Hace 15 días, un hecho trágico conmovió a Neiva. El video del almacén grabó los detalles: una persona de buen nivel socioeconómico, ejecutivo bancario, acosó sucesivamente a un joven empleado del local comercial, quien aparece rehuyéndole sucesivamente hasta que aquel aparentemente lo acorraló. Cuando el muchacho sintió el cuerpo del banquero pegado al suyo, lo apartó lanzándole un golpe al rostro con tan mala suerte que al caer se fracturó el cráneo, lo que ocasionó su muerte. El joven se entregó a las autoridades y las redes se inundaron de juicios. En ciertos niveles consideraron que hubo intolerancia por parte del chico y en otros fue la defensa previsible frente al acoso. No opinaré desde la óptica de las preferencias sexuales; lo que sí condeno es la actitud reiteradamente predominante de considerar que el poder, sea económico o profesional, da el derecho para poseer la intimidad de los demás.
Empresas en las que se da por descontado que si no hay ‘concesión sexual’ a determinados ejecutivos, no habrá ascensos o mejoras salariales. Famosos que creen que por su preeminencia tienen derechos sobre sus asistentes o seguidores.
¿Es razonable el escándalo sobre Petro de contratos laborales pagados con el erario a cambio de favores sexuales? ¿Tiene sentido que el poderoso Trump tenga un juicio por haberse metido al probador de ropa en una exclusiva tienda para acariciar a una clienta? ¿O que un tipo tan exitoso y atractivo como Plácido Domingo haya sido demandado por pasarse de caliente con una mujer que iba en un ascensor?
Posiblemente cualquiera de ellos, con algo de paciencia y de estrategia, habrían logrado seducir sin violentar a las protagonistas en el prólogo de la historia. No es difícil que ante una llamada de cualquiera de ellos para tomar un café o un trago en un buen lugar reservado, surja la conquista. Una aspiración sexual o sentimental, amerita por lo menos diálogos iniciales y un trato respetuoso en el conocimiento de dos seres humanos.
Es allí precisamente donde los poderosos fracasan, en que se saltan el respeto humano, miran a sus objetivos como presas de caza; al faisán no se le consiente, solo se le dispara; al jabalí se le hace caer en la trampa sin siquiera un señuelo; importa su carne y que el agresor pueda saciar su apetito. Que el poderoso devore al débil.
La diferencia entre el conquistador y el agresor sexual es que por lo menos el primero tiene recuerdos, mientras que el último solo maneja estadísticas. ¿Será motivo para sacar pecho que un tipo como Julio Iglesias haya llevado a su lecho a más de 3000 mujeres? Mérito tiene el que ha logrado darle felicidad a su entorno afectivo por años, manteniendo diferentes formas de sentimientos vivos, deseos, admiración, solidaridad, además recíproca.
No podemos mirar solo al poderoso, también a sus víctimas, que quedan marcadas de por vida, como ha sucedido en el caso de la pedofilia en sus diferentes expresiones, desde la lucha armada en la que los niños son violentados por el terror de las armas y hasta aquellos casos en la iglesia, cuando infantes han caído por el temor reverencial o hasta del infierno por no acceder a las malvadas pretensiones de su mentor espiritual. Y cuando se ha sido víctima de un agresor sexual homosexual, el drama interior del agredido es peor, por la dificultad de hacer pública la clase de acecho del que se ha sido víctima.
Por eso la máxima de dónde debe estar la vergüenza tiene que ser un mantra en el análisis de estos casos. Que la vergüenza la sientan los agresores y no que la lleven de por vida los débiles agredidos. Por eso, si las pruebas lo corroboran, somos solidarios contra quienes se sienten todopoderosos acosadores, sea en donde sea que el abuso impere sobre uno de los espacios más delicados del ser humano: su intimidad.