Recuerdo que cuando era practicante de esta casa editorial, un día me mandaron a la sede del Deportivo Cali a una rueda de prensa. Incluso hoy se me vienen a la cabeza recuerdos de lo nervioso que estaba, y de la ilusión que tenía por entrevistar a un ídolo en específico que jugaba en ese plantel. ¿Será amable? ¿Me responderá bien? Eran algunas de las preguntas que me hacía mientras llegaba a Pance.

Pero cuando llegué, el ídolo se me convirtió en villano. Cuando quise abordarlo hizo un notorio gesto de desgano y empezó a responder mis preguntas con el rostro hacia el otro lado, como quien no quiere la cosa. Finalmente, cuando le iba a plantear un último interrogante, me hizo entender que tenía afán (se le notaba algo de sofoco en el rostro) y se fue sin contestarme.

Años después, y para mi sorpresa, ese exjugador empezó a aparecer en un gran número de programas televisivos como comentarista y como enviado especial a diferentes partes del mundo. Resulta inevitable pensar, entonces, en las ironías de la vida: personas que terminan ganándose la vida ocupando un lugar que a ratos despreciaron.

El ‘fenómeno’ de los exjugadores copando los medios de comunicación no es algo nuevo, pero es un tema que se volvió tendencia esta semana gracias al reportero Jaime Dinas, quien desde Barranquilla lanzó una fuerte crítica en ese sentido. “Cuando jugaban no nos atendían”, expresó.

Pero más allá de una cuestión de ego (sentirse dolido porque un deportista no te concedió una entrevista), el tema de fondo es que la mayoría de los exjugadores que hoy ocupan el rol de periodistas en algunos programas, conocen mucho de fútbol, pero pocas veces saben comunicar bien.

Un gran porcentaje de estos (uno que otro se salva) son figuras de lo obvio, reyes de las muletillas, príncipes de las preguntas que no son preguntas y expertos en ‘comerse’ las reglas de ortografía: el otro día, en un trino de un exdelantero que trabaja para una cadena internacional, encontré seis palabras mal escritas en menos de 200 caracteres.

Tener una fuente de autoridad que nos hable sobre un tema del cual es experta es esencial en cualquier programa periodístico, pero permitir que sea esa misma fuente la que nos reemplace es tristísimo, sobre todo para aquellos que sueñan con tener una oportunidad en este campo tan apasionante.

Y ahí la autocrítica debe ser nuestra. Algo debe estar faltando, o haciéndose mal desde la academia, para que X o Y canal prefiera contratar a alguien que no sabe expresarse en lugar de un profesional que analice, profundice y, sobre todo, contextualice sobre el deporte y sus aristas. Pero mientras eso pasa, seguiremos siendo desplazados por una gran masa de personas que encontraron su ‘acomode’ en ese oficio que tanto despreciaron y que hoy les da de comer.