Fidel, el de Chaves y el de Maduro, al igual que el de Ortega como revolucionarios, después de que se tomaron el Gobierno.

Estas son verdades que comprueban la historia y que, por su arbitrariedad, significan el gravísimo peligro en que nos encontramos, si es que los noventa y pico de autocandidatos no llegan a un estado de conciencia que supere las vanidades personales. Así lo ha señalado Álvaro Uribe con un alto sentido de su responsabilidad histórica que hace ver, anticipadamente, a Cepeda como el próximo presidente de los colombianos. Eso, en verdad, podría pasar y pasará, si la razón de todo este enjambre de vanidades no ve, por su propio orgullo, como podríamos perderlo todo en un día condicional del cual ya tengo una clara memoria anticipada.

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