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El Barroco nos habla con claridad

Un viaje musical por la Europa del concierto barroco...

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Rodrigo Obonaga Pineda.
Rodrigo Obonaga Pineda. | Foto: El País.

7 de oct de 2026, 02:53 a. m.

Actualizado el 7 de oct de 2026, 02:53 a. m.

¿Alguna vez ha escuchado una pieza musical y ha tenido la sensación de que dos instrumentos estaban conversando? Uno pregunta, el otro responde; una voz insiste y otra parece apartarse para regresar después. Nadie pronuncia una palabra y, sin embargo, entendemos que algo está ocurriendo.

Esa es una de las maravillas del concierto barroco: nos enseña a escuchar una conversación hecha de sonidos.

No hace falta ser músico ni conocer la historia de la música para acercarse a ella. Basta con tener curiosidad. Propongo, entonces, un viaje por la Europa de hace unos trescientos años, cuando las partituras cruzaban fronteras, los músicos viajaban de una corte a otra y las nuevas ideas musicales encontraban en cada lugar una manera diferente de expresarse.

Comenzaremos en Italia y seguiremos hacia Alemania, Francia e Inglaterra. No será una lección de historia. Será, más bien, una invitación a escuchar.

Italia: cuando los instrumentos aprendieron a conversar

Italia fue uno de los grandes centros de renovación musical del Barroco. Allí tomó fuerza una idea que cambiaría nuestra manera de escuchar: el concierto.

La fórmula parece sencilla. Un instrumento, o un pequeño grupo, toma la palabra y el conjunto responde. Pero detrás de esa sencillez hay algo profundamente humano: alguien habla, alguien escucha y alguien responde.

Corelli: el comienzo de una nueva conversación

Uno de los nombres fundamentales es Arcangelo Corelli. En sus Concerti grossi, Op. 6, encontramos una de las formas que marcarían el desarrollo del concierto barroco: un pequeño grupo de solistas, el concertino, dialoga con el conjunto mayor, el ripieno.

Podemos escuchar esta música como quien observa una conversación desde cerca. Unos proponen; los otros responden. A veces se acercan, otras parecen tomar distancia. No es una batalla, sino un juego de contrastes.

La música comienza así a comportarse como una conversación en la que distintas voces tienen algo que decir.

Torelli: cuando la trompeta entra en escena

Después aparece Giuseppe Torelli, cuya obra contribuyó al desarrollo del concierto instrumental y al creciente protagonismo de los instrumentos.

En su Concierto para trompeta en re mayor, la trompeta parece entrar en escena sin pedir permiso. Su sonido reclama atención y ocupa el espacio.

Durante el Barroco, los instrumentos adquieren una personalidad cada vez más definida. Ya no están allí solamente para acompañar. Quieren intervenir, responder, sorprender y demostrar de lo que son capaces.

Crece así el gusto por el virtuosismo, no solo como destreza técnica, sino como una nueva forma de expresión.

Vivaldi: el violín que cuenta historias

Y llegamos a Antonio Vivaldi.

Imaginemos Venecia: los canales, las iglesias, los palacios y el movimiento de una ciudad acostumbrada al espectáculo. Allí Vivaldi encontró en el violín una voz capaz de correr, detenerse, insistir y volver a empezar.

Pensemos en Las cuatro estaciones, y en particular en La primavera. Desde los primeros compases algo se pone en movimiento. La orquesta presenta una idea y el violín responde. La orquesta vuelve a hablar y el solista contesta.

Pero Vivaldi consigue algo todavía más sorprendente: nos hace imaginar. Podemos sentir la llegada de la primavera, imaginar el canto de los pájaros y percibir el movimiento de la naturaleza.

No hay palabras, pero aparecen imágenes.

Quizá ahí encontremos uno de los secretos de la música: hacer que escuchemos algo y, al mismo tiempo, podamos imaginarlo.

Marcello: cuando el oboe parece una voz

Pero el Barroco no vive solamente del brillo y el virtuosismo. También sabe detenerse.

Aquí aparece Alessandro Marcello con su Concierto para oboe en re menor. Su Adagio nos lleva a un lugar completamente diferente.

