No ha sido escogido a propósito el texto evangélico de este domingo. Es el que la liturgia no trae. Se trata del pasaje de San Mateo 15, 21-28. Una mujer cananea que tiene una hija poseída por un demonio, al encontrarse con Jesús, con vehemencia le llama la atención diciéndole en dos ocasiones: “Ten compasión de mí, Señor Hijo de David” y luego, “Señor, ayúdame”.

Lo que nos ha tocado vivir en estos días con ocasión del terremoto del pasado lunes 10 de agosto, seguramente nos ha hecho repetir muchas veces las mismas palabras de la mujer que tenía tanto dolor por el problema de su hija. “Señor, ayúdame”, “Señor, ayúdanos”.

Hemos clamado al Señor que tenga compasión de nosotros los colombianos. El terremoto que afectó especialmente territorios de Antioquia, Caldas, Chocó, Quindío, Risaralda y el Valle del Cauca nos ha hecho poner la mirada en Dios y al unísono lo hemos invocado, le hemos pedido perdón, hemos implorado su ayuda a través de los voluntarios, rescatistas y personal de salud, pero también hemos pedido su clemencia para con los difuntos y los damnificados de tan doloroso desastre de la naturaleza.

Cuando la mujer insiste en pedir ayuda del Señor, su persistencia y su fe lograron su propósito. Al final le dice Jesús: “Mujer, qué grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas. Y en aquel momento quedó curada su hija”.

Animo a todos los hombres y mujeres, creyentes y no en Dios, cristianos o no, a que muestren los quilates de su humanidad siendo personas creyentes en el poder de quien tanto nos ama; hombres y mujeres capaces de superar las divergencias y de poner en marcha una de las grandes características de los Vallecaucanos y Colombianos, la resiliencia.

Todo para confluir en una caridad eficaz, la que se nos pide en estos tiempos en los que tantos hermanos han perdido seres queridos, han sufrido la inclemencia del sismo o han quedado heridos, y por aquellos que han perdido sus bienes y el sentido y las ganas de vivir.

Desde este espacio, agradezco a todos los que han ayudado a las víctimas del terremoto, personas e instituciones, la gobernadora, alcaldes y alcaldesas del Valle del Cauca, personal de salud, rescatistas, voluntarios y benefactores. A todos el Señor les recompense su entrega generosa y alegre.

Mientras leas este mensaje repite en tu corazón: “Ten compasión de mí, Señor Hijo de David”. “Ten compasión del Valle y de Cali, Señor Hijo de David”.