Me encantan las personas soñadoras. Para aquellas que viven fantaseando y se imaginan paraísos y hasta son capaces de creerse sus propios sueños, mis respetos.

Sé que muy pocos de esos seres logran que se vuelvan realidad todo aquello que les ronda en sus cabezas y que incluso son tildados además de locos -por quienes también tengo mis debilidades- y son excluidos pues viven en otro mundo.

Creo que por eso una de mis películas favoritas es ‘La vida es bella’, cuya banda sonora me retumba en la mente cada vez que me topo con un soñador de esos a quienes -para caricaturizarlos- los señalan acusándoles de que les falta un tornillo.

Pues bien, hoy me quiero referir a un soñador de realidades, al que le sonó la flauta y de qué manera. ¿Que cómo y por qué? Porque tuvo la inteligencia, la cordura y ese ímpetu que poseen pocas personas para superar con tenacidad y oídos sordos lo que para muchos era un imposible.

Me refiero a Belisario Marín Montes quien a sus escasos 66 años entregó su cuerpo a la voracidad de la tierra dejando una estela inmortal en la historia del turismo nacional que logró dividir en AB y DB (antes de Belisario y después de Belisario) y déjenme decirles por qué:

Hasta su irrupción en este mundo mágico, viajar era cosa de ricos. Muy pero muy pocos mortales podían montarse en un avión, conocer otros mundos y esos paraísos reservados para unas escasas minorías que podían meterse en los mares de los siete colores, o caminar por la calle Floridita o por la Gran Vía o por los Yores, o disfrutar las ciudades del Sol, de la Luz, de las Lunas, actividades lúdicas reservadas para unos privilegiados e inalcanzables para el resto de los humanos.

Y ese milagro lo desmitificó un Caicedonita chiflado que vendió sus primeros tiquetes a San Andrés sin haberse montado nunca en un avión. Y lo consiguió con su desbordante imaginación y su labia convincente y arrolladora.

Desde luego que le hicieron el fo los señorones y las papisas dueñas del turismo, que no creían posible la proletarización de esta actividad y fue objeto de burlas y mofas por ser un pueblerino estentóreo que iba a tumbar a sus escasos clientes.

Pero sucedió todo lo contrario: Belisario - a quien se atrevieron a llamarle Belisaurio- les resultó general, o mejor capitán, habida cuenta la gorra que siempre le acompañó, y sin más capital que un verbo impresionante montó su agencia de viajes acompañado siempre de sus familiares y de quienes poco a poco comenzaron a creerle sus delirios que podrían recordarnos a un Walt Disney criollo. ¿O no?

Acusado de promover el que llamaron turismo chancletero o “plan sirvienta”, comenzó un ascenso vertiginoso de popularización de los viajes que lo llevó a ser el mayor vendedor de excursiones para los de a pie, creando una legión de seguidores y seguidoras que gracias a él conocieron el mundo entero y fieles se le apuntaban a sus tours por la conchinchina y hasta la pe eme.

Y no solo eso. También se volvió un promotor del turismo nacional ofreciendo unos paquetes para visitar y conocer las bellezas de nuestro país a precios irrisorios porque conseguía descuentos inimaginables en transportes y alojamientos .

Ha pasado a otra dimensión un grande del turismo nacional. Se lo llevó el covid el día menos pensado y no sería raro que en este momento esté planeando una excursión al más allá a la cual muchos nos apuntaremos encantados, así sea sin tíquete de vuelta para nunca jamás volver .