El oboe parece respirar. La melodía avanza con una naturalidad casi humana. Por unos instantes dejamos de pensar en la técnica y simplemente escuchamos.

Escuchamos una voz.

Y entonces descubrimos otra cara del Barroco: también sabe susurrar.

Las ideas nacidas en Italia comienzan a viajar. Los músicos se desplazan, las partituras circulan y las formas musicales entran en contacto con otras tradiciones.

La conversación acaba de comenzar.

Alemania: cuando muchas voces construyen una sola obra

Al llegar a Alemania, las novedades italianas encuentran una tradición profundamente interesada por la polifonía y el contrapunto. Varias voces pueden hablar al mismo tiempo sin dejar de escucharse unas a otras.

Y allí aparece uno de los grandes nombres de toda la historia de la música: Johann Sebastián Bach.

Bach: muchas voces, una sola arquitectura

Pensemos en el Concierto de Brandeburgo n.º 5, BWV 1050. Al principio, el clavecín parece formar parte del conjunto. Poco a poco gana presencia hasta convertirse en una de las voces protagonistas.

Es como si alguien que llevaba un rato escuchando decidiera finalmente tomar la palabra.

A partir de ahí, la conversación se vuelve más intensa. Una voz responde a otra, una imita y otra se adelanta. Podría parecer que todo está a punto de convertirse en confusión, pero Bach consigue exactamente lo contrario: cada voz encuentra su lugar.

Ese es uno de sus grandes secretos: puede construir una música extraordinariamente compleja sin perder la emoción.

Telemann: descubrir una voz que estaba allí

Entre los grandes compositores de esta tradición encontramos a Georg Philipp Telemann. En su Concierto para viola en sol mayor, la viola ocupa un lugar poco habitual como protagonista.

Y precisamente por eso vale la pena escucharla.

Telemann nos invita a prestar atención a un sonido que fácilmente podría pasar desapercibido. A veces solo necesitamos detenernos para descubrir que aquello que parecía estar en segundo plano también tenía mucho que decir.

Con Johann Friedrich Fasch, y su Concierto para trompeta, percibimos una nueva claridad. El lenguaje comienza a aligerarse y el Barroco parece acercarse lentamente a otra época.

Francia: cuando la música cambia de paso

Cruzamos ahora hacia Francia.

El cambio se percibe casi de inmediato. Si Italia nos había llevado hacia el impulso y el virtuosismo, Francia nos invita a pensar en la danza, la elegancia, los adornos y el refinamiento.

Es la misma Europa, pero parece haber cambiado de voz.

Couperin: la música que parece caminar

François Couperin comprendió que las fronteras musicales eran mucho más permeables de lo que podían parecer. En sus conciertos reales, la música parece caminar. A veces incluso parece bailar.

Los adornos importan. Los detalles importan. Hay algo más contenido que en Vivaldi, más delicado y refinado.

Pero seguimos escuchando aquella misma idea: una voz se encuentra con otra y entre ambas sucede algo.

Rameau: escuchar hasta el último detalle

Después encontramos a Jean-Philippe Rameau, una de las grandes figuras de la música francesa del siglo XVIII.

En sus piezas de clavecín en concierto, el clavecín no se limita a acompañar. Participa, responde y dialoga con los instrumentos.

Rameau nos recuerda que la emoción no siempre está en aquello que llama inmediatamente nuestra atención. A veces se encuentra en un detalle pequeño, en un cambio de color, en una frase que casi pasa inadvertida.

Solo hay que escuchar.

Leclair: dos tradiciones en un mismo violín

Y llegamos a Jean-Marie Leclair, uno de los ejemplos más hermosos del encuentro entre las tradiciones italiana y francesa.

En su Concierto para violín, Op. 7, encontramos el virtuosismo asociado a Italia, pero también la elegancia y el gusto por el detalle propios de Francia.

Leclair nos muestra algo que nuestro viaje ha ido revelando: la música nunca ha respetado demasiado las fronteras.

Una tradición entra en contacto con otra y, al encontrarse, ambas pueden transformarse.

Inglaterra: cuando las ideas cruzan el Canal

La música continúa su viaje y llega a Inglaterra. Pero tampoco allí permanece intacta. Los músicos reciben las nuevas corrientes continentales y las transforman de acuerdo con su propia sensibilidad.

