Colombia es un país de enormes complejidades en especial en lo social, y el compromiso superior como integrantes de la sociedad debe ser lograr que vivan bien quienes aún no lo hacen. Erradicar la pobreza y que todos los ciudadanos tengan una buena calidad de vida; satisfechas sus necesidades básicas, educación y salud de excelencia, un trabajo digno y oportunidades. Que ejerzan sus libertades y deberes en un país seguro y en paz.
Para muchos Petro despertó esa esperanza pese a que la suya fue una alcaldía mediocre y se sabía de su personalidad enferma. Era un cambio que vieron necesario o al menos sugestivo. A diferencia de otros países de la región, Colombia no había tenido gobiernos de izquierda lo que algunos consideraban una anomalía de nuestra democracia; quizá por eso pensaron era románticamente deseable ensayarlo. Un juego de póker riesgoso.
Cumplidos dos años del Gobierno Petro el balance es desastroso. La reforma tributaria fue nefasta y la inflación ha caído gracias al Banco de la República y no al Gobierno. La economía está maltrecha y las proyecciones de crecimiento son lánguidas con algunas excepciones. La corrupción es cada día peor y compromete a la familia del Presidente y sus aliados, a quienes encubre o compra con dádivas pagadas con nuestros impuestos.
La inseguridad en las ciudades poco mejora y el crimen organizado manda. El ELN, las narco-disidencias y los narcos puros dominan de nuevo el grueso del territorio y la Paz Total está muerta. La democracia, la independencia de los poderes y la libertad de expresión viven bajo constante amenaza. Los derechos humanos dentro y fuera del país solo importan si conviene; de ahí que la política exterior sea incoherente y deshonrosa.
Petro olvidó que la pobreza se supera generando riqueza y no pobreza; que la riqueza es la punta de lanza del empleo formal y que de este depende la seguridad social; que el empleo no se crea de manera espontánea pues requiere inversión y esta, de confianza. Para lo cual se necesitan reglas de juego razonables y estables, y condiciones mínimas de convivencia y seguridad, que solo se consiguen con autoridad y una justicia férrea.
Dos años perdidos del ‘pacto histórico’ que no se dio ni dará porque nunca le interesó. Echó a perder la posibilidad de construir un gobierno convocante de izquierda sensata; sin destruir el andamio que soporta la economía, los avances sociales y las instituciones. Quiso imponer un modelo socialista desueto a la brava y no lo logró ni logrará porque la mayoría de los colombianos no lo comparte, y así lo expresará en las urnas en 2026.
Se equivocó pensando que Colombia debe ser socialista; que para sustraer al país de la pobreza, llevar salud a las regiones más apartadas, fortalecer al pequeño empresario y luchar contra el cambio climático, debía estatizarlo todo; ahorcar la iniciativa privada, el sistema de aseguramiento en salud, y al sector minero-energético incluido Ecopetrol; condenar a la gente a pagar gas y electricidad más costosos, y al país a una afugia fiscal.
Una gran estafa, en especial para quienes confiaron en el proyecto político de izquierda. Por la incompetencia del Gobierno, y por el Presidente quien ha perdido la confianza y el respeto. Colombia no se gobierna con intimidación y odio sino trabajando unidos por objetivos comunes. Y lo más importante: el socialismo no es la solución. Hay mucho por hacer en especial en lo social, pero eso solo se logra con políticas serias y buen gobierno. Con libertad y orden, en democracia. E integridad, de la que Petro y los suyos carecen.