Monumentos destrozados, edificaciones antiguas en llamas, saqueo a joyerías, tiendas de ropa, alimentos, lo que acaba de ocurrir en París con réplicas en Italia, nos habla de un mundo hastiado de pobreza delante de una de las ciudades, en apariencia, más ricas del mundo.
El motivo inicial fueron las protestas por reformas en el sistema educativo y ahí prendió una mecha que Macron y la comunidad europea no saben ahora cómo apagar.
Nadie como Víctor Hugo para describir la opulencia de una ciudad como París, ya en el Siglo XIX. En su novela ‘Los miserables’, nos habla del apogeo de los Luises y sus cortes, de una ciudad escindida por logias asombradas en las orillas del Sena por la irrupción en sus aguas del primer barco de vapor.
Y también del inicio de una pobreza que se prolonga hasta nuestros días como espectadora de un carrusel en el que van alegremente los destellos de una sociedad rica y ociosa y el relumbrón de otra sociedad que encarece la vivienda, los restaurantes, el paisaje, todo: la sociedad de los turistas de la cual están hastiados en Venecia y Barcelona, en Pisa y en la montaña italiana.
Los hechos recientes de Madrid y la protesta ciudadana en Puerta del Sol, tienen que ver estas ciudades, capitales europeas que se han hecho invivibles para los propios, lugares donde no media el corazón para desahuciar a una anciana que muere días después en un hospital, echada de la casa donde vivió por 70 años, Maricarmen Abascal.
Así escribía Víctor Hugo en la Navidad de 1823 en París: “Un hombre pasó durante mucho tiempo por la parte más desierta del Hospital de París. Parecía que buscaba una habitación y se detenía con preferencia en las casas más modestas de la deteriorada orilla del arrabal de San Marcelo. Este hombre, así en su vestido como en toda su persona, realzaba el tipo de lo que se podría llamar un mendigo de buena sociedad, es decir la extrema miseria combinada con la extrema limpieza. Es una mezcla bastante rara que inspira a los corazones inteligentes ese doble respeto que se siente al que es muy pobre y hacia el que es muy digno…”.
Esta pobreza llevada con dignidad ya por siglos, el sentido de la emulación del pobre hacia el burgués, delante de una vitrina con juguetería fastuosa, unida a la miseria de miles de inmigrantes africanos y de las naciones árabes, fue el caldo de cultivo de una furia que no se resigna a llegar sin un euro al final de mes, mientras en el mercado de las apariencias París continúa como meca de la moda, de la gastronomía y el refinamiento.
La capital de Francia cuenta con 410 ‘banlieues’, que es como se le denomina a extensas barriadas y algunos arroyos en extramuros. Cohabitan ahí árabes y africanos en míseras viviendas, con escuelas destrozadas, droga, pandillerismo y pocas oportunidades para salir de ese mundo a través del fútbol. Alguna vez se dijo que una selección africana ganó la Copa Mundial en nombre de Francia. Pues no; esos chicos que saltan a la fama de los estadios, son franceses, hijos o nietos de africanos. Muchos de ellos salieron a destrozar, a quemar carros, a derrumbar y quemar monumentos, en una espiral de violencia que no se puede justificar.
Desde la derecha, se racializa el conflicto, y algunos políticos piensan que la solución expedita está a la mano: expulsar al “intruso”, con sus familias, devolverlo a su lugar de origen. Pero, la verdad, ya es demasiado tarde.
Hace poco menos de 20 años fui a París a matricular a mi hija mayor en La Sorbona. Tomamos el tren, el TGV en la estación de Lyon y viajamos hasta Poitiers, donde estaba la Escuela de Ciencias Políticas, carrera que ella quería adelantar. Poitiers es una vieja villa medieval, con un río que pasa, y cenamos de cara al río.
De pronto un africano pasó gritando improperios contra Francia, y todos los comensales detuvieron sus cubiertos. Luego, en un pequeño restorán contiguo al Arco del Triunfo, donde sirven mejillones con mantequilla derretida y jugo de limón, pasó una familia completa de africanos con sus tajes talares y sus tocados islámicos. Igual por los Campos Elíseos.
Pensé entonces en Andrè Malraux, quien fuera ministro de Cultura de Charles de Gaulle y asistió de primera mano a la descolonización de África, como bien lo refiere en su libro ‘Huéspedes de paso’. Estos africanos son los mismos que corrieron donde una modista en los años 60, a crear las nuevas banderas de sus repúblicas, otro día bajo control francés.
Migraciones de ida y vuelta: hoy Francia tiene la oportunidad de salir airosa de esta crisis, con una solución amistosa y humanitaria con sus viejas colonias.