Así ocurre con las grandes ideas: cuando llegan a nuevos oídos, rara vez vuelven a ser exactamente las mismas.

Avison: un pequeño mapa musical de Europa

Charles Avison nos ofrece uno de los ejemplos más reveladores de esta circulación. Tomó sonatas para teclado de Domenico Scarlatti y las transformó en Concerti grossi.

Detengámonos un instante. Un compositor italiano llega, a través de sus partituras, a manos de un compositor inglés, que convierte aquella música en algo nuevo.

De pronto, unas mismas notas parecen dibujar un pequeño mapa de Europa.

Quizá esa sea una de las imágenes más hermosas del Barroco: la música pasando de una persona a otra, transformándose sin dejar de ser ella misma.

Boyce: cuando el Barroco comienza a despedirse

Finalmente encontramos a William Boyce, representante del Barroco inglés tardío. En sus Ocho sinfonías encontramos energía, solemnidad y una claridad que anuncia nuevos tiempos.

El Barroco se aproxima a su final, pero muchas de sus ideas seguirán viviendo en la música europea: el diálogo entre el solista y el conjunto, el contraste, el virtuosismo y la búsqueda de nuevas formas de expresión.

El viaje termina. La conversación continúa

Después de recorrer Italia, Alemania, Francia e Inglaterra, podríamos quedarnos con una larga lista de nombres: Corelli, Torelli, Vivaldi, Marcello, Bach, Telemann, Fasch, Couperin, Rameau, Leclair, Avison y Boyce.

Pero recordar solamente los nombres sería perder lo esencial.

Lo verdaderamente hermoso del Barroco aparece cuando dejamos de mirarlo como una sucesión de compositores y comenzamos a escucharlo como una conversación.

Italia abre el diálogo con el impulso del violín. Alemania lo convierte en una arquitectura de muchas voces. Francia cambia el paso y lo transforma en elegancia y danza. Inglaterra recibe aquellas voces y las convierte en algo propio.

Y entonces descubrimos que el concierto barroco no habla únicamente de una época lejana.

Habla de nosotros.

Porque también nosotros vivimos rodeados de voces. Todos queremos ser escuchados. Todos tenemos algo que decir. Pero una verdadera conversación comienza en otro lugar: comienza cuando alguien decide escuchar.

Escuchar es esperar la entrada del otro. Es reconocer cuándo una voz termina y otra comienza. Es aceptar el silencio. Es comprender que una respuesta no necesita imponerse para ser escuchada.

Quizá por eso, cuando entramos en una sala de conciertos y las luces se apagan, ocurre algo que conocemos desde hace siglos.

Primero llega el silencio.

Después, una voz.

Luego otra.

Y poco a poco aparece entre ellas algo que ninguna podría construir por separado.

Una conversación.

Tal vez ese sea el regalo más profundo que el Barroco puede hacernos hoy: recordarnos que escuchar no es quedarse callado mientras otro habla.

Escuchar es participar.

Un violín pregunta.

Otra voz responde.

El silencio espera.

Y nosotros, desde nuestra butaca, comenzamos a comprender.

Porque cuando aprendemos a escuchar, la música deja de estar simplemente frente a nosotros y empieza a suceder dentro de nosotros.

Quizá por eso, después de trescientos años, el Barroco sigue vivo.

No necesita hablarnos con palabras.

Le basta con una voz que comienza, otra que responde y un silencio que las une.

Y cuando volvemos a escuchar, descubrimos que aquella música no estaba hablando solamente de su tiempo.

Estaba hablando de nosotros.

Por eso, cuando las luces de la sala vuelvan a apagarse, quizá escuchemos de otra manera.

Primero el silencio.

Después una voz.

Luego otra.

Y entonces comenzará, una vez más, la conversación.

El Barroco nos habla con claridad.

Docente pedagogo y especialista en Filosofía y Letras, con experiencia en relaciones humanas, ética empresarial y gestión cultural. Divulgador de la música culta, integra rigor académico y sensibilidad artística. Su labor impulsa la formación cultural del país.

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