Carlos Arboleda Conde, a quien no tengo el honor de conocer, ha escrito magistral semblanza de Gertrudis Potes Domínguez, mi personaje inolvidable, que me atrevo a reproducir en esta columna, esperando su comprensión. Es increíble el conocimiento profundo que el autor tiene de la ilustre dama tulueña, pues inserta detalles que ni yo, que tan cerca estuve de ella durante tantos años, conocía. Su texto es el siguiente:
En Tuluá todos la conocían así, con el diminutivo que en la Colombia de entonces reservaba a las mujeres solteras cierta dignidad singular: la señorita Potes. Doña Gertrudis Potes Domínguez, sin embargo, no era una señorita cualquiera. Cuando entraba a la joyería de su propiedad cerca de la plaza principal; cuando pasaba por la Bomba Miramar -la estación de servicio que también le pertenecía-; cuando presidía la boletería del Teatro Boyacá que ella misma gerenciaba; o cuando cruzaba a paso firme el parque del pueblo, los tulueños sabían dos cosas simultáneas: que era una mujer sola, y que en su casa se pensaba a Tuluá.
Su vida era plural. Manejaba una joyería acreditada. Era agente exclusiva de General Electric para Tuluá. Regentaba el Teatro Boyacá, al que ella misma acudía casi todos los días a la función vespertina de las seis y media, cuando las campanas de la iglesia de San Bartolomé anunciaban la hora. Y en medio de todo eso, era el hada madrina de las familias Uribe White y Restrepo White -dos de las estirpes liberales más importantes del centro del Valle- en las que, sin ser pariente ni casada, era el eje afectivo alrededor del cual giraban bautizos, matrimonios, decisiones familiares. Bautizó, entre otros muchos, a Jorge Restrepo Potes, que la conoció de cerca y años después contaría, en columnas de El País, cómo era ser criado por una madrina así.
En su casa -a pocas cuadras del parque- funcionaba lo que la memoria tulueña llamó, sin firma ni acta, el Círculo Potes. No era un partido, no era un club formal, no era siquiera una tertulia con horario fijo; era, más bien, la costumbre tenaz de una señorita liberal -la única de todo el apellido Potes que profesaba esa fe política- de convocar a los hombres que hacían el pueblo, sin importar de qué lado estuvieran. Conservadores y liberales se sentaban en su sala a discutir el futuro de la ciudad, y la señorita Potes escuchaba y al final -siempre al final- proponía.
De aquel salón, con su anfitriona soltera, salieron algunas de las ideas que hicieron a Tuluá una ciudad moderna. El Club Colonial, primer centro social del pueblo, se pensó allí antes de existir. El Aeropuerto de Farfán dio sus primeros pasos entre café y bocadillos en esa misma sala. El Hotel Libertador, que iba a levantarse frente al Parque Bolívar, fue proyectado en aquellas reuniones. Aquel hotel no llegó a construirse: la violencia partidista de mediados de siglo truncó ese sueño como truncó tantos otros. Pero la señorita Potes siguió recibiendo, siguió proponiendo, con esa terquedad tranquila que caracteriza a los tulueños que se niegan a que su ciudad se apague.
La parte final de esta semblanza tulueña aparecerá el jueves 15 de octubre en este mismo espacio.