Desde el 7 de agosto se percibe un estimulante ambiente de cambio: planificación en vez de improvisación, rigor técnico en vez de discursos incendiarios, conocimiento en vez de ignorancia de los temas. Abelardo De la Espriella heredó el desastre que dejó Petro. Indelicados como eran en ese gobierno, después de la derrota siguieron firmando millonarios contratos, creando notarías y cargos innecesarios.

Gustavo Petro no estuvo muy conectado con la gestión del día a día de su gabinete. Consideró que su tarea no era hacerles seguimiento a las obras y a la gestión pública. Esa era competencia de los ministros y de otros funcionarios del gobierno. Para Petro, gobernar no era administrar. Su demagogia fue muy efectiva para ganar elecciones, pero suele ser poco efectiva para gobernar y resolver los problemas de un país tan complejo como Colombia.

Hay que recuperar al país de la mala hora que ha vivido. Es necesario el destape de la enorme corrupción del mandato de Gustavo Petro. Estemos atentos a los resultados del balance de la calamidad que se heredó porque los colombianos tenemos derecho a conocer los detalles de los robos efectuados en su cuatrienio.

El grupo encargado del empalme tiene otra responsabilidad, como es reunir las pruebas para consolidar un paquete de expedientes penales contra los responsables de este saqueo. No puede haber impunidad. El país debe conocer la identidad de los culpables, quienes tienen que ir a la cárcel.

Las revelaciones sobre la corrupción que caracterizó el gobierno de Petro evidencian que estamos ante un macrocaso de corrupción que combina varias formas de saqueo del dinero de los colombianos, tráfico de influencias para contratos indebidos, comisiones millonarias y abusos de poder.

Una vez terminado el periodo de Petro, su gobierno será recordado como la oportunidad peor aprovechada por la izquierda colombiana. El expresidente deja una izquierda frustrada tras dilapidar una ocasión histórica. Terminó siendo un político más que acabó cerrándole la puerta a la izquierda, quién sabe hasta cuándo.

La gestión de Abelardo De la Espriella no puede medirse con la vara de Gustavo Petro. El punto de referencia debe ser otro. Colombia necesita un presidente que entienda que gobernar no consiste en ganar la comparación con el pasado, sino en estar a la altura del presente.

No hay sector estratégico que no haya quedado peor que antes: seguridad, salud, energía, educación, pensiones, relaciones internacionales, infraestructura, situación fiscal. El error de la izquierda, histórico en sus consecuencias, fue haber elegido a alguien con tantos defectos personales. Se fue sin legado y en la lista Clinton. Prevalecerán primordialmente recuerdos negativos.

Dejó un país más violento, inundado de coca, con las guerrillas fortalecidas y con unas organizaciones criminales envalentonadas. Pero lo más lamentable es que hizo trizas la majestad del poder, fuente de la legitimidad y de la capacidad presidencial para convocar a la Nación y a todas sus instituciones.