La inteligencia artificial nos está permitiendo hacer en minutos tareas que antes requerían horas. Sus posibilidades son extraordinarias y apenas comenzamos a descubrirlas. Sin embargo, mientras aprendemos a aprovechar estas herramientas, también estamos cambiando nuestra manera de pensar y tomar decisiones, sin ser conscientes de ello.
Una investigación publicada en 2025 por Microsoft Research y Carnegie Mellon University, realizada con 319 profesionales, encontró que una mayor confianza en las respuestas de la inteligencia artificial estaba asociada con un menor ejercicio del pensamiento crítico en las tareas estudiadas. Los investigadores no concluyeron que la tecnología nos vuelva menos inteligentes, pero sí identificaron como un riesgo que, cuando confiamos demasiado en sus resultados, podemos reducir el esfuerzo que dedicamos a comprender y evaluar la información.
Una herramienta que amplía nuestras capacidades también puede modificar los hábitos que utilizamos para desarrollarlas. Si dejamos de resolver problemas por nuestra cuenta, podríamos perder oportunidades de ejercitar habilidades que necesitamos precisamente para aprovechar mejor la tecnología. Sin duda, una de las habilidades más importantes de los líderes en nuestra actual coyuntura es la solución de conflictos y la adaptabilidad. Si no estamos fortaleciendo esa capacidad, nos estamos alejando de lo que demandamos hoy por hoy. Además, recordemos que la facilidad para obtener una respuesta no garantiza que hayamos comprendido verdaderamente el problema.
En Magnifica Humanitas, el Papa León XIV amplía esta discusión. El texto advierte sobre el riesgo de convertir la eficiencia en nuestra principal medida de valor, hasta el punto de considerar al ser humano como algo que debe optimizarse permanentemente. También recuerda que nuestra inteligencia se desarrolla a través de experiencias y relaciones que no pueden reducirse al procesamiento de información.
Una herramienta tecnológica puede ayudarnos a redactar una disculpa, pero no asumir la responsabilidad de pedir perdón. Puede organizar argumentos para tomar una decisión difícil, pero no vivir sus consecuencias. Esa experiencia, que incluye equivocarnos y aprender de otras personas, también forma parte de nuestra inteligencia y de la manera como construimos criterio.
Aprovechar la inteligencia artificial no debería significar delegarle indiscriminadamente nuestro razonamiento. Podemos utilizarla para cuestionar nuestras conclusiones y descubrir perspectivas que no habíamos considerado, en lugar de pedirle únicamente respuestas terminadas. También podemos dedicar el tiempo que nos ahorra a aprender con mayor profundidad o compartirlo con las personas que nos rodean. Su mayor contribución podría estar en ayudarnos a desarrollar nuestras capacidades, no solamente en permitirnos terminar más rápido nuestras tareas.
La encíclica también plantea que el progreso debe preservar aquello que nos hace verdaderamente humanos. Esa reflexión trasciende las creencias religiosas y nos invita a considerar que una sociedad más productiva no necesariamente será mejor si pierde la capacidad de escuchar y actuar con responsabilidad. La eficiencia es valiosa, pero no puede convertirse en el único criterio para decidir qué merece nuestro tiempo y atención.
Sería un error desaprovechar las posibilidades de la inteligencia artificial, así como utilizarla sin pensar en los hábitos que estamos formando. Tal vez el mejor uso que podamos darle sea aquel que nos permita hacer mejor nuestro trabajo y, al mismo tiempo, dedicar más atención a las personas, desarrollar nuestro propio criterio y aprender de nuestras experiencias. Ojalá sepamos aprovechar todo lo que esta tecnología tiene para ofrecernos, sin perder de vista lo más importante: permanecer profundamente humanos.